Sevilla

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Juan Lebrón, productor de audiovisuales: «Sevilla es para mí la mezcla de cosas que me han atraído de muchas ciudades»

Está «peinando» el aire de Andalucía con su cámara de 35 mm. Juan Lebrón guarda en su nervio óptico una vida dedicada a extraer de las imágenes (visuales o sonoras) el plasma de la belleza

Actualizado 29/05/2004 - 02:16:37
El productor con una biografía de Bernardo Bertolucci. ROCÍO RUZ
El productor con una biografía de Bernardo Bertolucci. ROCÍO RUZ

-Cuéntenos su experiencia con Félix Rodríguez de la Fuente.

-Después de volver de Londres, cuando trabajaba en Santillana, tenía un estudio fotográfico, y me surgió la oportunidad de conocer a Rodríguez de la Fuente. Nos caímos muy bien. Empiezo a trabajabar en «El hombre y la Tierra». Era el año 77. Era extraordinario. Fue una de las experiencias más apasionantes de mi vida. Imagínate, para un chico joven, de 24 ó 25 años, lo que significaba entonces un programa de televisión de éxito. Éste era el que más éxito tenía. Y todo lo que yo aprendí de filosofía de la vida con Félix... Lo que uno aprendía observando los animales... Créeme que te viene luego muy bien para observar el comportamiento de los humanos. Las reacciones son asombrosamente parecidas. La gran suerte de mi vida es que se cruzara en ella Rodríguez de la Fuente. Estuve con él dos años y medio. En el 79 la serie se para un tiempo, porque se había rodado muchísimo material, y le exigieron a Félix que no rodara más y que montara películas. Se metió en la sala de montaje, que no le gustaba. Yo me fui a hacer con Antonio Mercero «Verano azul», una serie que también tuvo muchísimo éxito. Eso me salvó de aquel accidente. Cuando se reinició «El hombre y la Tierra», que ya no era fauna ibérica sino americana, se estaba rodando en Alasca, y yo tenía previsto ir. Yo llevaba un año en Nerja cuando me llamó Félix. La verdad es que para una persona activa como yo, y sobre todo porque yo era de su equipo era muy atractivo. Estaba todo preparado para ir, pero mi padre tuvo una embolia por aquellos días. Yo no me atreví a ir. Me quedé con mi madre. Fue algo de lo que me costó mucho trabajo recuperarme. Eran mis amigos, muy íntimos. Un tipo de programa de esos ya no es camaradería; es mucho más, porque son personas con las que convives en situaciones difíciles veinticuatro horas al día. Aquello fue un palo tremendo. Me han quedado algunas secuelas. Por ejemplo, yo, que ahora mucha gente me conoce porque hago muchísimas producciones en helicóptero, no me he vuelto a montar en helicóptero en veinticinco años. No lo hago porque años más tarde me caí en un helicóptero, en la selva de Guatemala. Esa fue la última vez.

-¿Por qué caminos llega a Sevilla?

-Después de «Verano azul» me voy a Estados Unidos, por una cuestión personal, a las Montañas Rocosas. Allí me pongo muy en contacto con el cine y la televisión americana. Cuando vuelvo a España -supongo que es la edad- decido volar solo, poner una productora. La televisión es demasiado estricta, la española es muy oficialista, como un Ministerio. En el año 86, con mucha dificultad, monto la productora. Lo demás, como dicen los americanos, es historia. Hice «Sevillanas» y «Flamenco», de Saura. Siempre, todas las producciones que he hecho son sobre Andalucía. Y voy a seguir haciéndolas. ¿Por qué no me voy a ceñir a Andalucía, si Woody Allen las hace sólo en Nueva York?

-¿Por qué Sevilla? ¿En el fondo, «Cinema Paradiso» no está en todas las ciudades del mundo? ¿Qué le ha atraído para plantar el campamento en este solar?

