Cuadro de Edwin Landseer titulado «Man Proposes, God Disposes» (1864)
Cuadro de Edwin Landseer titulado «Man Proposes, God Disposes» (1864)

Misterio y osos hambrientos en la expedición perdida al Ártico: la intrahistoria de un cuadro maldito

Según una leyenda sobre la pintura «El hombre propone y Dios dispone», un alumno que estaba sentado frente a él se suicidó clavándose dos lápices en los ojos porque, según dejó escrito en su examen, «los osos polares me obligaron a hacerlo»

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Resulta difícil determinar si es la estética del cuadro «El hombre propone y Dios dispone» («Man Proposes, God Disposes») o la historia en la que se basa lo que pone los pelos de punta a quien lo contempla. En la pintura de Edwin Landseer, un oso polar sostiene un hueso humano con deleite entre sus colmillos, mientras que otra criatura se entretiene en arrancar una tela empapada de sangre. En la historia real en la que se inspira el lienzo, el capitán sir John Franklin y los 128 miembros de su tripulación murieron atrapados en el hielo del ártico canadiense intoxicados por el plomo, hambrientos incluso tras recurrir al canibalismo y, lo que aún más claro, con todo rasgo de humanidad congelado.

En 1864, el reconocido pintor británico Edwin Henry Landseer se atrevió a imaginar un final para la expedición de John Franklin al Ártico, cuyo devenir seguía siendo un misterio. El 19 de mayo de 1845, los buques HMS Erebus y HMS Terror partieron desde el puerto británico de Greenhithe en busca del Paso del Noroeste, un enlace más rápido entre el Atlántico y el Pacífico en pleno Océano Ártico que permitiese a los navegantes una mayor celeridad en sus viajes entre Europa y Asia. Sin embargo, los 129 hombres de la guarnición acabaron atrapados en la peor de las pesadillas. Encallados en el Estrecho Victoria, en la zona más fría de Canadá y menos compatible con la vida humana, desapareció su rastro.

Un siniestro festín

Ni cuando Edwin Landseer pintó su cuadro ni hoy en día se sabe con certeza qué le ocurrió exactamente a la expedición. Presionado por la esposa de Franklin, el Almirantazgo incentivó la búsqueda de respuestas y del lugar exacto de la desaparición. Hasta once buques británicos y dos estadounidenses buscaron su rastro, que no fue sino la tumba de varios tripulantes, objetos de los fallecidos y, de boca de los inuits, una reconstrucción aproximada de lo que pudo ocurrir tras encallar. Neumonía, tuberculosis, envenenamiento por plomo, hambre y escorbuto, dejaron pronto paso a la congelación, la lucha entre los mismos miembros de la expedición y un festín de carne para los osos polares.

Retrato de Sir John Franklin
Retrato de Sir John Franklin

Edwin Landseer pintó su lienzo cuando estos macabros detalles se empezaban a conocer, lo cual le condenó a las críticas de la impresionable sociedad pintoriana, que prefería imaginar un final más honorable. Ver una estampa tan salvaje hizo al crítico y escritor William Michael Rossetti lamentarse de ver el «más triste disjecta membra (una expresión para hablar de fragmentos dispersos de una poesía o una obra artística)» de aquella aventura, mientras la viuda de Franklin rehusó acudir a la inauguración ante aquella imagen tétrica. No faltaron los que incluso se preguntaron si Landseer, conocido por sus pinturas de perros nobles, se había desquiciado con la compañía de tantos animales. Tampoco ayudaba a templar los nervios de los espectadores el título, «El hombre propone y Dios dispone», una frase procedente del dicho latino «Homo proponit, sed Deus disponit» creada por un clérigo alemán del siglo XV.

A nivel artístico, sin embargo, «El hombre propone y Dios dispone» atrajo buenas respuestas. El periódico «The Art Journal» destacó en esas fechas la obra por su «poesía, patetismo y terror» y por su «grandeza trágica»; «The Saturday Review», por su parte, elogió su «sublimidad de sentimiento».

El mito del suicidio provocado por los osos

Thomas Holloway (1800-1883), fundador de un colegio femenino hoy vinculado a la Universidad de Londres, se enamoró tanto de la pintura que la compró por 6.615 libras (la suma más alta jamás pagada hasta entonces en una subasta por una obra de un artista contemporáneo) para decorar junto a su espléndida colección de 77 pinturas esta institución educativa dirigida a las mujeres. Unos osos devorando carne humana tal vez era la imagen que menos cabía imaginar en aquel periodo en un centro dirigido a mujeres jóvenes, si bien Holloway era conocido por hacer ese tipo de funambulismo con las reglas sociales. A su muerte, se descubrió entre sus efectos que este filántropo coleccionaba recortes de periódicos sobre la fallida colección al Ártico. Era para él una obsesión.

Retrato de Landseer
Retrato de Landseer

El destino actual de la obra sigue en el Royal Holloway, donde sus estudiantes la han elevado a una de las obras malditas de la pintura universal. Según una leyenda urbana que se cuentan unos estudiantes a otros, un alumno que estaba sentado frente a él en los años 20 se suicidó clavándose dos lápices en los ojos porque, según dejó escrito en su examen, «los osos polares me obligaron a hacerlo». No en vano, los archivos de la universidad niegan que pasara nada parecido.

En la década de 1970, el pánico provocado por esta leyenda alcanzó su punto álgido cuando un estudiante se negó a estar sentado cerca del cuadro durante un examen. En aquella ocasión, los responsables de vigilar el examen improvisaron algo con lo que tapar a los hambrientos osos durante la prueba. La tela resultó ser una bandera de Union Jack, que, desde entonces, ha tapado el cuadro cada año en la época de exámenes.