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El pecado nefando del obispo de Salamina

Recomendaba Domínguez Ortiz a los jóvenes historiadores que no buscaran un determinado tema en los archivos, sino que trabajaran en los filones que encontrasen a su paso. Así ha nacido una obra sorprendente que recupera la causa contra un obispo mendicante y su paje por haber caído en la sodomía, una conducta que en la Sevilla de Felipe II se castigaba con la muerte.

Actualizado 11/02/2003 - 01:29:30
Francisco Núñez Roldán con su libro, al que seguirá pronto otro sobre crímenes de la Sevilla barroca cuya memoria también ha encontrado en el Palacio Arzobispal. NIEVES SANZ
Francisco Núñez Roldán con su libro, al que seguirá pronto otro sobre crímenes de la Sevilla barroca cuya memoria también ha encontrado en el Palacio Arzobispal. NIEVES SANZ
El consejo del maestro recientemente desaparecido ha sido seguido fielmente por Francisco Núñez Roldán, inquieto profesor de Historia Moderna en la Universidad de Sevilla, quien un día entró en el archivo del Palacio Arzobispal buscando datos para una conferencia y se dio de bruces con un expediente en el que está el armazón de una dignísima novela de esas que ha cultivado últimamente un Delibes con «El hereje». Una vez más -y van...- se demuestra que la realidad supera a la ficción. «El pecado nefando del obispo de Salamina» podría ser el título de una película que, ambientada en la Sevilla de Felipe II, examinara, a lo Zola, una historia descarnada y cruda, la del proceso por sodomía de un obispo franciscano y su paje. Es, sin embargo, la cuestión estudiada por el profesor Núñez Roldán en un libro sin desperdicio que acaba de editar la Universidad hispalense.
Un buen día, el Ayuntamiento de Lepe pidió a este joven docente universitario una conferencia de su especialidad sobre la villa onubense. «No me gusta la historia local, porque no soy Domínguez ortiz, que era capaz de relacionarla en todo con la historia nacional. Tampoco me gustan las conferencias. Yo sólo voy a las mías y porque me obligan.» Para no divagar, decidió buscar algún asunto en el archivo del Palacio Arzobispal hispalense, más concretamente en la sección de Justicia. Allí halló un conjunto de documentación que, entre otras cosas, le ha servido para preparar su próximo libro, sobre la vida cotidiana en la Sevilla del Siglo de Oro. «Los delitos de sangre son muy frecuentes en la época. Y buscando, me encontré con un sumario que recogía la causa criminal contra fray Francisco de Salazar, franciscano, obispo de Salamina, por el pecado nefando». A Francisco Núñez Roldán se le escapa una confidencia: «Me puse nervioso». Aquello era una querella contra un obispo por un pecado sexual gravísimo penado con las máximas condenas.Como buen historiador, lo primero que hizo fue confirmar que se trataba de un episodio inédito. «Yo estaba arrebatado de felicidad; y en la misma puerta del Palacio hablé con José Antonio Ollero, un sabio», señala el autor, mientras asegura que no encontró más que referencias muy escasas y escuetas a la participación del obispo de Salamina en el Concilio de Trento. «Se entreveía que había sido castigado por algunos delitos, pero en ningún momento se habla de pecado nefando». Para el investigador, ha habido un azar providencial: como hay dos acusados, uno civil y otro eclesiástico, y dado que la Justicia ordinaria fue mucho más veloz que la religiosa, en el legajo estudiado se dan cita los dos procesos. «Gracias a Dios, los papeles de la causa al niño están con los del obispo», comenta Francisco Núñez, que casi se emociona al aludir a las cartas manuscritas del obispo de Salamina en su descargo. Por si no bastara con esta documentación, pidió la existente en Londres (cartas al Rey, vendidas el siglo XIX en colecciones de los secretarios reales) y en el Archivo Secreto del Vaticano (papeles de la Nunciatura).
El obispo franciscano de Salamina (título sin sede) fue denunciado ante los inquisidores el 28 de julio de 1578, por el morisco Diego Ximón, que lo acogió en su casa de Campillo de Llerena cuando pasaba por allí camino de Sevilla. Se le acusaba de haber mantenido relaciones sexuales con su paje de quince años, Lorenzo de Santas Martas, y de simonía. El testimonio era de oído y no de vista. El momento histórico no podía ser más efervescente: «Felipe II, católico en todos los sentidos del término, quiere purificar la Iglesia, y exige al nuncio que intervenga inmediatamente. Hay un contencioso entre el Rey y el Papa por ver quién pone más celo en aplicar la reforma tridentina. Pero el Rey tiene más prisa que el Papa. Éste actúa con pies de plomo y Felipe II pierde la paciencia. El obispo de Salamina le escribe sin obtener respuesta, porque no se explica que le tenga tanta saña. En realidad, Felipe II no tenía nada personal contra él sino que utiliza el caso políticamente en su pulso con Roma. Le viene muy bien. Lo cierto es que los franciscanos seguían llevando después de Trento una vida bastante disipada.»
No se atreve el profesor Núñez Roldán a juzgar lo que realmente sucedió. «No creo que hubiera una conspiración, como dice el obispo. La única conclusión que saco es que todo está en el aire. Desde luego, no se guardaron las garantías procesales del reo.» El obispo de Salamina fue condenado, finalmente, a permanecer durante veinte años recluido en su celda del convento sevillano de San Francisco, de la que sólo podría salir para oír misa.Además, se le retiraron las licencias para celebrar el sacramento de la Eucaristía. En su perseverancia como investigador, ha seguido la pista al obispo castigado: «Estoy convencido de que cumplió la pena y murió en el convento». Curiosamente, en la sentencia que redactó el arzobispo Rodrigo de Castro («que es la que el Rey quiere») y emitió el Papa no se menciona el pecado nefando, que sí figura en la querella. «Al Rey le había sentado mal la tardanza del Papa en emitir el breve de la causa. al principio, porque la Justicia Real, el asistente en nombre del Rey, acabó el proceso del paje en cuanto pudo. Cuando empieza el proceso eclesiástico ya está el niño juzgado y condenado. Y en un caso de homosexualidad o sodomía, si condenas a uno tienes que condenar al otro paralelamente, porque es lo que en Derecho se llaman delitos conexos. Porque si no, el segundo juez se deja llevar por lo que haya hecho el primero.»Lo más sangrante de este surrealista capítulo de la historia sevillana es que el paje fue condenado a morir agarrotado y posteriormente quemado. «El delito por el pecado nefando -cuenta Francisco Núñez- era muy común en la Sevilla de aquella época. Estaba ya penado con la muerte en las Partidas. La Justicia eclesiástica era mucho más flexible que la civil en esto, no porque se tratara de un obispo sino porque había dudas razonables.» Y es que en lo atroz de estos hechos incide una particularidad que se antoja abominable: según quedó reflejado por escrito, el asistente llamó aparte al paje después de que éste hubiera negado las acusaciones, para sobornarle. Le ofreció una mula, dinero y la libertad si testificaba contra el obispo. Y a pesar de que ello significaba autoinculparse, el muchacho cedió: «El chico vuelve a la sala de audiencias y testifica que el obispo se había acostado con él, varias veces además. Es lo que quería oír el asistente.Yo no me fío de esos testimonios en un mundo en el que los niños vivían en la indigencia y era fácil sobornarlos. Está claro que el Rey quería que el obispo fuera condenado.»
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