Jerez

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Tabancos, al borde de la desaparición

Apenas un puñado de tabancos de los muchos que existían en las calles de nuestra ciudad han sobrevivido al paso del tiempo y al cambio de las costumbres de la juventud, que ahora prefiere otras bebidas al vino. Sólo el interés de las bodegas y del Ayuntamiento por los mismos, podrá salvar esta genuina tradición gaditana de la desaparición a la que parece abocada.

Actualizado 05/08/2001 - 01:12:40
En la imagen, Cristóbal, propietario del tabanco «La Sureña». Borja Luque
En la imagen, Cristóbal, propietario del tabanco «La Sureña». Borja Luque
Jerez es una ciudad cuya tradición está profundamente ligada al vino. Las bodegas han formado parte durante siglos de su paisaje y han determinado las costumbres, el trabajo y, en definitiva, las formas de vida de sus habitantes.
Es por ello lógico que fuera en ella y sus alrededores, donde se desarrollase, ya en el siglo XVIII, un tipo de establecimiento único en España, mitad taberna, mitad despacho de vino en el que los trabajadores celebraban sus reuniones amistosas o por asuntos laborales y al que se dió en llamar tabanco.
LA HISTORIA
A principios del siglo XXcalles de Jerez como San Agustín, San Pablo o Arcos, estaban llenas de estos tabancos, a los que los trabajadores acudían desde la madrugada para consumir los típicos «toritos», mezcla de brandy con Pedro Jiménez, los «sol y sombra», anís con brandy, o el ponche. Después partían a sus lugares de trabajo y a la hora del aperitivo volvían a estos lugares para esperar con los amigos que las mujeres les lllamasen para la comida.
Por la noche ocurría lo mismo, los tabancos se convertían en lugares de reunión, en los quelos hombres se liberaban del duro trabajo bebiendo «morenitas», mezcla de oloroso con Pedro Jiménez, o moscatel.
Las mujeres veían como algo prohibido entrar en estos establecimientos, que parecían censurados para ellas, pero, curiosamente, los propietarios de los pocos que aún existen, nos han contado que el mayor negocio lo proporcionaban ellas comprando botellas a través de la «casa puerta», una ventanita que daba a la calle y por la que se despachaba.
Como es lógico las bodegas eran las principales interesadas en la multiplicación de este tipo de establecimientos, ypor ello eran sus propietarios los encargados de poner en marcha «cadenas» de tabancos que ellos mismos controlaban mediante asalariados de su confianza y a través de los cuales daban salida a sus productos vinícolas.
Rafael Ramírez Parra, Rafael de Jerez para muchos, es sin duda uno de los mayores conocedores de la historia de los tabancos en esta zona, por sus más de setenta años dedicados a los mismos. É aún recuerda los años en que antiguas bodegas como Pade y Vega, Palomino y Vergara o Cala y Espinosa controlaban los «cientos de tabancos que existían»,en la misma calle Arcos donde, tras su jubilación, abrió la Bodega-Museo San Rafael, regentada por sus hijos. «En esta calle -nos informó- existían cuatro tabancos, El Deseado, La Portería, El Caracol y Manolín, todos ellos desaparecidos».
EN LA ACTUALIDAD
Y es que ya son pocos los tabancos que quedan de los muchos que existían, «apenas El Nono y El Gallego,el de la calle San Pablo, el de Cruz Vieja y el mío», afirmó Ramírez.
El motivo principal que los propietarios de los mismos apuntan para la desaparición de estos lugares tan típicos es el descenso en el consumo de vino entre la gente joven, que ahora prefiere otras bebidas.
Según datos elaborados por el Ministerio de Pesca y Alimentación, a través de la Subdireccción General de Denominaciones de Calidad, indican que el consumo anual de vino por parte de los españoles ha descendido de los veintiseis millones de hectolitros en la década de los setenta, a una cifra inferior a los doce millones a finales de los noventa.
Las causas que pueden explicar este descenso son los cambios producidos en los hábitos sociales y de consumo, la asociación del vino con una imagen de producto tradicional poco atractivo para la juventud, la presión de las campañas contra el consumo de bebidas alcohólicas y, principalmente, el aumento de las bebidas susitutivas del vino más próximas.
Rafael Ramírez se muestra, no obstante, optimista en cuanto al futuro de los tabancos, ya que advierte que «últimamente se está poniendo de moda entre muchos jóvenes venir a los tabancos por la noche», aunque reconoce que «éste es un público que se rige mucho más por modas y del que un propietario no puede depender para mantener su negocio. Es mucho más fiable el público adulto, que tiene por costumbre acudir a un tabanco concreto cada día para charlar con sus amigos, casi siempre jubilados».
Esto es precisamente lo que otros propietarios consideran que podrá suponer el fin de los tabancos, porque, según el dueño de El Nono, «los mayores desgraciadamente mueren o se les prohíbe beber por diversas enfermedades, y no creo que los jóvenes de ahora vayan a continuar la tradición, beben vino, pero no tienen la costumbre de acudir cada día a un tabanco».
Asimismo, los dueños de tabancos también están envejeciendo, y con ellos se pierde la memoria de los buenos tiempos, cuando sus negocios estaban repletos y los beneficios merecían la pena.
Muchos de ellos no confían en que sus hijos se hagan cargo del negocio o consideran que lo harán, pero transformándolo en bares o tabernas en las que se sirvan otras bebidas y comidas.
SOLUCIONES
La tabla de salvación de estos tabancos puede venir, en opinión de los propietarios, de la consideración de muchos de ellos como bienes de interés cultural, lo que hace que estén incluídos en guías turísticas y que a ellos acudan multitud de extranjeros que, según Ramírez, «muchas veces valoran nuestro vino y nuestras tradiciones más que nosotros mismos, yo tengo los cajones llenos de fotos que me envían cuando llegan a sus países, agradecidos por el trato y el buen vino, algo que allí no pueden encontrar».
Quizá sea por esta capacidad de atraer al turismo que las bodegas González Byass estén estudiando la posibilidad de aprender de sus predecesoras y poner en marcha su propia red de tabancos, llegando a acuerdos con los aún existentes.
Una iniciativa que, unida a un mayor interés por parte del Ayuntamiento para potenciar los tabancos como parte de la historia de la ciudad, quizá logre animar a las nuevas generaciones a retomar esta tradición gaditana de tomar «toritos» o «morenitas» en compañía de los amigos que, de lo contrario, podría llegar a perderse.
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