El cadáver de Manuel Pardiñas, autor de la muerte a tiros de José Canalejas Méndez - Marín / Vídeo: Asesinato y entierro de Canalejas

Las incógnitas no resueltas de la misteriosa muerte del asesino del presidente Canalejas en 1912

Estudios recientes demuestran que Manuel Pardiñas no pudo pegarse dos tiros en la cabeza después del magnicidio en plena Puerta del Sol, en 1912. Tampoco se aclararon nunca las razones exactas que le llevaron a cometer el crimen ni cómo se financió los viajes

Israel Viana
MadridActualizado:

El magnicidio se produjo el 12 de noviembre de 1912, en una época muy diferente a la actual en la que los presidentes del Gobierno podían desplazarse por las calles de Madrid sin levantar mucho revuelo. Los mandatarios no eran seguidos por una comitiva de más de veinte vehículos y un dispositivo de seguridad inmenso. Por eso aquella mañana José Canalejas caminaba tranquilamente hacia el Ministerio de la Gobernación para acudir al Consejo de Ministros, como habitualmente, seguido simplemente a cierta distancia por los tres agentes encargados de su seguridad: Eduardo Borrego, José Martínez y Demetrio Benavides.

[ Portada de ABC del asesinato de Canalejas en 1912]

Reconstrucción del asesinato
Reconstrucción del asesinato

A las 11.25, el presidente se detuvo frente a la librería San Martín, situada en la céntrica Puerta del Sol, esquina con la calle Carretas, a ojear algunos libros que había visto en el escaparate. «En aquel momento, un hombre de aspecto joven que vestía zamarra clara, pantalón azul marino y que llevaba un sombrero flexible de color negro, se acercó al presidente. A continuación, casi apoyándose en su hombro, le hizo un disparo con una pistola Browning. El criminal hizo un segundo disparo y, al ver que el señor Canalejas ya había caído al suelo y que la gente se arremolinaba a su alrededor, trato de huir», contaba ABC al día siguiente.

Según los tres agentes, al detenerse Canalejas en el escaparate de la librería, el atacante se acercó «velozmente» al presidente, que en ese momento se hallaba rodeado de un pequeño grupo de personas, y apoyó la mano en su hombro para dispararle en la cabeza desde cerca. La autopsia determinó que una de las balas penetró por debajo del oído derecho, atravesó el bulbo raquídeo y salió por el oído izquierdo, lo que llevó al presidente a echarse las manos a la cara antes de caer desplomado. Ocurrió tan rápido que ninguno de los tres policías pudo evitarlo, dijeron. Borrego contó después que se abalanzó sobre el asesino y le propinó un bastonazo en la cabeza. Este, supuestamente, cayó al suelo disparando sobre el agente, pero no dio en el blanco. Pero, ¿en qué hombro se apoyó? ¿Con qué mano hizo el disparo?

¿Se suicidó?

Ninguno de estos puntos se detalló en el informe posterior. Se trata de una de las primeras incógnitas que rodean a este crimen. Canalejas no fue ni el primero ni el último de los presidentes españoles asesinados. Juan Prim ya había sido acribillado en 1870, en una emboscada en la madrileña calle del Marqués de Cuba, y Cánovas del Castillo en 1897, cuando fue disparado en la cabeza en el balneario de Santa Águeda de Mondragón. A estos, se sumarían más tarde los magnicidios del presidente Eduardo Dato, en 1921, y el de Carrero Blanco a manos de ETA, en 1973, pero ninguno quedó tan poco esclarecido como este.

Portada de 1912 del asesinato de Canalejas
Portada de 1912 del asesinato de Canalejas - ABC

Su autor, cómo se supo inmediatamente, fue un anarquista nacido en El Grado (Huesca) de 26 años: Manuel Pardiñas. Nada más realizar los disparos y acabar con la vida de Canalejas –que se había reunido esa misma mañana con el Rey Alfonso XIII, en el Alcázar, y había pasado por su domicilio en la calle Huertas–, fue reducido a golpes por otro de los agentes que seguía al presidente. Cuando se percató de que no tenía escapatoria, tras refugiarse detrás de un coche en una parada cerca de la calle Carretas, el relato oficial dijo que se suicidó pegándose dos tiros en la cabeza. Contaban los testigos a este periódico que hizo una extraña pirueta, dio unos pasos y se derrumbó a unos cuatro metros de la acera.

Las únicas pertenencias que se le encontraron encima a Pardiñas eran el retrato de una mujer donde se leía «a mi inolvidable Manuel», un billete de 25 pesetas, un trozo del libro de Camile Flammarion «Astronomía Popular» y un ejemplar de ABC del día anterior. Ninguno de estos objetos dio muchos datos acerca de las intenciones o destino que esperaba encontrar el autor del crimen. Según comentaba en ABC el conocido periodista de sucesos Manuel Pérez Abellán hace tres años, el asesino no pudo suicidarse, tal y como cuentan los libros de historia. La razón es sencilla: ¿cómo pudo dispararse en la sien derecha y, a continuación, realizarse otro disparo en el lóbulo frontal izquierdo como indicaba la autopsia? «La imagen del gran fotoperiodista Marín, colaborador de ABC, de Pardiñas muerto colgado de la pared en el depósito judicial es una de las evidencias que más han aportado a este nuevo estudio de criminológica que provoca otro vuelco en uno de los grandes enigmas del crimen político», aseguraba Abellán.

