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Padre Leonardo, dos años ya

El 25 de marzo de 2005, Viernes Santo, a las seis de la tarde, el mismo día y

Actualizado 19/03/2007 - 12:08:41
El 25 de marzo de 2005, Viernes Santo, a las seis de la tarde, el mismo día y casi a la misma hora en que moría Cristo y en el Hospital Duque del Infantado donde estaba ingresado, se nos fue al Cielo el Padre Leonardo Castillo. Nuestro fundador, nuestro paño de lágrimas y, también, de sonrisas y ya, desde aquel día, todos los que tuvimos la dicha de conocerle y haber convivido con él, nos imaginábamos la que tendría formada en la Gloria Eterna armando su revolución, esa revolución que no podía ser otra forma que la del amor al prójimo y la entrega de toda una vida dedicada a los demás procurando vivir y llevar a la práctica el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, donde Cristo se identifica con los más necesitados, los enfermos, los impedidos, los reclusos, los sin techo, los solitarios, los limitados en su libertad debido a sus adicciones y a todos los que necesitaran de la solidaridad de los demás para superar sus dificultades y que, desde aquel día 25 de marzo, se sienten huérfanos absolutos, aunque él siga con nosotros y, desde su ausencia, está en todos nosotros su permanente presencia para que veamos en él, ya para siempre, el Cristo Vivo del callado sufrimiento.
Atrás quedaron los tiempos de su infancia en Algar, su pueblo; el seminario, de cuando sólo quería ser un curita de pueblo; sus muchos años en Cazalla de la Sierra cuando puso en pie una Escuela de Formación Profesional para que los muchachos con menos recursos económicos pudieran encontrar una colocación con más horizonte de futuro que el del trabajo del campo; atrás, aquel día de su adiós en que en la Catedral se puso el «no hay billetes», utilizando el Cardenal el lenguaje del mundillo taurino que tanto le gustaba a Leonardo y atrás también, aquel soñar siempre despierto para ayudar a los más necesitados y legarnos su obra, la «Fundación Padre Leonardo Castillo, Costaleros Para un Cristo Vivo», para que esté en todos nosotros el deseo de continuarla y perpetuarla como el mejor homenaje a su memoria.
Puede que pase el tiempo, pero jamás pasaran los sentimientos ni los recuerdos porque tú, nuestro padre Leonardo que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, ofreciste tu vida haciendo el bien; y tú, que sólo querías ser un curita de pueblo, que pretendías pasar inadvertido, que sufrías en silencio tus infartos y tus males aunque los disimularas tapándolo con tu eterna sonrisa y, sobre todo, con tu forma de ser y de pensar, estabas siempre dispuesto para ir «adonde tenías que ir» aunque se te cerraran puertas para que tú la abrieras con sólo tu presencia e ir soñando en un futuro que tú ya sabías que se te iba de las manos para que, quienes te conocimos, viniéramos a considerar que eras el único santo que veíamos andando por las calles. Y una frase que subraya la mejor definición de tu vida: ««Dichoso aquel que sabe dar sin recordar y recibir sin olvidar». Palabra de Leonardo.
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