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La diócesis no da un obispo nacido en la capital desde hace noventa años

ANTONIO VAROCÓRDOBA. Tras el nombramiento de Mario Iceta, hasta ahora vicario general de la diócesis cordobesa, como obispo auxiliar de Bilbao, un vistazo a la reciente historia eclesiástica demuestra

Actualizado 16/02/2008 - 03:23:51
ANTONIO VARO
CÓRDOBA. Tras el nombramiento de Mario Iceta, hasta ahora vicario general de la diócesis cordobesa, como obispo auxiliar de Bilbao, un vistazo a la reciente historia eclesiástica demuestra que hay que retroceder casi un siglo para encontrar un prelado nacido en la capital y formado en San Pelagio.
En efecto, hay que remontarse a 1918 para tener la noticia de la preconización de un cordobés de la capital a una silla prelaticia. El 7 de febrero de dicho año, hace poco más de nueve décadas, se firmaba el decreto del nombramiento de Marcial López Criado para la sede «de Cádiz», de la que sería el último obispo, pues tras su fallecimiento en 1932 la diócesis pasaría a denominarse oficialmente «de Cádiz y Ceuta».
Marcial López Criado, cuya biografía ha sido investigada por el académico Miguel Ventura, había nacido en 1868 en el barrio de San Agustín, en la calle que hoy lleva su nombre. Hizo sus estudios sacerdotales en el Seminario Conciliar, y recibió la ordenación de presbítero en 1891.
En 1895 fue nombrado párroco de San Pedro. Del cariño que tomó a esta feligresía queda constancia en su sello episcopal, en el que hizo incluir la urna de los Santos Mártires y una efigie de San Rafael; además, bajo su mandato se hizo el púlpito que hoy se usa como ambón para las lecturas en la misa.
Pero no estuvo mucho tiempo en la hoy basílica. En 1898 acompañó al obispo Herrero y Espinosa de los Monteros a Valencia, a cuyo arzobispado había sido elevado junto con la púrpura cardenalicia. Volvió a Córdoba y en 1906 tomó posesión de la dignidad de canónigo lectoral, y después de varios cargos en la curia diocesana y como profesor del Seminario, fue propuesto para la sede de Cádiz en 1918.
Según el profesor Ventura, la delicada situación social de Cádiz acentuó su preocupación por los más necesitados, que ya se había manifestado en Córdoba; también promovió la difusión de publicaciones católicas y la restauración de la catedral de Cádiz. De su prestigio da idea su presencia en un escaño del Senado en el bienio 1921-1922 por el Arzobispado de Sevilla. Y, aunque poco después de proclamarse la República, el 27 de abril de 1931, aconsejó a sus sacerdotes y feligreses que «respeten los poderes constituidos en nuestra patria, y los obedezcan para el mantenimiento del orden y para el bien común», unas semanas después, en mayo de ese mismo año, vio la quema de conventos que destruyó varios templos de Cádiz.
Falleció en 1932 y sus restos mortales descansan en la cripta de la Catedral gaditana.
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