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Culturetas y politrólogos

Actualizado 30/11/2003 - 02:44:30
Uno de los agravios más divertidos y venenosos que circulan por ahí es la voz «cultureta», palabro que supone una burla y un menosprecio. Un cultureta, por ejemplo, puede ser un niño que lee mucho y por lo tanto se convierte en la víctima favorita de sus compañeros. Cultureta es también quien propone en vano películas, exposiciones y lecturas a sus compañeros de estudios o trabajo. Cultureta es -por supuesto- el mote que reciben todos los periodistas que se ocupan de los temas culturales dentro de cualquier redacción. Y cultureta es, finalmente, alguien incómodo para el poder y especialmente para los «politrólogos».
El politrólogo asesora o escribe sobre política con la misma intensidad que el cultureta escribe o asesora sobre cultura, pues ambos son «intensos» en el mismo sentido semántico que el hablante intuye y la Real Academia ningunea. Si el cultureta presume de lecturas el politrólogo presume de rumores; si el cultureta sabe lo que un artista no quiso expresar, el politrólogo sabe lo que un político no pudo decir; si el cultureta interpreta todo en clave cultural, el politrólogo lo interpretará siempre en clave política. En fin, que el cultureta lee y visita exposiciones, mientras que el politrólogo sólo asiste a presentaciones e inauguraciones.
El cultureta no es un impostor de la cultura, aunque tal persuasión haya ganado adeptos. Siempre han existido en nuestra lengua definiciones para quienes van de cultos sin serlo, y Quevedo acuñó unas pocas en «La culta latiniparla», aquella sátira deliciosa donde se burlaba de la cultería de los culteranos que cultiparlan cultedades. Así, el primer diccionario español -el «Diccionario de Autoridades» (1726)- reconoce la siguiente voz: «CULTIPICAÑO. El que habla culto con afectación y juntamente es bellaco». Pero un cultureta no es cultipicaño aunque juntamente sea bellaco, porque ser cultureta -desde el punto de vista de los politrólogos- supone una dedicación exclusiva a temas intrascendentes, elitistas y carísimos.
Al politrólogo le irritan los culturetas porque sabe que los políticos son incultos y sospecha que un cultureta avispado puede llegar a ser más influyente que un politrólogo. Por eso el politrólogo desconfiará siempre del entorno cultureta de los políticos y recomendará desechar cualquier iniciativa cultural que carezca de rentabilidad política, adobando sus argumentos con frases entresacadas de algún diccionario de citas. Y como la política es un quehacer patético, los asesores de los políticos son politrólogos, pero los asesores de los politrólogos son culturetas.
Cada vez que veo la foto de un político al lado de un novelista o un intelectual prestigioso, podría jurar que el cultureta que organizó la visita ni siquiera fue invitado a la cena oficial, minuciosamente planeada por el politrólogo de turno, quien siempre llevará una edición zarrapastrosa recién adquirida en una librería de viejo para que se la dedique ese escritor impresentable que sólo quiere saber por qué su amigo cultureta no ha sido invitado. El cultureta a veces envidia al politrólogo, sin saber que el politrólogo le tiene unos celos africanos.
Por lo tanto, cultureta es un concepto que nada tiene que ver con la cultura sino con la política, pues viene a ser un sustantivo despectivo acuñado por quienes pululan alrededor del poder, asesorando, escribiendo, analizando y trapicheando. Eso sí, un matrimonio dura y se quiere para siempre cuando ella es cultureta y él un politrólogo. De las otras combinaciones mejor ni hablemos.
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