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Tauromaquia y religión

Actualizado 30/04/2004 - 02:03:36

Se ha puesto muchas veces de manifiesto la relación que ha existido entre fiestas de toros y religiosidad popular. Somos de la opinión que esa proximidad tuvo su origen en épocas muy antiguas de la historia de nuestra sociedad. Quizá el primero en darse cuenta de ella fuera San Isidoro de Sevilla puesto que en sus «Etimologías» condenó la inclinación que demostraban los jóvenes de la Bética en jugarse la vida lidiando toros en los anfiteatros sin razón alguna y sólo por ganar, ante la sociedad y sobre todo antes las mujeres, fama de hombres valientes. Sin embargo, en el hecho mismo de que, en algunas ocasiones, murieran en el intento, hacía pensar a San Isidoro que estos jóvenes, con su aventura, prolongaban la pagana dimensión sacrificial que tenían los juegos romanos. Así, no sólo corrían el riesgo físico que se deducía de los cuernos de los toros salvajes sino que rescataban y proyectaban sobre el presente una actitud religiosa de dudosa ortodoxia capaz de amenazar la integridad cristiana de sus almas.

Siglos después, el padre jesuita Juan de Mariana en su «Tratado sobre los Juegos» volvía a llamar la atención acerca de la arcaica dimensión sacrificial de los «gladiadores», de los «espadas» que se enfrentaban a fieras salvajes, entre ellas, a toros bravos. La actitud crítica, frente a las supervivencias paganas, que desarrollaron los teólogos tridentinos no fue ajena a las severas prohibiciones con que los Papas del Renacimiento anatemizaron, ya se sabe sin éxito, nuestras fiestas de toros. Quizás uno de los momentos más espectaculares de estas prohibiciones lo protagonizara en Sevilla, en el año 1592, el cardenal don Rodrigo de Castro. En el programa de fiestas con que la Archidiócesis de Sevilla celebraba ese año el Santo Jubileo se incluyó, con gran satisfacción de los sevillanos, una corrida de toros. El cardenal, considerando que la corrida de toros era una impiedad puso en entredicho a las autoridades del Estado amenazándolas de excomunión. La presión popular fue tan grande que las fiestas se celebraron: «Los tablados están llenos/ de gente, que más no cabe/ y más de mil quitasoles defienden del sol que arde», cantaba un romance que se hizo eco de tan escandalosa función. Días después, arrepentidos los oidores, fueron a palacio a pedirle perdón y absolución al bondadoso cardenal que los absolvió exhortándolos a que en adelante... ¡no celebraran corridas de toros en fiestas de guardar!

A partir de entonces no sólo la sociedad civil sino la Iglesia festejó con toros beatificaciones, canonizaciones y festividades patronales. Lógicamente, si esto ocurría entre instituciones y pueblo, la aproximación se produjo, asimismo, individualmente y las gentes deltoro, desde entonces hasta ahora, ha desarrollando una religiosidad teñida de un acento tan particular como que hunde sus raíces en experiencias religiosas muy arcaicas.
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