-Yo creo que a estas alturas ya me puedo llamar sevillano. Soy un sevillano por convicción. Yo no he nacido en Sevilla, pero he decidido venirme a vivir a Sevilla. Y lo he decidido después de haber viajado durante muchos años por todo el mundo. Ésa es una enorme suerte en aquellos años, que no se viajaba como ahora. Cuando yo elijo vivir en Sevilla es porque Sevilla para mí supone como la mezcla de muchas cosas que a mí me han atraído de muchas ciudades. Yo soy una persona romántica. Es el romanticismo de Florencia. Incluso la ciudad de Sevilla yo creo que es más romana que florentina. Me atrae sobre todo el carácter de la gente. Uno está muy cansado. He vivido en sitios europeos, anglosajones, donde el carácter, la pura individualidad egoísta es tremenda. A fin de cuentas, uno se reencuentra su propio carácter andaluz. Estas son las dos cosas que yo encuentro en Sevilla. Es una ciudad extraordinariamente bella - eso es muy importante; a fin de cuentas, donde uno pase sus días, elegir el sitio donde vivo o donde trabajo es muy importante. Yo creo que si la gente que está aquí, en mi empresa, llevan tantísimo tiempo, algunos quince o veinte años, es porque novan a encontrar un sitio más bonito para trabajar que éste. Había épocas en que viajaba con televisión, y cada dos días estaba en un hotel distinto. En aquellos tiempos, tú llegabas a Inglaterra y no existían duchas en los hoteles; había baños. A mí me gustaba ducharme. En Francia había una cosa extrañísima: una ducha muy corta de teléfono sin cortinas. Yo viajaba con un kit de ducha. Yo llegaba al hotel que fuera y empleaba dos horas en arreglar todo eso. Pero si sólo vas a estar aquí dos días, me decían. Sí, pero un día me di cuenta que yo viajaba doscientos días al año. Y que al final, esa es tu calidad de vida. Y sobre todo la gente de Sevilla, con todos sus defectos y sus virtudes. Para mí pueden muchos más las virtudes de la gente en Sevilla que los defectos.

-Sin embargo en sus producciones hay una ausencia casi total de palabras, de comentarios, del elemento propiamente humano de un audiovisual. Hay un protagonismo feroz del paisaje, del entorno, del marco, de la materialidad de la ciudad. ¿Por qué esa manía, de común acuerdo con Gutiérrez Aaragón o con Saura, de despojar a la realidad sevillana de palabras?

-Supongo que será un defecto profesional, entre comillas. Yo si soy algo es fotógrafo. Desde que tengo uso de razón, mi cabeza siempre ha funcionado como fotógrafo. Siempre me han fascinado las imágenes. Con los años llegas a ser, además, minimalista; a mí me gusta simplificar lo máximo. La naturaleza te lleva a eso. En «Sevillanas» y «Flamenco» lo que existe es la abstracción total. Las sevillanas, el folklore, es una cosa tan viva, hay tal relación entre la gente cuando baila que no cabe decir nada con palabras. Con Saura hay un entendimiento al cien por cien, porque los dos somos fotógrafos. Ahí lo que surge es el defecto profesional de captar la imagen y que cada uno la interprete. Es la concentración de la atención del espectador en esa persona que está bailando. No hay decorado. Hacer ese tipo de no decorado es mucho más costoso que poner un decorado, técnica, artística y conceptualmente. Concentremos todas las energías en ver a una persona bailar. ¿Qué se puede decir de la Semana Santa? ¿Qué producción se puede hacer con textos explicativos de la Semana Santa? Esa fue una decisión mía. Había muchos textos extraordinarios de gente extraordinaria, pero como lleva implícita la propia escritura, cualquier texto es siempre parcial, es personal de alguien. A mí me parecía tan extraordinariamente grandioso lo que es la Semana Santa desde el punto de vista estético que yo le daba vueltas y vueltas. ¿Cómo podemos contar la Semana Santa y que cada uno la interprete libremente? Eso es lo que yo creo que es la Semana Santa, cosas diferentes para cada persona que le preguntes. ¿Cómo puedo hacer una producción que reproduzca lo que realmente es? Entonces fue la enorme suerte de encontrar esa vía, encontrar esas músicas que había extraordinarias de banda y adaptarlas a sinfónica. Si he hecho algo, ése fue el gran hallazgo. Es verdad que yo tengo cierto sentido musical; siempre me ha gustado mucho la música. Fue una apuesta definitiva. Creo que ha quedado ahí una pieza que a todo el mundo le atrae y todos sacan sus propias conclusiones, que en el fondo es lo que yo creo que es la Semana Santa.

