Sevilla

Hemeroteca > 23/02/2005 > 

EVOCACIÓN PERSONAL DEL JOVEN PROFESOR JUAN BAUTISTA JORDANO BAREA

Actualizado 23/02/2005 - 02:37:35

Aunque tengo el vago recuerdo de haber visto por primera vez a Don Juan Jordano en el Instituto de Enseñanza Media de Córdoba en el año 1964, la primera vez que le vi y le oí con claridad fue en octubre de 1966, cuando empezaba yo en Sevilla a estudiar mi segundo curso de Derecho. Había oído hablar de él, mis padres hablaban de él, los compañeros también, pero la impresión que me produjo no se correspondía con lo que esperaba, pues parecía más cálido y amable de lo que esa imagen magnificente y algo distante que me transmitían evocaba. Llevaba una chaqueta azul y un pantalón gris, paseaba enérgicamente por el estrado con el Código Civil en la mano y dijo que, a pesar de que tendríamos que trabajar, se esforzaría para que el curso no fuera desagradable, es más, para que fuera encantador. Era un auditorio grande, pues lo integraban los alumnos de segundo curso del entonces plan nuevo, al que yo pertenecía, y los de tercero del plan anterior. Desdeentonces aquellas clases siempre fueron atractivas y relajantes, sin tensión alguna, pero con creciente interés. Al final de cada clase Don Juan se quedaba "al poste", como los antiguos profesores, esto es, permanecía varios minutos detrás de la mesa respondiendo preguntas y dialogando con los alumnos y con algún ayudante que le acompañaba.

Su influjo durante la carrera fue para mí tan determinante que, al comenzar cuarto, decidí visitarle en su despacho y manifestarle mi vocación universitaria y mi remoto deseo de pretender una cátedra de Derecho Civil. Me recibió con afecto y con simpatía y me dio consejos que siempre recordaré, especialmente sobre lecturas e idiomas. Al terminar la Licenciatura, me estimuló para ampliar estudios fuera de España y me aconsejó un director especialmente exigente que me produjo dificultades, pero que terminó compensándome. Cuando regresé, siendo ya Doctor, comenzó su verdadera dirección, puliendo lo que todavía necesitaba mucha reelaboración: nunca olvidaré sus atentas lecturas y sus minuciosas notas a los textos que compusieron mi primer estudio monográfico y, sobre todo, mi primer libro. Como tampoco olvidaré su ánimo y su estímulo cuando empezaron las oposiciones, sus orientaciones a la hora de hacer la memoria y de preparar los ejercicios. Ni olvidaré tampoco su presencia en Madrid en mayo de 1981, cuando, por fin, me convertí en compañero suyo: recuerdo a mi padre, abrazándolo en la Puerta del Sol, diciéndole que él no lo habría hecho mejor.

Pasaron los años. Seguimos viéndonos y tratándonos. A pesar de incidencias a veces conflictivas de terceras personas, siempre nos veíamos con afecto y con sonrisas, hablando de proyectos y permitiéndome yo la licencia de aconsejarle sobre un futuro que él no veía con demasiada ilusión, pensando más en los demás que en él mismo. Desde comienzos de este siglo, Don Juan era un hombre diferente, demasiado volcado en los recuerdos y con el dolor de las enfermedades que amenazaban su subsistencia, muy diferente de aquel joven animoso de la americana azul del año sesenta y seis. En octubre de 2004 recibe uno de los zarpazos mayores que una persona puede recibir y, aun así, a los pocos días del acontecimiento, tiene la delicadeza de dejarse consolar por mis bromas, mis recuerdos y mis proyectos.

Esta semana pasada, cuando me disponía a impartir una larga sesión, una compañera me dijo que este hombre del que hablo había muerto. Desde ese momento parte de mis relojes se detuvieron para siempre: dejé el arroz que estaba comiendo en el bar y me refugié en el silencio. Luego no puede evitar visitarle y darle por última vez la mano.

Fue un brillante docente, un simpático conversador, un gran investigador del testamento y del contrato. Pero, sobre todo, fue, como decía Kipling a su interlocutor, todo un hombre. Jamás podré olvidarle.
Búsquedas relacionadas
  • Compartir
  • mas
  • Imprimir
publicidad
PUBLICIDAD
Lo ?ltimo...

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.