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Mediodía en Matacanónigos

Cuando los relojes marcaban el mediodía, por la esquiva y traicionera esquina de Matacanónigos ya corría el viento que anuncia los

Actualizado 06/11/2009 - 07:06:34
Cuando los relojes marcaban el mediodía, por la esquiva y traicionera esquina de Matacanónigos ya corría el viento que anuncia los fríos húmedos del otoño, que uno pasó por allí con su amigo Fernández, sacristán y experto en los sutiles asuntos de la liturgia. Día de Sor Ángela desangelado si al cielo sucio de grises se miraba. Día en que se esperaba que las campanas repicasen a gloria aunque a esa hora el ritual se redujera a una mera rueda de prensa, como si el relevo fuera en el banquillo de Nervión o de Heliópolis y no en la sede de Isidoro y Leandro. Los turistas seguían a lo suyo. En el entorno catedralicio no había más sonido que el ruidoso acompañamiento de pitos y silbatos que soplaban los empleados municipales que están, como buena parte de la ciudad, hasta el gorro de los que mandan y mangonean en Sevilla.
En la esquina donde desemboca Placentines en la plaza de la Virgen de los Reyes se cogen las mejores pulmonías del mundo. Tan es así que la palabra que sirve para denominar ese enclave urbano, que diría el omnipresente Torrijos, ya lo dice todo: Matacanónigos. Tal vez por eso el cardenal Amigo Vallejo prefiriera el refugio de las dependencias palaciegas para anunciar su definitiva marcha. Allí se rodeó de la prensa, mucho menos peligrosa que la corte y la cohorte de aduladores que hasta antier mismo le besaban el anillo con una fruición que no se correspondía con los verdaderos sentimientos que les inspiraba su persona.
Esa Sevilla cobardona y plagada de dobleces se dedicará, a partir de hoy, a cortarle trajes y sotanas con su lengua de doble filo. Así es la cara oculta de esta ciudad. Mientras, el recién llegado Asenjo se llevará las correspondientes toneladas de ojana de Santa Ana o de ojaneta de la Barqueta. Menos mal que todavía hay sevillanos que no practican ni la «puñalaíta» trasera ni la adulación rastrera. Llega Asenjo desde Córdoba con unos tintes espiritualistas que pueden chocar con la chocarrera visión del mundillo capillita que se tiene ahora mismo en Sevilla. Y se va el cardenal Amigo acompañado de su inseparable Pablo Noguera, alias hermano Pablo. En las despedidas no hay que ser melodramáticos ni falsos, como se dice en el habla popular sevillana. Sobran las manidas alusiones -«algo se muere en el alma cuando un amigo se va»- a las bellísimas sevillanas del adiós. Con una frase basta. Más de uno lo echaremos de menos.
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