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Fernando Iwasaki (Escritor): «Leyendo «Neguijón» a muchos les entrarán ganas de cepillarse los dientes»

En «Neguijón» el escritor peruano describe las terribles terapias dentales de la España del Barroco, cuando se creía que la caries la provocaba un gusano («neguijón») que carcomía las encías.

Actualizado 22/05/2005 - 02:15:31

SEVILLA. Fernando Iwasaki (Lima, 1961) acaba de publicar «Neguijón» (Alfaguara), un documentado tratado sobre el dolor, no sólo dental, por el que desfilan barberos y cirujanos del siglo XVI armados con tenazas, gatillos, martillos, legras, perforantes y cinceles que amputan miembros, rajan mejillas y desafueran encías, buscando un gusano mítico sobre el que el Barroco produjo una abundante literatura.

-¿Cómo se le ocurrió escribir sobre los durísimos métodos dentales de la España del Quijote?

-Tenía mucha información sobre el dolor, originada en la tesis doctoral que nunca llegué a presentar sobre procesos de santidad e Inquisición, curaciones y sanaciones milagrosas. Leyendo sobre el barroco español me di cuenta de que el realismo mágico hispanoamericano viene de allí y por eso es que en algún lugar del libro sentencio algo así como que la mariposa del realismo mágico hispanoamericano tuvo alguna vez un gusano barroco español: el neguijón.

-Si quería escribir sobre el dolor, ¿por qué el de muelas y no otro?

-Si yo hubiera hablado, por ejemplo, de un cólico nefrítico, el que nunca lo hubiera padecido, no podría ni imaginárselo. Si hubiera hablado de un dolor de ciática, lo mismo. Pero, en cambio, los dolores de muelas y el temor al dentista son algo universal. No existen muchas personas que acudan al dentista con absoluta tranquilidad y sosiego. Se trata de un dolor atávico y creo que la tenaza en la muela es algo que todavía une a los lectores del XXI con los hombres y mujeres delXVI.

-Afortunadamente, se ha avanzado mucho en Odontología...

-Sí. Ahora ya no se utilizan tenazas sino instrumentos mucho más precisos. En el XVI y XVII se utilizaba un instrumento que se llamaba el gatillo y eso no tenía nada que ver con el gatillazo. Dar un gatillazo tenía una connotación estrictamente bucal. Cuando uno tenía un flemón le rajaban la cara para desaguar la materia de la boca, como decían los cirujanos de la época.

-¿Y los «neguijones»?

-Hay mucha literatura sobre ellos. El sarro era conocido en el XVI como la toba,el fango y el cieno. Con toda esa putrefacción que había, se pensaba que se engendraba por unos gusanos, los «neguijones», que aparecen el diccionario de Autoridades, en el Covarrubias y en el Quijote. En el diccionario de la RAE aparece «neguijón», pero sólo como «negritud de los dientes», o «corrupción negra de la boca». Pero hasta el XVIII se pensó que lo que generaba la caries era un gusano y que ese gusano carcomía los meollos de los dientes y que ahí comenzaba la corrupción de los cuerpos.

-Describe en su libro todo tipo de aparatos dentales «antineguijones» que parecen más de tortura que otra cosa. Publica hasta gráficos...

-Había un aparato que se llamaba el «descarnador», que cuando te arrancaban una muela y se rompía, servía parair descarnando hasta arrancar todos los trozos de la raíz que se han podido quedar en las encías.

-También describe la amputación de una pierna.

-Sí, una intervención terrible.

-Pero no la peor de todas...

-La peor intervención que seguramente describo es la extracción de un cólico nefrítico en la zona perineal, entre el ano y el pubis. Lo que hacían los cirujanos era introducir el dedo corazón por el ano hasta tocar la piedra que se quería sacar y luego presionarla contra la zona perineal, abrir con un cuchillo esa zona y sacarla. Muchas personas no sobrevivían a esa operación y de las que sobrevivían muchas morían días después por infección.

-¿Sufrió al escribir el libro?

