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La devoción de los cordobeses a los Santos Mártires Acisclo y Victoria en los siglos XVI y XVII

Por Juan Aranda Doncel (Historiador)LA celebración de la fiesta de los patronos de la diócesis el pasado 17 de noviembre en la basilica menor de San Pedro nos lleva a esbozar la devoción de los

Actualizado 26/11/2007 - 03:46:24
Por Juan Aranda Doncel (Historiador)
LA celebración de la fiesta de los patronos de la diócesis el pasado 17 de noviembre en la basilica menor de San Pedro nos lleva a esbozar la devoción de los cordobeses a los Santos Mártires Acisclo y Victoria durante los siglos XVI y XVII, período en el que el fenómeno alcanza una gran notoriedad.
El culto y devoción a los Santos Mártires Acisclo y Victoria se concentran hasta las últimas décadas del siglo XVI en el barrio de Santiago, donde se localizan los dos únicos focos que transmiten la herencia de las centurias bajomedievales. Este legado lo encontramos en el monasterio habitado por cistercienses y dominicos, en cuyo templo se veneran las reliquias depositadas en un suntuoso sepulcro, y en la activa cofradía erigida en el hospital del mismo título, situado enfrente de la iglesia parroquial.
En los albores del quinientos las reliquias de San Acisclo y Santa Victoria son objeto de una fuerte veneración por los cordobeses que acuden masivamente a la capilla del monasterio de los Santos Mártires. Especial solemnidad revisten los actos religiosos de la fiesta principal que se celebra todos los años el 17 de noviembre. Un vistoso cortejo procesional, integrado por la clerecía y las cruces parroquiales, los prebendados del cabildo catedralicio y los miembros del concejo, encabezados por el corregidor, parte de la iglesia mayor en la mañana de ese día en dirección al renombrado templo, donde se oficia una misa cantada con sermón.
Por lo general, la procesión al convento de los Santos Mártires el día de la fiesta de los titulares sigue el mismo recorrido, tanto a la ida como a la vuelta. El cortejo sale del recinto catedralicio y por el Arquillo de Calceteros, Potro y Lineros llega al cruce de las Cinco Calles, donde toma la calle Mucho Trigo para llegar a la iglesia dominicana.
De manera excepcional la fiesta de 1553 queda suspendida a causa de un entredicho y los canónigos y racioneros deciden realizarla el 23 de abril del año siguiente cuando ya se ha levantado la censura eclesiástica. En ocasiones la celebración se aplaza como consecuencia de las inclemencias meteorológicas.
En los años setenta del siglo XVI alcanza un momento de esplendor la fiesta de los patronos de la ciudad y de la diócesis. Al mismo tiempo la devoción de los cordobeses se intensifica, siendo un factor determinante la visita de Felipe II en 1570 a la capilla sepulcral de San Acisclo y Santa Victoria, quien entra de rodillas en señal de veneración. A partir de 1575 la festividad se celebra con octava en cumplimiento del nuevo rezado romano establecido por los decretos tridentinos.
Una prueba bien elocuente del arraigado fervor a los Santos Acisclo y Victoria viene dada por las procesiones de rogativa al templo dominicano. En la primavera de 1578 se organiza una por iniciativa del cabildo catedralicio con el fin de implorar la lluvia. Dos años más tarde, el 2 de octubre de 1580, se organiza una nueva salida extraordinaria para pedir por la salud del monarca.
El otro foco devocional a los Santos Acisclo y Victoria que se mantiene vivo en el barrio de Santiago es el de la cofradía de los Santos Mártires, erigida a finales del siglo XIV en el hospital de la misma advocación. La organización y funcionamiento de esta hermandad asistencial se reforman en el primer cuarto del XVI con las nuevas reglas aprobadas el 26 de abril de 1517. La labor asistencial de la cofradía pierde importancia durante la segunda mitad del quinientos en favor de la cultual. El acto religioso más importante en honor de los titulares es el traslado procesional de las imágenes el 16 de noviembre a la iglesia conventual de los Mártires, mientras que el regreso al hospital se realiza con el mismo ceremonial unos días más tarde.
Los esfuerzos de la cofradía hospitalaria a lo largo del segundo cuarto del siglo XVII van a estar centrados en las obras de remodelación y ampliación de la ermita de los Mártires, situada en el barrio de Santa Marina junto a la puerta del Colodro. Según la tradición, la pequeña iglesia ocupa la casa donde vivieron los santos patronos Acisclo y Victoria antes de sufrir el martirio.
Coincidiendo con la fase de esplendor de la devoción a Acisclo y Victoria, se produce en noviembre de 1575 el hallazgo de restos de mártires en la parroquia de San Pedro, a raíz de unas obras llevadas a cabo. El suceso conmociona a la ciudad al encontrarse entre ellos los de San Acisclo, circunstancia que en principio contradecía la autenticidad de las reliquias veneradas secularmente en el monasterio de los Santos Mártires.
El 22 de enero de 1583 declara el concilio provincial de Toledo auténticas las reliquias halladas en la iglesia de San Pedro y la resolución de los prelados asistentes resuelve las posibles dudas y justifica la presencia de los restos de San Acisclo en el sepulcro de la capilla del monasterio y en el hallazgo de la parroquia cordobesa:
" y en lo que tocaba a si estaban en el monasterio de los Mártires de Córdoba los cuerpos de San Acisclo y Santa Victoria dijeron que ordinaria cosa era un cuerpo de un santo estar en diversas partes porque nunca se daba todo sino se dejaba parte de su cuerpo y que así en Roma había los cuerpos de los apóstoles San Pedro y San Pablo en tres iglesias y en todas tres se veneraban y que así no se quitase ni derogase a la devoción que tenía la ciudad de Córdoba en reverenciar los santos Mártires Acisclo y Victoria en la casa de los dominicos ni tampoco se negase que alguna parte de sus cuerpos, a lo menos de San Acisclo, estaba en San Pedro».
La resolución del concilio provincial deja satisfechos a los dominicos que ven como la devoción de los cordobeses a los patronos conserva la misma intensidad. La procesión y función religiosa de la fiesta del 17 de noviembre se mantienen en la centuria del seiscientos con la solemnidad acostumbrada y asistencia del clero de las parroquias y de los cabildos municipal y catedralicio.
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