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Sebastián Santos Calero, escultor: «Sevilla es una burbuja ideal para un artista»

Actualizado 17/04/2004 - 02:18:23
Sebastián Santos Calero en su estudio de la carretera de Utrera, entre los bocetos de sus últimas obras. ROCÍO RUZ
Sebastián Santos Calero en su estudio de la carretera de Utrera, entre los bocetos de sus últimas obras. ROCÍO RUZ

Su pericia técnica se mueve con prestancia tanto en la figuración -a menudo realista- como en el abstracto. A sus sesenta años, su cabeza está llena de ideas que se le escapan por las manos, y su corazón es joven, embelesado como está de las cualidades innegables de sus alumnos. Trabaja retirado en un chalé del camino de Utrera desde el que ve Sevilla a lo lejos. Allí ha pintado el paño de Verónica que no pudo rizar , por mor de la lluvia, el aire del Jueves Santo en el segundo paso del Valle, entre cabrilleos de espejos. Sebastián Santos Calero es un hombre de una sensibilidad excepcional. Embarcado desde siempre en cambiar lo malo del mundo, sabe congelar el instante culminante de las personas, ése que dice a los demás quiénes son.

-Habla usted de Sevilla como si fuera una tela de araña en la que el peso de la tradición ha gravitado siempre. Usted considera a Pérez Comendador su segundo maestro. ¿Su padre le ha pesado?

-Mi padre no me ha pesado. Sí me ha pesado el apellido. Y quizás lo que algunos me han dicho muy crudamente: «Tú tienes que darle a Sevilla lo que Sevilla te pida». La primera exposición que yo hago en Sevilla es en el 77. La gente va a ver al hijo de Sebastián Santos. Se enfrenta con un escultor informalista. Aquello fue un éxito de público, pero no vendí absolutamente nada. Me acuerdo de la frase del galerista: «Esta escultura en Madrid o en Barcelona sí se hubiera vendido». A mí mi padre no me ha pesado, sino todo lo contrario; Sevilla sí. Sevilla es una ciudad ideal para un creador, porque tiene duende. Esa tela de araña te protege y te limita. Y pesa mucho. Yo lo acepto como una servidumbre que tiene Sevilla, que a cambio te permite otras muchas cosas. Por ejemplo, ser poeta. Los artistas sevillanos, ese realismo mágico sevillano, tiene mucho de poesía. Yo creo que la mayoría de los artistas sevillanos podemos enclavarnos dentro de ese realismo mágico. Pero es algo que te permite estar a gusto. Yo creo que aquí se pinta y se siente uno mejor que en cualquier otra parte del mundo.

-Hay en usted como una constante de rebeldía frente a esa ley no escrita de lo académico. Pero al mismo tiempo da la sensación de que incluso cuando uno se va, uno no está nunca enteramente ausente.

-No, ni mucho menos. Lo que ocurre es que Sevilla tiene un tiempo para el artista. Cuando ya se ha formado, cuando tiene descubiertos otros horizontes y se ha salido de la burbuja mágica, Sevilla tiene el tiempo del regreso, de la tranquilidad. Y de ese espacio poético. Pero no para un joven. La tradición está indicando con demasiada firmeza un camino. El capital creativo que tiene Sevilla... A mí me preocupa que la tradición esté imposibilitando otras salidas para los chicos. Sevilla tiene una riqueza de gremios colosal. Sólo hay que darse una vuelta por esos corralones, que son auténticas reliquias de esas tradiciones.Eso hay que admitirlo y estar orgulloso de ello. Pero también es una atmósfera de indefensión para una persona joven que quiere abrirse camino.

-Usted cuando ha querido hacer realismo lo ha hecho; incluso cuando ha querido hacer imaginería. ¿Le presiona mucho Sevilla para hacer más imágenes? ¿No le da de vez en cuando por pensar que se escapa el tiempo y usted no cultiva esa faceta de la imaginería?

-Yo el caso de la imaginería me lo he planteado en muchas ocasiones, a veces con fervor, y he hecho mi propia reflexión. Yo creo que el hecho de que yo no haga imaginería no es ni más ni menos que porque yo, en el fondo, no la siento. El único crucificado que yo he hecho está ahí, sale en un pueblo el Viernes Santo. Yo voy a acompañarlo todos los años. Yo me fui a la Buena Muerte. Luego ya hice mi propia interpretación. Me motivó el cuerpo masculino de ese desnudo. No me motiva un santo, ni un romano. Me puede motivar la iconografía donde aparece la figura humana, como puede ser un Cristo atado a una columna. No me motiva la Inmaculada. Eso no es lo mío. A mí me motiva el cuerpo humano; el cuerpo femenino sobre todo.En mi vuelta a la figuración después de ese periplo por distintos ismos, a mí me motiva el cuerpo humano. Yo creo que la escultura, que siempre ha emocionado, tiene que volver a emocionar. El arte del siglo XX dejó de emocionar. Fue una provocación en muchos aspectos. Y ya en este siglo que estamos, ahí están las instalaciones. Yo soy muy respetuoso, y además quienes tenemos sensibilidad nos damos cuenta cuándo detrás de una obra, nos guste más o menos, hay verdad, hay un elemento serio y honesto. Pero la escultura tiene que volver a emocionar. Eso es lo que yo busco con mi escultura. Al hundir las manos en el barro tengo que sentir emoción. Por eso los temas con los que yo me he emocionado más han sido los relacionados con la infancia, con la maternidad, con la belleza del cuerpo femenino. Por encima de todo el cuerpo femenino, que ha emocionado a todas las culturas del Mediterráneo. Yo he despreciado un capital enorme. Si me hubiera dedicado a la imaginería, tenía todas las ventajas.

