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La bóveda del Salvador recupera los colores

Cuando se abra al público el templo del Salvador -y a este paso será muy pronto- es probable que lo primero que sorprenda sea la claridad, la luminosidad que de hecho ya tiene antes de la futura

Actualizado 17/11/2006 - 17:57:05
En la imagen  parte de esa pintura que se podrá contemplar una vez que concluyan las obras y se reabra este templo./RAÚL DOBLADO.
En la imagen parte de esa pintura que se podrá contemplar una vez que concluyan las obras y se reabra este templo./RAÚL DOBLADO.
Cuando se abra al público el templo del Salvador -y a este paso será muy pronto- es probable que lo primero que sorprenda sea la claridad, la luminosidad que de hecho ya tiene antes de la futura iluminación artística que se anuncia. La luz entra como siempre ha entrado, por las vidrieras, en forma de rayos inclinados que se cruzan en diagonal como las composiciones de los viejos maestros de la pintura. Pero si antes el rayo lo hacía sobredorando la piedra oscurecida de los pilares -¡cuántos matices!-, ahora, tras la limpieza profunda de la piedra, la luz exterior se funde con otras luces muy suaves, todas iguales o casi iguales, que vienen de dentro de la iglesia, las que irradia cada uno de los pilares, ahora que se han lavado. A esto hay que añadir el nuevo pavimento en mármol de Macael, que, una vez pulido y bien abrillantado, reflejará más la claridad.
Sin embargo, no hay luz de foco alguno que sea comparable con la que ilumina, desde hace poco, el presbiterio. Damos fe. Todo un descubrimiento. Encima del retablo mayor, el de la Transfiguración (Cayetano de Acosta, 1770), había una bóveda negra como la embocadura de una chimenea muy trabajada, y ahora se ve un cielo más limpio y azul que el que pueda contemplarse en Sevilla los días despejados. El cielo que se nos ha devuelto en el Salvador es el que veían los sevillanos a mediados del siglo XVIII, libre de toda contaminación, porque así lo observó y se cree que plasmó magistralmente, al temple, Juan de Espinal, y porque, situado a 25 metros del suelo, es el más alto que él pintó en su vida. De esta forma pudo hallar el título de su obra: la Gloria Celestial: alrededor del epicentro -la paloma que representa al Espíritu Santo- se extiende toda la corte celestial en un marco de elementos arquitectónicos fingidos. Antes, nada se veía, salvo la noche. La humedad era constante, «las grietas cruzaban de un lado a otro la bóveda -dice un testigo presencial-, permitiendo la entrada de la lluvia, con los problemas que esto ha ocasionado». Y los que afortunadamente no ocasionó, porque era todo un riesgo celebrar allí misa. Hubo varios desprendimientos.
Continúa el cronista de nuestros días: «Todo el conjunto presentaba un estado de conservación deficiente, con barnices oxidados que oscurecían la superficie, dificultando enormemente la visión de las pinturas y con numerosas zonas polvorientas.» El cronista agudiza la vista y observa que «el enlucido de la bóveda, ejecutado en yeso, un material muy sensible a la humedad, se ha desprendido en algunos puntos, llegando a perder el revestimiento de una de las pechinas y del entorno de las vidrieras, como consecuencia de dichas filtraciones».
La cosa se fue complicando porque los «arcos y pilares presentaban numerosas pérdidas», la pintura seguía desprendiéndose y el polvo continuaba pintando. Y lo que no se ve no se valora. Por eso se entiende que hasta ayer mismo, una vez terminada la restauración, no se haya desvelado la verdadera tonalidad del cielo que vio Espinal en la Sevilla de la Ilustración. Espinal descubrió en este cielo que los ángeles se movían con más desenvoltura: con naturalidad y alegría. Y si no, cuando entren en el segundo templo de Sevilla llévense unos prismáticos y observen que la pintura de Espinal es tan suelta y elegante no sólo porque bebió del rococó europeo, sino porque los ángeles de Sevilla eran así. Como los arcángeles que pintó para el Palacio Arzobispal o como las santas Justa y Rufina que hay en la Sala Capitular del Ayuntamiento. El historiador Carlos Carrillo nos hace ver cómo la brisa alborota el pelo de un angelito que hay en la parte inferior de la pintura mural.
Juan de Espinal, sevillano (1714-1783), tuvo un buen maestro: Domingo Martínez, que se convirtió en suegro. Está considerado como uno de los pintores sevillanos más interesantes de la segunda mitad del siglo XVIII, y para saber más Rosa M.ª Perales Piqueres le dedicó una monografía en la colección Arte Hispalense.
Y de nuevo hay que agradecer al gestor y coordinador de esta aventura, Juan Garrido Mesa, y a su equipo, la evolución de la obra y, concretamente, al grupo de restauradores que que dirige Carmen Enríquez. La intervención de la pintura ha costado 320.266 euros.
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