Sevilla

Hemeroteca > 30/12/2002 > 

Los dioses secuestrados

Los Jardines de las Delicias de Arjona constituyen el mejor ejemplo de jardín romántico sevillano. En 1864 fueenriquecido con las estatuas dieciochescas procedentes del palacio Arzobispal de Umbrete,pero hoy este conjunto escultórico, único en la ciudad, se encuentra casi totalmente expoliado

Actualizado 30/12/2002 - 01:54:08
Imagen del Salón Alto en la actualidad, en la que se aprecia sólo los pedestales de las figuras mitológicas.  ROCÍO RUZ
Imagen del Salón Alto en la actualidad, en la que se aprecia sólo los pedestales de las figuras mitológicas. ROCÍO RUZ
SEVILLA. El romanticismo dio a Sevilla un jardín que era la admiración de los viajeros. Se llamaba -se llama- las Delicias de Arjona, en honor del asistente que lo creó en 1830, confiando su trazado al arquitecto Melchor Cano, el autor del demolido mercado de la Encarnación, hoy yacimiento arqueológico. Tenía -tiene- este jardín el aire doméstico de haber pertenecido a un palacio ribereño que nunca existió, aunque abierto a la brisa, sin muros y sin vallas. El jardín creció y evolucionó con elegancia y se hizo rococó en 1864 porque alguien tuvo el acierto de hermosearlo con las figuras dieciochescas procedentes del palacio arzobispal de Umbrete, las que el prelado Francisco de Solís mandó labrar para el gozo mitológico de sus retiros veraniegos.
Jardín mitológico
El jardín fue tomado por los dioses griegos y aparecieron Mercurio, Juno, Apolo, Marte, Venus, Pan... graciosamente elevados sobre unos pedestales que algunos atribuyen al portugués Cayetano de Acosta, el de las rocallas. Estos dioses habían hecho escala anteriormente en la Plaza del Museo donde descansaron un tiempo, pero acabaron valorando más la libertad de un parque junto al río que la monótona visión de la neoclásica fachada del ex convento de la Merced. Con ellos se vino también el regordete niño Neptuno, pese a que ocupaba el lugar más céntrico de la plaza. Mucho disfrutaron estos dioses, tan respetables como respetados, al ver que los paseantes disfrutaban también de verlos gozar, muy libres en unos jardines públicos que siempre tuvieron la privacidad que cada sevillano supo concederle. Al otro lado se desbordaba el verde de otros jardines más frondosos pero aún privados.
Las Delicias Viejas o las Delicias de Arjona eran las más coquetas de Sevilla. Teresa Lafita ha estudiado sus rotondas, glorietas y senderos de albero y sabe que este parque siguió enriqueciéndose posteriormente, primero con la reforma de 1916, cuando se construye la fuente-estanque que lleva el escudo de los Reyes Católicos, luego con el busto que el Ateneo dedicó a Sorolla, firmado por José Capuz y erigido en 1924; y finalmente, con la colocación,por iniciativa de Antonio Sancho Corbacho, de tres grandes esculturas que formaron parte de la plaza de los Conquistadores durante la Exposición Iberoamericana de 1929: Iberia, de Francisco Marco Díaz Pintado, el Río Español, de Agustín Sánchez Cid y el Río Americano, de José Lafita Díaz.
El jardín de enfrente dejó de ser segunda corte y, pese la decepción inicial de d´Ors, que siempre prefirió el verjel oculto del Alcázar, el público se volcó con los aciertos de Forestier, y las Delicias pasó a un segundo plano más imaginario que real.
La afición de trocear
El arrayán, el jazmín, la madreselva, las flores de cuido, todo en perfecta armonía con los habitantes de piedra. pero llegó un momento en que la vigilancia no fue suficiente (de esto hace más de treinta años), se aligeró el descuido, se olvidó la mitología y casi nadie sabía ya quién era Arjona, hasta resbalarse el asistente del título: jardines de las Delicias. Había nacido un nuevo ente contagioso: el triturador de piedras artísticas. Trocearon las estatuas: primero una nariz, como las estatuas romanas, luego un par dedos, luego parte del cabello, después las piernas. Trituraron sin engullir, durante años. Lo que iba quedando de las esculturas sirvió de fondo para los aprendices del arte del graffitti, hasta que la mente evolucionó al mercantilismo y no hubo, por el tamaño, mucha dificultad en robar lo que a todos pertenecía, violando esa secreta privacidad que siempre tuvo el paseante.
Nos cuentan que algún resto del acervo del palacio de Umbrete está a salvo en los almacenes municipales, donde nadie sabe lo que hay, y que hasta las copias que luego pusieron en las Delicias (como sucedió en los jardines del Archivo de Indias) fueron de nuevo saqueadas.
Han quedado los pedestales de estilo rococó pero ni los dioses ni sus réplicas han vuelto.
Ahora, cuando ya no queda casi nada, se habla de una gran jaula verde de tubos huecos como la del Paseo de Catalina de Ribera. Y se privatizará lo que era público y mentalmente privado porque hay afición a trocear y forzar las cosas de su sitio para el goce egoista.
Proteger lo que no existe
Cuando, en 1980, por fin se incoan estos jardines para su preservación, aún se estaba casi a tiempo de ejercer una verdadera tutela de un patrimonio romántico exquisitamente raro por estas tierras. Han pasado 22 años y ya no queda casi nada, aunque es verdad que acaba de inaugurarse la restauración de la glorieta de Haití, que no tardará en ser visitada por los depredadores. Han sido 22 años de depredación y los despojos pétreos del jardín aún no están protegidos. La Dirección General de Bienes Culturales sigue atascada, sin resoluciones y sin facilitar las actas de la Comisión de Patrimonio. Dicen que habrá que llevar al responsable de la Casa de Miguel Mañara algún que otro despojo pétreo -como hicieron con los de la Casa de Pumarejo-, para que la declaración de jardín histórico tenga algún sentido. Sin embargo, siguen llegando más noticias y la más optimista es que el nuevo B.I.C. está al caer, mientras se baraja en algún sitio la posibilidad de que los jardines públicos de enfrente, de lo que fue segunda corte, queden desafectados del B.I.C. que los protege, para que pueda construirse el aparcamiento, para el pabellón de cristal en el medio.
La ciudad no ha sabido cuidar de las dos grandes aportaciones del asistente Arjona: los jardines de Cristina y éstos de las Delicias. De los primeros dijo Gautier que era «un soberbio paseo a orillas del Guadalquivir»; y de los segundos Robert Dundas Murray, que estuvo en Sevilla a mediados del siglo XIX, dejó escrito que «es un mundo de ensueños que hace honor a su nombre».
Búsquedas relacionadas
  • Compartir
  • mas
  • Imprimir
publicidad
PUBLICIDAD
Lo ?ltimo...

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.