-En aquel «hogar-estudio» de sus años mozos se viviría sin duda un ambiente sin las prisas de ahora, mucho más sereno y tal vez más humano. ¿Siente nostalgia de todo aquello?

-No, la verdad. Yo soy muy respetuoso con la tradición pero soy muy consecuente con el futuro. La época aquella permitía una vida mucho más relajada, había más espacio para la comunicación, incluso familiar. Se jugaba al parchís, se escuchaba la radio, Casaseca, El Zorro... Aquel silbido era una espectáculo para los niños. El imaginero necesitaba vivir en una burbuja mucho más intemporal que hoy. Él protegía su privacidad con uñas y dientes, incluso frente a sus propios hijos y a su familia. Mi padre estaba trabajando en el estudio y no se podía entrar. Trabajaba por la noche. Mi padre no conocía a Picasso, pero trabajaba como Picasso. Dormía muy poco. Cuando no lo molestaba nadie es cuando se ponía a trabajar. Por la mañana temprano venían los discípulos y abrían el cajón del barro porque allí tenía los modelos que había hecho durante la noche. Esa forma de funcionar implicaba tener en cierto modo a toda la familia sacrificada. El artista es un gran egoísta que para poder producir su obra tiene que contar con unas condiciones. Por eso digo que Sevilla es la burbuja ideal para un artista. No tiene que hacer un gran esfuerzo. Yo no me imagino trabajando en Nueva York. Yo no podría modelar allí. Yo para trabajar necesito unos medios tradicionales. No me voy a poner a trabajar con rayos láser porque yo esa tecnología no la conozco. Aquí las hermandades deberían abrir un poco la mano y dar la oportunidad a los imagineros de expresarse con un poquito más de libertad.

El recuerdo del padre

-Todos tenemos en la cabeza anécdotas, consejos,vivencias, confidencias, gestos de nuestros padres que son recurrentes, vienen de vez en cuando al primer plano de nuestra conciencia. Cuéntenos una de esas cosas de su padre que a veces, a lo mejor cuando está trabajando o en relación con sus alumnos, le trae su recuerdo.

-Yo lo tengo ahí siempre; está permanentemente junto a mí. Lo que pasa es que él era una persona que vivía encerrado en un mundo de misticismo y de religión. Hay aspectos fundamentales que él no sabía explicarte pero que yo he entendido con el paso del tiempo. Él me enseñó a ver. Me decía «ponte aquí», me marcaba la distancia, el compás, que es tan importante para el torero y para el cantaor.Te cogía del brazo, te tiraba y te ponía en el sitio justo, y te decía «mira qué bonita esa flor que hay ahí». Otras veces, me decía «fíjate qué pátina tiene esta imagen». En el desnudo, me aconsejaba que no abriera mucho las piernas. Todo eso te conducía, por encima de todo, a un sentido estético. Al cabo del tiempo comprendes que si tienes una capacidad de ver la tienes en parte gracias a esos consejos. O por ejemplo, llevarte a la sierra de Santa Bárbara y con un serrucho en la mano ir a un chaparro, cortar un tronco sin explicarte nada. Él era muy dueño de todo lo que hacía. La imagen que yo tengo de él era siempre protegiendo su mundo.Un hombre con una tremenda curiosidad pero que decía «cuidado, no quieras saber tanto; espérate». Y cuando ya él quería te saciaba tu curiosidad. Al año siguiente me dijo «coge la cámara de fotos y vámonos a la sierra otra vez». Yo: «¿Qué llevas ahí?». Él: «¿No te interesa?». Se acordaba del sitio donde habíamos cortado el trozo del chaparro. Sacaba una pieza estofada y dorada, la ponía donde había estado el tronco y me decía que le hiciera una foto. Los periodos en que tenías que estar con él resultaban agobiantes, porque te quería dominar y llevar a su terreno. Tenías que hacer un verdadero esfuerzo para soportar el aluvión de críticas que te hacía. Después te enterabas por tus amigos de la verdad: «Anda que tu padre no veas cómo habla de bien de tí». Nunca estaba satisfecho. Es un conglomerado de situaciones. Mi padre iba haciendo bolitas de barro para rezar el rosario mientras trabajaba. Yo le decía «Papá, ¿qué estás haciendo?» Él: «Le estoy rezando el rosario a esta Dolorosa que estoy haciendo». Era tradicional que por las fechas previas a la Semana Santa él empezara una Dolorosa sin encargo, que es como debe trabajar el artista. En cuaresma modelaba un rostro de Dolorosa. Al año siguiente estaba terminada, y cuando llegaba una hermandad la elegía de las que tenía guardadas. Desde el 77 que yo perdí a mi padre he podido resumir los recuerdos en eso: el amor a la Naturaleza, el distanciarse porque muchas veces estamos metidos en los problemas. El artista no puede modelar en lo mismo todos los días. La obra acaba dominándote. Esa perspectiva me la enseñó mi padre: pararte y mirar hacia atrás con respeto, no para repetir lo de atrás sino para andar seguro hacia delante. Lo de mi padre era unción sacra, necesaria para transmitir a sus imágenes esa fuerza devocional. El estudio de mi padre parecía una sacristía o un convento de monjas. Ponía incienso y escuchaba a Bach. Yo he echado los dientes escuchando a Bach. Yo soy un forofo de la música antigua. Sin embargo yo pongo incienso y escucho a Bach y no me inspira un Cristo o una Virgen. Me lleva a la abstracción. A mí se me antoja hacer una pieza de hierro muy grande para ponerla en la glorieta de Santa Justa, que no hay una escultura grande que dé la bienvenida al viajero.
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