Un trabajo de Antropología de la Universidad de Madrid publicado inmediatamente después del magnicidio, con el cual se intentó aclarar el ya confuso crimen, mencionaba una sola herida, la de la sien derecha. Sin embargo, se insertaba una foto diferente a la de Marín en la que se aprecian de forma inequívoca los dos agujeros de entrada de bala en la cabeza del cadáver. Esta es una de las pruebas más claras que demuestran que el atentado contra Canalejas fue sumido en la mayor manipulación y confusión desde el primer momento. Y nunca, hasta hoy, han sido aclarado del todo.

Hace tres años, el criminólogo Javier Durán hizo una serie de pruebas en una galería de tiro con el arma de la época de Pardiñas sobre cabezas de cerdo. Reprodujo las condiciones de los disparos y determinó que se hicieron a cañón tocante y que, por el lugar y la trayectoria, no pudo infligírselos el supuesto suicida. La razón es la misma: cualquiera de los dos disparos habría provocado su muerte inmediata. Tuvo que haber un tirador que lo ejecutara, así que no se suicidó, pero todo se preparó para que lo pareciera. Algunas versiones indicaron, además, que arrastraron a Pardiñas al interior de un portal y que no se disparó detrás de un coche de caballos como aseguraba la versión oficial.

Sea como fuere, la confusión de los hechos en el relato difundido es muy poco fiable. A esto hay que sumar el libro publicado por Franco bajo el seudónimo de «Jakim Boor», en el que acusaba a los masones. Y el cortometraje semidocumental aparecido pocos meses después, « Asesinato y entierro de don José Canalejas», en el que aparecía por primera vez, a los 26 años, el actor Pepe Isbert en la piel de Pardiñas. En este último, disponible en YouTube, cometen la ligereza de representar al homicida disparando por el lado derecho.

¿Las razones?

Nunca se aclararon tampoco las razones exactas que llevaron a Pardiñas, un decorador que había pasado largas temporadas en Buenos Aires, La Habana y Florida antes de regresar a España, a asesinar nada menos que a un presidente del Gobierno. La prensa dio diferentes hipótesis. La principal aseguraba que se había comprometido con otros anarquistas a asesinar al Rey Alfonso XIII, pero que, mientras le esperaba, vio a Canalejas solo y aparentemente indefenso. Entonces, cambió de opinión. Otras crónicas cuentan que el presidente había comentado hacía poco a un grupo de amigos que temía sufrir un atentado. Si esto fuera cierto, es de suponer que disponía de información suficiente al respecto como para descartar un asesinato casual.

José Canalejas, en 1910
José Canalejas, en 1910 - ABC

El hermano de Manuel Pardiñas, Agustín, de 20 años de edad, fue interrogado por la Policía y dijo que este no estaba afiliado a ninguna «secta», ni le oyó jamás expresarse en términos que hicieran sospechar que quisiera atentar contra el presidente ni ningún político. Sin embargo, según la investigaciones realizadas por Abellán un siglo después, el magnicida era un anarquista muy conocido cuya ficha antropométrica figuraba en los registros de la Policía. Asegura que el propio Alfonso XIII sabía su nombre y se sentía amenazado por él, a pesar de lo cual pudo estar al acecho tranquilamente en un bar próximo a la escena del crimen, muy cerca del Ministerio de Gobernación donde ese día se iba a celebrar el Consejo de Ministros.

Se cree que la Policía pudo seguir los pasos de Pardiñas en las semanas previas al asesinato. Incluso en el extranjero, en Burdeos, antes de llegar a España. ¿Cómo entonces pudo ocurrir que el asesino se moviera como Pedro por su casa por Sol y a escasos metros de la persona más importante del país? El mismo Rey Alfonso XIII fue a ver el cadáver de Canalejas al Ministerio de la Gobernación y le espetó al jefe de Policía: «¡Pues sí que han vigilado ustedes bien!». En la crónica de «El Heraldo», el periódico de Canalejas, se afirma que hubo un motín ciudadano por la negligencia policial los días siguientes al crimen.

Otro de las preguntas sin resolver fue: ¿cómo se financiaba Pardiñas los numerosos viajes que hizo a América, Estados Unidos, Cuba, Argentina, Francia y dentro de España siendo un simple decorador? La Policía aseguró que el asesino había recibido grandes cantidades de dinero durante el tiempo que estuvo en Florida y, ya en Europa, también de Tampa. Eso le permitió vivir holgadamente, viajar y comer en buenos restaurantes hasta su crimen.

«Han matado a Canalejas, ¡qué horror!»

Aquel 12 de noviembre de 1912, Madrid y España entera se levantaron sobresaltados con la terrible noticia. Un magnicidio en plena Puerta del Sol… no podían entenderlo. Y aún hoy es difícil explicárselo. «Han matado a Canalejas, ¡qué horror!», «¡esto no se puede tolerar! ¡Así no puede vivir un pueblo!» y «¡Pardiñas, qué infame! ¡Está bien muerto, pero debería morir mil veces más!», eran algunos de los testimonios recogidos por este periódico.

El día del entierro del presidente del Gobierno –una de las manifestaciones de duelo más grandes que se recuerdan en la historia de España–, ABC describía a José Canalejas como «un hombre bueno, fervoroso procurador de los humildes, indulgente con los extravíos populares, prudente y suave en las represiones. Había suprimido la pena de muerte y, de hecho, pretendía borrarla del código. Y ha sido asesinado alevosamente cuando caminaba indefenso y descuidado, amparándose en su notoria bondad».