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Natacha Seseña (Historiadora del Arte): «El gran afecto de Goya fue su amigo Martín Zapater»

POR ALFREDO VALENZUELA-¿Cómo llegó a la cerámica?-Fui alumna de Diego Angulo. Al terminar la carrera, con 23 años, me dieron la primera beca para ir a Estados Unidos, donde estuve tres años. Encontré

Actualizado 19/11/2006 - 13:22:08
Natacha Seseña ./PEPE ORTEGA
Natacha Seseña ./PEPE ORTEGA
-¿Cómo llegó a la cerámica?
-Fui alumna de Diego Angulo. Al terminar la carrera, con 23 años, me dieron la primera beca para ir a Estados Unidos, donde estuve tres años. Encontré a los intelectuales exiliados, Francisco García Lorca, Laura de los Ríos, Casalduero, María de Unamuno, que me cambiaron la visión que yo llevaba. En el Wellesley College, donde estaba Jorge Guillén, me contrataron de profesora, pero al volver a España en el verano me di cuenta de que aquí hacía falta gente para trabajar y salir de aquel franquismo. Devolví las dos mensualidades que me habían pagado y me quedé...
-¿Trató a Guillén?
-Mucho, era un ser extraordinario, simpático, y se emocionó porque llevé desde Madrid la edición de «Cántico» y, entonces, él me escribió en ese libro, que guardo como oro en paño, versos inéditos de «Clamor».
-¿Y qué hizo en España?
-Entonces las cátedras jamás las daban a las mujeres, así que hablé con Angulo y él siempre daba a las mujeres temas de tesis relacionadas con artes menores o decorativas. Y, como desde niña me había gustado la cerámica popular, me decidí por el tema.
-Que en España es mas importante que la fina
-Sí, y todo se lo debemos a los árabes, que al llegar aquí ya habían aprendido en China la técnica. Aquí hubo muchos moriscos que pusieron alfares, que luego se fueron transmitiendo... Recorrí Castilla con mi Seiscientos buscando alfares, y fui la primera que los estudió con enfoque etno-histórico. Después vinieron los científicos alemanes Rudiger Vossen, director del Museo de Hamburgo, y Wulf Kopke, y me contrataron para ir con ellos por todos los alfares andaluces.
-¿Le gusta la de Triana?
-Tiene motivos verdaderos de toda esa herencia musulmana. Ellos nos enseñaron el vidriado, que desconocían los romanos. Hasta los temas de los azulejos, geométricos, son de origen musulmán.
-Ha estudiado que las señoras se «colocaban» ingiriendo trozos de cerámica.
-Sí, eso es una historia real, se llamaba búcaro o barro, y está en el Covarrubias que la Iglesia lo prohibía. Era cerámica que traían de Estremoz, Portugal. Eran vasijas rojizas, de finas paredes de barro cocido y luego bruñido con un canto de río. Madame D´Aulnoy, a finales del XVII, observó que «a las nobles españolas no hay cosa que más les guste que comer búcaro». Luego encontré documentación sobre una monja que confesaba «haber caído en la tentación de comer búcaro porque se lo vio comer a la marquesa de La Laguna» y que el diablo la tentó, pero luego añadía la monja que nunca había visto más claro al Altísimo.
-¿Qué tenía el barro?
-Lo mandé analizar aquí en Sevilla, y encontraron algo de mercurio... Como estaban todas anémicas, el hierro del barro les venía bien, y el barro les producía una palidez que ellas buscaban, ya que era la moda y sólo tenían color las trabajadoras del campo. Lope, Quevedo, Cervantes hablan del búcaro, y dice Lope en «La Dorotea»: «"Niña del color quebrado (pálido), o tienes amor o comes barro»... Pellizcaban el borde y se lo comían... En «Las Meninas» de Velázquez, a la infanta Margarita, le están ofreciendo un búcaro, que después de la limpieza del cuadro, bien rojo se ve... Lo que las ponía así debía de ser la mezcla del barro con el agua, a la que siempre añadían algo, azahar, rosas, y el famoso hipocrás que contenía canela, ámbar, azúcar de pilón, almizcle y vino añejo...
-¿La «Maja desnuda» no era la duquesa de Alba?
-La cara no, hay un repinte y ahí hay misterio, pero el cuerpo tiene las mismas proporciones... Que aquella duquesa, viuda en Sanlúcar, tuvo un coqueteo grande con Goya, claro que sí.... Pero cuidado, entonces a los pintores, aunque fueran Goya, se les trataba como a criados.
-¿Qué tal se le dieron las mujeres a Goya?
-Se le daban bien y trataba de conocerlas para reflejarlo en el rostro, pero como yo digo en mi libro su afecto máximo fue por su amigo Martín Zapater, y quien no lo crea que lea las Cartas a su amigo del alma, a quien escribía constantemente, le daba sus dineros y le decía unas frases que te invito a que leas y saques conclusiones. Creo sinceramente que hubo una relación homoerótica, y fue el afecto más importante de su vida.
-¿O sea, que le gustaba más Martín que la Maja?
-De otra manera; había una confianza... Zapater, nunca se casó; su sobrino heredó todo y quemó las cartas de su tío y las que se conservan son sólo las que escribió Goya.
-También ha publicado poesía.
-Sí, al mismo tiempo que el libro sobre Goya, he publicado «Falso curandero», con un prólogo de Ángel González.
-¿No es una redundancia?
-No, «Falso curandero» es el tiempo.
-Le quería preguntar por sus amistades literarias, por Ángel González...
-Yo le adoro, nos lo pasamos muy bien y nos hemos emborrachado juntos y charlado hasta el amanecer.
-¿Y Juan Benet?
-Un hombre lleno de humor y guapo, con una percepción extraordinaria. Es el escritor más importante, junto con Sánchez Ferlosio, de esa generación .
-¿A Rafael le ha tratado también?
-Sí, Rafael es complicado e ingenuo. Cultísimo.
-¿Y García Hortelano?
-Era divertidísimo y sabía palabras de las que se han perdido. Le encantaba que nos reuniéramos, y lo hacíamos con frecuencia, y se hablaba de literatura y entre ellos discutían mucho, sobre todo Benet y Hortelano.
-Pero si eran muy amigos.
-Sí, pero les gustaba discutir y Hortelano tenía muy en cuenta lo que decía Benet.
-¿Y Jaime Gil de Biedma?
-El gran poeta. Como dice la biografía de Dalmau, mi relación con él fue tardía, pero algo surgió entre nosotros. Cuando venía a Madrid en vez de quedarse en la residencia de Tabacos de Filipinas, donde él trabajaba, se quedaba en mi casa y había una conexión estupenda entre nosotros hasta que un día me dijo que no podíamos hablar diariamente por teléfono. Su novio se lo prohibió. Cuando enterramos a Jaime, en La Nava, nos fuimos Caballero Bonald, Ángel González, Pedro Avila y otros a comer. Entonces el novio de Jaime se me acercó y me dijo que Jaime me había querido mucho. Tuvimos una atracción y una sintonía entre los dos muy fuerte. Yo le hacía mucha gracia.
-¿También conoció a Claudio Rodríguez?
-Sí, alguna noche de mucho vino, hace muchos años, en casa de Pepe Esteban.
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