-No, incluso me reí escribiendo alguna de las terapias dentales que se utilizaban. Eso sí, para que una novela como ésta no agobiara constantemente al lector, hacían falta personajes que fueran por momento divertidos y por eso creé al librero Linares, al capellán Tortajada o al caballero Valenzuela. Ellos me permitieron tener de vez en cuando un punto de fuga. Y otra cosa que quise hacer es que la novela transcurriera en las dos ciudades más queridas por mí: Lima y Sevilla. Y no sólo Sevilla: La Rinconada, Villaverde del Río, Brenes, Alcalá del Río, la Algaba, etc, aparecen en la obra.

-¿Qué ha querido demostrar con «Neguijón»?

-He querido dejar constancia de que la cultura del Barroco era mezcla de un pensamiento supersticioso, pero que al mismo tenía una visión del mundo. En la Sevilla del XVI se imprimen libros sobre China, América, libros de alquimia, de Medicina y tratados místicos y religiosos. El hombre de la época, si era instruido, podía tener una cultura amplia, como mi librero Linares, un personaje que casi se podría decir que enloquece, como enloqueció Alonso Quijano, solamente por leer. Bueno (risas) ,también espero con el libro que los lectores, después de «Neguijón», tengan la duda de consultar el Covarrubias o ir a cepillarse los dientes. que a muchos les entrarán ganas.

-Usted dirige una revista literaria, Renacimiento. ¿cuál cree que es el camino de la novela en el siglo XXI?

-Se están escribiendo novelas otra vez muy largas, entre 350 y 600 páginas, que nos acerca a la novela decimonónica, pero creo que hay poca experimentación, lo cual era más propio de los 60 y 70. Estamos volviendo a una narración con pocas innovaciones técnicas. Los grandes maestros siguen siendo los mismos, los últimos del XX, Faulkner, Proust y Joyce. Nadie ha hecho nada nuevo desde entonces.

-En España el último innovador fue, tal vez, Marsé, ¿no cree?

-No sólo Marsé. Vemos ahora un registro más o menos nuevo que es la novela que mezcla reportaje y ensayo, por ejemplo, «Soldados de Salamina». Hay otras novelas que mezclan la ficción con el ensayo: «En Busca de Klingsor» de Volpi, aunque lo más nuevo quizá ha sido la última obra de Bolaño.

-¿Es cierto que en España hay ya casi más escritores que lectores? ¿No le sorprende que se publiquen más de 70.000 títulos al año?

-Bueno, en EE.UU. el nivel de publicaciones es mayor. Y también en Francia y Alemania, pero no todo lo que aparece en formato libro es literatura.

-Algunos autores norteamericanos volcaron capítulos de sus obras en Internet hace años, y en España lo hizo Pérez Reverte, pero no se repitió. ¿Ha fracasado el libro digital?

-Hoy existe el fenómeno de la weblog, donde me consta que hay escritores que quieren hacer una novela multitudinaria e interactiva, en la que los lectores hacen sugerencias sobre cómo continuarla. Mi duda es si ese tipo de novela se imprimirá en formato libro o se quedará en su cápsula de ciberespacio, que es lo que yo creo más honesto.

-¿Qué opinión le merecen los premios literarios en España?

-Si una editorial me ofreciera, en lugar de un premio, un contrato por obra de tres años, con los presuntos montos de los premios prorrateados en catorce pagas anuales, yo sentiría que esto es un premio. Los premios son una operación comercial a la que nos hemos acostumbrado. Pero desde el punto de vista del editor y del escritor, creo que sería mejor un contrato por obra por el que el escritor se comprometa a entregar no sé cuantos originales. Destino lo hizo durante algunos años.

-¿Se puede vivir de la literatura?

-Los escritores pagamos hipotecas y colegios de los niños y sólo unos diez escritores pueden vivir en España de sus ventas. Los demás tenemos que hacer bolos: conferencias, colaboraciones, charlas y pregones. De las ventas viven muy pocos, pero gracias a las ventas de estos escritores, las editoriales pueden dar a conocer a nuevos autores. Tusquets, Alfaguara o Plaza y Janés tienen dos o tres firmas muy potentes en el mercado que les permiten publicar a escritores desconocidos.
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