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Segunda Guerra MundialLa debacle de los tanques aliados en la 'Carretera del infierno': la última victoria nazi de la Segunda Guerra Mundial

El 17 de septiembre de 1944 empezó Market Garden, una arriesgada operación ideada por Bernard Montgomery para llegar hasta Berlín y poner fin a la contienda. Todo acabó en desastre

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Septiembre de 1944 fue, en principio, un mes dulce para el ejército Aliado. Por un lado, el avance a través de Francia después del Desembarco de Normandía (acaecido el 6 de junio de 1944) se había hecho a buen ritmo tras aplastar las bolsas de resistencia germanas. Por otro, Berlín ya aparecía en el mapa como un objetivo plausible al que había que llegar cuanto antes. Solo faltaba saber quién sería el general que rompería las últimas defensas del Tercer Reich y pisaría a la capital nazi en primer lugar. En esta particular guerra había dos contendientes: el mariscal británico Bernard Montgomery y el general George Patton.

Fue el primero el que tomó la delantera orquestando una misión, «Market Garden», cuyo objetivo era tomar Alemania a través de Holanda utilizando como punta de lanza a las unidades aerotransportadas inglesas.

Por desgracia, el resultado no pudo ser peor. La operación, iniciada el 17 de septiembre de 1944 (hace ya 75 años) se saldó con más de 17.000 bajas y aniquiló virtualmente a la 1ª División Aerotransportada Británica (parte de los valientes «Red Devils») en el «lejano puente» de Arnhem. Tampoco evitaron la debacle los blindados del XXX Cuerpo de Ejército, cuyo objetivo era recorrer unos cien kilómetros para reforzar las posiciones avanzadas de los paracaidistas lanzados en primera línea. Los cientos y cientos de vehículos que debían reforzar a los Diablos Rojos se vieron obligados a avanzar a través de una estrecha vía de apenas dos carriles que no tardó en hacerse intransitable debido a la artillería germana, a los restos de tanques destruidos y -entre otras tantas cosas- a los insistentes contraataques nazis. El día 25 la misión terminó en una derrota estrepitosa. La última gran victoria de Hitler en la Segunda Guerra Mundial.

Market y Garden

Ideado por el mariscal británico Bernard Montgomery (de mentalidad defensiva hasta entonces), el plan era arriesgado. Para ser más concretos, en la primera parte («Market») los paracaidistas americanos, británicos y polacos se lanzarían en un gigantesco asalto aéreo sobre los Países Bajos con la misión de conquistar y mantener los puentes ubicados sobre los ríos Mosa, Waal y Nederrijn. La segunda («Garden») sería llevada a cabo por las fuerzas acorazadas del XXX Cuerpo de Ejército, que deberían avanzar a toda prisa desde las cercanías de Eindhoven y enlazar y reforzar, tras casi un centenar de kilómetros de carrera contra el tiempo, a sus compañeros

El objetivo último era el puente Arnhem, la punta de flecha de la misión. La responsabilidad de conquistarlo y mantenerlo la tuvieron, en su mayoría, los «Red Devils» (los «Diablos Rojos», apodo que recibían los aerotransportados británicos debido a sus características boinas de este color).

«Fue una locura. No creo que pudiesen haber tomado Arnhem. Cualquier oficial que hubiese elegido esta ruta habría fracasado»

Según explicó el historiador Antony Beevor a ABC tras publicar «La batalla por los puentes» (su obra magna sobre «Market Garden») la operación era, en la práctica, «un suicidio» orquestado por un Montgomery eufórico y convencido de que, tras la debacle en Falaise del ejército germano, las tropas teutonas estaban al borde del colapso. En palabras del experto británico, la catástrofe se fraguó en estos primeros compases por culpa del mariscal. «Montgomery era obsesivo y quería gestionar hasta el más mínimo detalle de todas las operaciones. El desastre surgió porque no quiso planificar la misión junto al comandante del Primer Ejército Aerotransportado Aliado. Eisenhower se lo había ordenado para evitar el caos que se había producido en otros teatros de operaciones como Sicilia, pero él se negó y se empeñó en imponer su plan», añadía.

Montgomery
Montgomery

Por si fuera poco, Montgomery «quería ser el comandante de la operación que iba a cruzar el Rin por primera vez» y estaba obsesionado con que, en Europa, «le vieran como el líder de la invasión de Alemania para la gloria del ejército británico y para la suya misma».

La enfermedad que, según Beevor, padecía el mariscal ( Síndrome de Asperger) terminaría de clavar la tapa del ataúd de miles de soldados. La «visión de túnel» le hizo obviar las opiniones discordantes de aquellos que veían aquello como una locura y, con el beneplácito tácito de un Ike Eisenhower que había delegado en él la organización del operativo, hizo y deshizo a su gusto.

