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Jacobo Cortines: «Sevilla es para mí la ciudad elegida»

En pleno barrio de San Bartolomé, en la casa de los Armenta, levantada en el XVII con blasón de piedra, tiene su morada Jacobo Cortines. Su árbol genealógico ha dado una fronda de escritores y pintores. Un antepasado suyo fue comandante del ejército español cuando había todavía un imperio por el que guerrear. Casado con Lilí Romero de Solís, Cortines es además profesor de Literatura en la Universidad hispalense. Es como un embajador del petrarquismo en la Sevilla de hoy, en la que todavía creé.

Actualizado 20/10/2001 - 00:27:18
El escritor y profesor de Literatura Jacobo Cortines. Archivo
El escritor y profesor de Literatura Jacobo Cortines. Archivo
-¿Se considera el hombre de Garcilaso en la Sevilla de la postexposición?
-Me halaga que me diga eso. Sí me considero muy entroncado con la tradición humanística de Sevilla, con los clásicos de aquí, desde Cetina, Herrera o Rioja. Ese equilibrio entre lo estoico y lo epicúreo es para mí una de las cosas que me marcan en mi forma de ser. Sevilla es para mí una ciudad elegida. Me encuentro con esta tradición moral, ética y estética de Sevilla. El momento fundamental es el XVI y XVII. Luego continúa con los herederos de Blanco White, Mármol, Reinoso, la escuela poética sevillana del XVIII; Bécquer, discípulo de Lista, y hasta Cernuda, que confiesa cómo lo que más le interesa de Sevilla son los poetas metafísicos del Barroco. Hay una tradición sevillana muy sobria, profunda, interiorizada, más bien callada, sin alharacas, que se opone a la visión de Sevilla folklórica, vacía, pintoresca, deformada. Me considero heredero de esa tradición.
-Con la mano en el corazón, ¿hasta qué punto esa tradición no es una sublimación?
-Esa tradición ha hecho que Sevilla sea una ciudad soportable. Uno de los defectos que ha tenido es olvidarse de ella. En esa tradición entran pintores maravillosos como Murillo y Velázquez. Ello permite que incluso en la Sevilla actual, tan olvidada de todo eso, se pueda vivir. Si Sevilla no tuviese ese pasado hoy sería muy difícil justificar vivir aquí. La ciudad es lo que se ve y lo que hay por dentro. Todo ese espíritu humanístico está vivo en una cierta minoría, en ciertos sectores del mundo universitario o de la Academia, en la creación poética actual de mi generación como Salvago, Ortiz, Juan Lamillar, Cabanillas, el grupo de Renacimiento. O personas que están dando investigaciones literarias o magníficas traducciones de los clásicos. Es verdad que todo eso es muy minoritario y con muy poco peso en la vida práctica de la ciudad. En los terrenos oficiales todo este movimiento está bastante marginado.
-¿Es una ciudad más proclive a la creación que al sentido crítico?
-Todo creador es crítico. Sevilla tiene un cierto equilibrio. Es una de las ciudades más creativas de España. Son creaciones muy personales e individuales como es la literatura o la pintura. En el momento en que la creación requiere componentes económicos, ahí falla mucho más la ciudad. Sevilla está poco vertebrada. Es un gran filón creativo donde los creadores tienen muchas dificultades para llevar a cabo la proyección de esa obra. ¿Qué editoriales hay en Sevilla que tengan proyección? Las hay muy encomiables, como Renacimiento, pero que tienen muy poca difusión en el ámbito nacional e internacional. Otras son muy dignas como las de la fundación Luis Cernuda, las del Ayuntamiento o las la de la Universidad. Pero no trascienden. Los grandes centros editoriales están en Madrid y Barcelona.
PÚBLICO MINORITARIO
-Una producción tan exuberante presupone un público receptor. ¿Por qué fallan los intermediarios?
-Ese público es minoritario. No hay grandes galerías ni grandes exposiciones. El caso de Benito Zambrano es bastante excepcional: un productor que apuesta. Es una cuestión ligada al mundo empresarial.
-¿Existe lo que se llama «ambiente cultural» en Sevilla?
-Somos pocos, pero nos conocemos todos. Yo mismo, voy siempre a las exposiciones de Carmen Laffón, de Teresa Duclós, de Lacomba, de Suárez. Pero además, es que casi todos los artistas viven en el centro histórico de Sevilla.
-¿Están bien avenidos?
-No hay mucha rivalidad. No hay poder, y no hay lucha por el poder.
