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De la catedral a la mezquita

Caminamos con Ildefonso Falcones entre el bosque de mil columnas de la mezquita de Córdoba. Después de levantar un best seller medieval con «La catedral del mar» -cuatro millones de ejemplares

Actualizado 10/06/2009 - 16:12:53
FOTO: ROLDÁN SERRANO Ildefonso Falcones, ayer, en Córdoba
FOTO: ROLDÁN SERRANO Ildefonso Falcones, ayer, en Córdoba
Caminamos con Ildefonso Falcones entre el bosque de mil columnas de la mezquita de Córdoba. Después de levantar un best seller medieval con «La catedral del mar» -cuatro millones de ejemplares vendidos en 46 países- el escritor y abogado reconstruye la guerra de las Alpujarras en «La mano de Fátima» (Grijalbo). El levantamiento de los moriscos de 1568, que culminó en 1609 con su expulsión, sigue siendo territorio ignorado por la historiografía actual. Entre los sublevados, el protagonista de la novela: Hernando, hijo de una morisca y del sacerdote que la violó y emblema de una comunidad humillada.
Como explica Falcones, la idea surgió de un hallazgo histórico. En 1884, las obras en una antigua vivienda del pueblo zaragozano de Almonacid de la Sierra desvelaron un piso falso que escondía una biblioteca clandestina con manuscritos y enseres de encuadernador: «Se trataba del almacén secreto de un librero morisco, escondido a los cristianos y oculto durante tres siglos... Quién sabe si, cuando el librero morisco cegó su almacén -ante la obligada expulsión de la que durante siglos había sido la tierra de los suyos-, no lo hizo con la esperanza de volver algún día para proseguir con la peligrosa labor que había tomado sobre sí: transmitir la cultura de su pueblo».
Se perfilaba el personaje de Hernando, superviviente en la Córdoba cristianizada adonde fueron deportados los moriscos granadinos: sus pasos le llevan por la calle de Mucho Trigo, las plazas del Potro y Corredera, el temido alcázar inquisitorial, la capilla de San Bartolomé y la mezquita. Si el templo califal es «la sublimación de la cultura y religión musulmanas en Occidente», en las caballerizas reales nace, por orden de Felipe II, una nueva raza de caballos de sangre árabe; en la mezquita, los despreciados moriscos se conjuran para mantener sus creencias; de sus imprentas salen los Libros Plúmbeos, «el último intento pacífico, aunque vano, por conseguir su aceptación en la sociedad cristiana», apunta Falcones.
En los tres años de escritura -cada día de 8 a 11 de la mañana, laborables y festivos- Falcones ha documentado la «desintegración» morisca a partir de las crónicas de Luis de Mármol Carvajal y Diego Hurtado de Mendoza. La guerra alpujarreña, afirma, fue de una extrema crueldad por ambas partes, «aunque los desafueros de los moriscos se conocen mejor debido a la parcialidad de los cronistas cristianos... Las matanzas, con el pueblo de Galera como exponente máximo, la esclavización de los vencidos y la rapiña fueron moneda común».
En aquel panorama de violencia religiosa es milagroso que la mezquita no fuera arrasada. «La mano de Fátima», que da título a la novela, es un amuleto (al-hamsa) cuyos cinco dedos marcan las obligaciones islámicas: la declaración de fe, la oración cinco veces al día, la limosna legal, el ayuno o Ramadán y la peregrinación a La Meca. Y Fátima -ojos negros y pies tatuados con alheña- es la mujer de Hernando, el morisco de sangre cristiana que preserva su cultura copiando coranes clandestinos. De esa mezquita se dijo que todavía podía escucharse el eco de la oración de los creyentes. Y el eco de «La mano de Fátima» se cifra en quinientos mil ejemplares que reafirman la creencia en el folletín histórico.
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