Ahora, siete décadas y media después del comienzo de la operación, podría parecer que la tarea más ardua era la de los míticos «Red Devils», encargados de defender el puente de Arnhem. Sin embargo, y siempre en palabras de Beevor, la de los refuerzos mecanizados no era más sencilla. «Las posibilidades de llegar a Arnhem eran escasas. Para empezar, solo había una carretera para llegar hasta el puente [la “autopista al infierno”], y eso le daba gran facilidad a los alemanes para tender emboscadas. Además, el XXX Cuerpo de Ejército debía apoyarse en otros dos, pero estos se retrasaron y dejaron a los blindados solos. Fue una locura. No creo que pudiesen haber tomado Arnhem. Cualquier oficial que hubiese elegido esta ruta habría fracasado porque era muy fácil de defender», explicaba a ABC.

Cabeza de la invasión

El asalto comenzó el 17 de septiembre, día en el que más de un millar de aviones bombardearon hasta la saciedad los aeródromos y las posiciones artilleras germanas presentes en el sur de Holanda. Después de que miles de explosivos llovieran sobre las cabezas de los nazis, le tocó el turno a los paracaidistas.

La Aerotransportada británica fue lanzada sobre la ciudad de Arnhem (en Güeldres). Aunque su aterrizaje no pudo ser más desastroso (pues los alemanes destruyeron varios de los planeadores de madera Horsa en los que eran arrojados) a media tarde establecieron un perímetro defensivo al oeste de la zona y, posteriormente, avanzaron hasta el puente de Arnhem (sobre el Rhin) que daba entrada al pueblo. Hasta él solo llegó el segundo batallón de los apodados «Red Devils», mientras que el primero y el tercero fueron detenidos por los defensores nazis.

Los británicos tendrían poco tiempo de descanso pues, como señala el historiador Max Hastings en su obra «Armagedon», el caos de los nazis tras el ataque se terminó tornando en un contraataque sumamente organizado que terminaría pasando por encima, y como una apisonadora, a los ingleses. A pesar de todo, a partir del día 18 los escasos militares que pudieron establecerse en el puente lograron resistir múltiples embestidas de las SS a base de granada, fusil y ametralladora. Siempre esperando unos refuerzos que les ayudaran a expulsar de allí a los germanos.

Apoyo blindado

Mientras los aerotransportados británicos despegaban hacia el puente de Arnhem, el XXX Cuerpo inició su particular carrera a eso de las dos y media de la tarde. El oficial al mando, Brian Gwynne Horrocks, sabía a lo que se atenían sus hombres. Por ello, no dudó en hacer alguna chanza para tratar de calmarles: «La próxima operación os proporcionará material suficiente para aburrir a vuestros nietos el resto de vuestra vida». El 17 de septiembre, sus hombres partieron con órdenes de recorrer los kilómetros que les separaban de los «Red Devils».

«La División Acorazada de la Guardia, respaldada por catorce regimientos de artillería y varios escuadrones de Typhoon equipados con lanzacohetes, rompería las líneas alemanas hacia el norte. Luego proseguiría su avance a lo largo de 103 kilómetros por una única carretera», explica Beevor en su obra.

El XXX Cuerpo, durante su avance hacia Arnhem
El XXX Cuerpo, durante su avance hacia Arnhem

Hay que decir que, a pesar de lo arriesgado de la operación, el XXX Cuerpo de Ejército iba preparado para cualquier eventualidad. Para empezar, una de las unidades que lo reforzaban (la 43º División) cargaba multitud de botes y pontones; material necesario para superar cualquiera de los siete obstáculos fluviales que debían atravesar en su camino hacia Arnhem. Aunque, sobre el papel. los paracaidistas estadounidenses debían asegurar los puentes ubicados sobre estos ríos y dársenas, sabían que la posibilidad de que fueran volados era alta, así que cualquier precaución era poca.

El primer objetivo del convoy era llegar hasta Eindhoven, el punto de partida desde el que se extendería la «alfombra de tropas aerotransportadas», como la definió el propio Horrocks, que debía allanar su camino hacia la avanzadilla británica.

Carretera al infierno

Ni unos ni otros sabían donde se estaban metiendo. La 101ª División Aerotransportada fue la primera en sufrir las decisiones de Monty cuando, a primera hora del día 17, tuvo que enfrentarse a las tropas alemanas que defendían Eindhoven. Las míticas «Águilas aulladoras» se vieron obligadas a cargar a bayoneta calada contra varios cañones germanos que podían acabar con los blindados del XXX Cuerpo sin siquiera sudar. Por si fuera poco, vieron con desesperación como los defensores volaban por los aires el puente de Son, por el que debían cruzar los carros de combate que estaban por llegar. La 82ª División Aerotransportada tuvo mucha más suerte y, esta primera jornada, se hizo con el paso del pueblo de Grave (unos 50 kilómetros al norte).