-Está claro que con los poderes públicos, en general, esos círculos no manteniene comunicación. ¿También se han roto los lazos con lo que se denominaba «pueblo llano»?
-El artista siempre ha mostrado admiración por el pueblo. Lo que pasa es que a mí me resulta hoy día muy difícil hablar de pueblo, que es un concepto que había quizás hasta los años cincuenta pero que hoy día ha desaparecido. Eso hoy se transforma en las masas del fútbol, la chabacanería, la televisión que está haciendo un daño extremo.
-¿Incluida «la nuestra»?
-¿Canal Sur? De las peores. Lo que hace es deformar. Nunca ha tenido el poder en su mano una posibilidad de educar al pueblo como la tiene ahora. Si los hombres del Renacimiento o de la Ilustración tuvieran esos medios para difundir a Virgilio... y hoy que tenemos las mayores posibilidades de enseñar deleitando, como decía Horacio, con un medio tan cómodo y atractivo y que eso signifique la deformación sistemática es uno de los mayores crímenes que se están cometiendo. Eso va a la masa o como diría Rubés Darío, a la canallocracia. Eso provoca un distanciamiento entre el artista y esas masas deformadas, engañadas, manipuladas. Es verdaderamente trágico.
-Le veo más apocalíptico que integrado.
-Sí, soy pesimista.
-¿De siempre?
-No. Nunca he sido pesimista en la concepción de la vida. Bueno, al fin y al cabo nosotros, los que nos educamos en la Universidad en los años sesenta, provenimos de la formación existencialista, de Heiddeger, de Sartre. Nunca ha sido una escuela especialmente optimista. Pero también estaba el componente nietcheniano, de afirmación de vida, incluso de la vena de un Jorge Guillén, de exaltación vital. Pero lo que a mí me preocupa -y no creo que sea un problema de edad, con cincuenta y cuatro años- es que éste es un mundo que cada vez comprendo menos. El poner la televisión y encontrarte con un programa de los respiraderos del paso, el dedo gordo del pie del Cristo, la corona de la Virgen, que me parece de un fundamentalismo extremo y estúpido, y de ahí pasar directamente a las escenas más pornográficas a las doce de la noche, que lo pueden ver los niños, en las televisiones locales. No lo entiendo, como no entiendo que en situaciones complicadas como la actual, uno pone la radio para buscar algo para enterarse de lo que digan los tratadistas y continuamente fútbol, fútbol, fútbol... Incluso por la noche, cuando hablan de los talibanes, están continuamente interrumpiendo para dar los resultados de los partidos. La falta de educación y de respeto al ciudadano que se ve en los automovilistas, las motos, el ruido, la movida... La teoría del botellódromo, etcétera. En la misma Universidad, ¡cómo ha descendido el nivel de los alumnos!
-Póngame un ejemplo.
-Este año, he puesto en el examen de septiembre una pregunta sobre Baltasar Gracián. Ha habido un enorme porcentaje de alumnos que la han entregado en blanco. Yo en tantos años de ejercicio nunca he puesto tantos ceros.
-Estamos hablando de alumnos ¿de qué curso?
-Alumnos de segundo de Filología. Si esto no lo saben los alumnos de Filología, imagínate la gente de la calle y el mundo que manda porque es el de las audiencias de televisión.
-¿Quiénes han sido los miembros de su familia que más han influido en su experiencia literaria?
-Mi tío abuelo, Felipe Cortines Murube, y el primo de mi padre, Joaquín Romero Murube. Ha habido escritores y juristas, como don Ramón Cortines Andrade, del XVIII, que además es un gran cervantista. La figura fundamental en mi educación, naturalmente, ha sido mi padre, que ha sido labrador, pero como él decía por circunstancias de la guerra. El estaba estudiando Letras y Bellas Artes y le coge la Guerra Civil. Tiene que abandonar la carrera. Ha sido una persona muy aficionada a la literatura y a la pintura. Ha sido un excelente pintor. Luego una educación como la que yo tuve en el Bachillerato, donde la literatura, las artes, las letras, tenían mucha presencia...
INFLUENCIAS LITERARIAS
-¿En San Isidoro?
-No, en los jesuitas; en Portaceli. Ahí estaba Miguel García Posada, Antonio Burgos. Teníamos un profesor de literatura, el padre Ortiz, que era un excelente poeta y un excelente músico, un magnífico intérprete de Debussy. Recuerdo cuando en clase sacó de la sotana un pañuelo y dijo «Est
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