-Estoy recordando a Claudio Guerín, que no pudo adaptar a sinfónica la música de banda pero sí escogió la «Sinfonía sevillana» de Turina para ponerle imágenes. ¿Se siente un poco hijo de Guerín?

-Sí, claro. Uno, consciente o inconscientemente, es producto de su cultura, que va almacenando. Yo conocí a Guerín recién entrado yo en televisión. Nunca rodé con él. Hizo piezas extraordinarias.

-¿No es como si la estética de Sevilla se mantuviera en tono menor esperando que llegue alguien a hacerla sinfónica?

-Sí. Es que una ciudad como Sevilla pide sinfonía, porque el rincón más pequeño de Sevilla, el aparentemente más insignificante, a mí me produce una cantidad de emociones tan diferentes... Eso es una sinfonía, una conjunción de muchos instrumentos. Es una ciudad con mucha historia, y en general bien llevada por la gente.

Inmovilidad y novedades

-¿Es poco aventurero el sevillano, o tal vez es que sea un poco cobarde?

-La propia inmovilidad le hace estar menos preparado para afrontar las novedades y los riesgos. Está muy acostumbrado a vivir en el útero materno de Sevilla, y es como si un niño hubiese vivido siempre debajo de las faldas de su madre. Pero Sevilla ha sido también siempre una ciudad muy cargada de institucionalidad o de aparatos burocráticos públicos. Parece que aquí lo importante es ser fijo de cualquier consejería, cualquier organismo porque eso te garantiza la vida sin sobresaltos. La vida ya cada vez es menos eso. Hay muy poca gente que sí se está moviendo, y hay muy mala coordinación entre ellos. Yo invito a mucha gente a comer a mi casa. Salgo lo menos que puedo a los restaurantes. A mí me gusta cocinar. Cuando yo vivía en Nueva York o en Londres lo hacía siempre. Aquí la gente se extraña mucho. La gente se conecta poco. Me parece que es la propia ciudad la que lo impide. Es un hecho.

-Ahora que está echando muchos vistazos a Andalucía a vista no de pájaro sino de águila, ¿está comprobando que Sevilla se ha desparramado por el resto de la geografía regional?

-La influencia de la plástica de Sevilla en Andalucía es total. Te pongo un ejemplo clarísimo de mi pueblo: En Antequera proliferan ahora las casas almagre con cenefa amarilla. Yo no las había visto allí en mi vida. La forma de ser sevillana ha calado mucho. Una vez que los medios de comunicación lo hacen más popular es mucho más atractivo, a simple vista, a priori, desde fuera, la forma de hablar de un sevillano o un gaditano que de un granadino. O si quieres, pon que uno del oriente. Si eso lo trasladas a la estética de una ciudad, la influencia de Sevilla es extraordinaria. Hay otras cosas, ahora que las estoy viendo desde el aire, que son un poco tremendas. Estás viendo los núcleos, bellísimos, de las ciudades. Después de haber rodado 250 ciudades, yo he descubierto cosas extraordinarias de Andalucía, pueblos impresionantes. ¿Cómo no sentirse orgulloso de ser andaluz, sin chovinismo? Pero están creciendo como una especie de hileras adosadas tremendas, que son las construcciones de finales del siglo XIX en el norte frío de Inglaterra. Esas hileras de casitas adosadas que subían por la colinas inglesas. Eso se ha reproducido aquí, el adosado lineal. Es un urbanismo extremadamente agresivo. Es tremendo verlo desde el aire, sobre todo porque es una copia de algo que ya no se hace en el lugar de origen. Las están tirando de tres en tres. Sí es verdad que ves todo mucho más limpio y pulcro, pero urbanísticamente no hay una planificación seria, no estamos bebiendo en las fuentes en que hemos bebido durante muchos siglos. Las hemos cambiado demasiado rápido y en general por personas no demasiado preparadas.

-Ahí también hay, pues, una influencia de Sevilla, perversa en este caso.

-Totalmente. Es el Aljarafe. Yo te enseño el Aljarafe volado y dices «no puede ser». Un sitio que es la atalaya de Sevilla.Con la posibilidad que el Aljarafe tenía para crear sitios de una belleza extraordinaria, sin tantísima especulación del suelo, con esas carencias.
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