Esta jornada, a su vez, los dos cuerpos que debían proteger los flancos de la columna principal no avanzaron al mismo ritmo que la columna, lo que provocó todavía más retrasos. Tampoco ayudó que la población local, llena de júbilo por la llegada de los aliados, detuviera el convoy cada pocos metros para abrazar a los soldados y agradecerles su lucha contra el Tercer Reich. El retraso empezó a ser sangrante. Mal empezaban las cosas.

Avance del XXX Cuerpo de Ejército a través de Holanda
Avance del XXX Cuerpo de Ejército a través de Holanda

Cuando la vanguardia del XXX Cuerpo arribó hasta Son, los ingenieros se vieron obligados a levantar un paso de pontones para cruzar. En un intento de solventar este contratiempo a toda prisa, la columna quiso cruzar el río a través de un puente cercano (el de Guillermina), pero la resistencia alemana lo hizo imposible.

A partir de entonces se generó un atasco de vehículos que se reproduciría durante todo el camino y que convirtió al convoy en un blanco perfecto para la artillería enemiga. La estrechez de la carretera (apenas dos carriles), la imposibilidad de las tropas aerotransportadas de establecer un perímetro defensivo alrededor de los carros de combate por la escasez de armamento pesado y, finalmente, los continuos intentos teutones de atacar los flancos de la hilera de vehículos convirtieron el trayecto en un auténtica pesadilla. No en vano, los hombres de la 101ª División bautizaron aquello como «Carretera al infierno».

Un puente muy lejano

El 19 de septiembre, el XXX Cuerpo de Ejército puso rumbo hacia su siguiente objetivo: Grave. Por enésima vez, el avance fue imposible debido a la férrea resistencia germana sobre el paso del río Vaal. Para tomar el puente, el general Gavin (de la 82ª División Aerotransportada) ordenó a parte de sus hombres que cruzaran aquella corriente de agua mediante barcas y cazaran a los nazis entre dos fuegos. «Era una misión suicida», afirmó uno de los «paracas» que protagonizaron aquel asalto tras la Segunda Guerra Mundial. No le faltaba razón.

Los defensores se percataron de la trampa y no tardaron en abrir fuego contra las improvisadas chalupas de los norteamericanos. Fue una verdadera masacre digna de la «Carretera al infierno». Cerca del 60% de los involucrados do causaron baja. Con todo, cargaron a través de las balas y -con ayuda de unos explosivos que no estallaron- mantuvieron el paso intacto.

El puente de Arnhem
El puente de Arnhem

Aquella fue la buena noticia de una misión condenada al fracaso. Y es que, durante el avance, el convoy se vio ralentizado de forma constante por los ataques de los blindados y la artillería alemana. La dificultad no solo era acabar con los tanques nazis o evitar los obuses, sino esquivar los restos de los vehículos calcinados que se amontonaban en los dos carriles de la carretera tras ser destruidos.

Al amanecer del 20 de septiembre se asumió que era imposible reforzar a los «Red Devils». Aunque el XXX Cuerpo se hallaba a 20 kilómetros de su objetivo (una distancia que un coche apenas tarda veinte minutos en recorrer) los continuos asaltos germanos para cortar la carretera y la imposibilidad de hacerse de forma rauda con los puentes condenó al convoy. Los 740 paracaidistas ingleses de Arnhem, mientras, acometían una labor que tendría que haber llevado a cabo una división entera.

Presos británicos tras la toma del puente
Presos británicos tras la toma del puente

La resistencia de los paracaidistas ante las SS (en cuyas filas destacaba la 2ª División Panzer) terminó el día 25 de septiembre, después de que los germanos barrieran a los británicos y polacos hasta la extenuación a base de infantería y morteros. Esa misma jornada, después de que hubiera quedado patente que era casi imposible reforzar a los «Red Devils» por tierra debido a la tenaz resistencia germana, se ordenó a la 1ª División la retirada. Esta no pudo ser más desastrosa, pues el fuego nazi sobre el puente impidió que la totalidad de la unidad se marchase (lo que obligó a unos 300 ingleses a rendirse).

El asalto terminó con casi 7.000 miembros de este grupo hechos presos y unos 1.500 fallecidos. «Las cifras de bajas de la 1ª División Aerotransportada duplicaron en conjunto a las de la 82 y la 101. Sin embargo, fue la última derrota [en la zona]», señala el historiador Andrew Roberts en «La tormenta de la guerra».