Córdoba


miércoles 4 de marzo de 2015
Valoración:
IGNACIO CAMACHO
Ciudadanos ha abierto a los desencantados del PP una opción digna entre la abstención y el voto con la nariz tapada
FRESCURA y sonrisa. Ésas son las dos razones principales por las que Albert Rivera está logrando asentar la expectativa de regeneracionismo templado que no ha podido consolidar Rosa Díez. Les separan leves matices ideológicos –UpyD tiende a socialdemócrata y Ciudadanos, a demócrata liberal– y un concepto de partido más flexible en el segundo que en el primero, pero la diferencia esencial reside en una cuestión de empatía política. El joven líder catalán encarna la aspiración de relevo generacional que se ha hecho patente desde la abdicación del Rey, mientras R10 no logra sacudirse de encima su propia biografía de dirigente convencional, aferrada a una clásica nomenclatura de aparato que ha clonado en su pequeña organización tercerista. Díez, que emergió con la rotunda firmeza moral de las víctimas del terrorismo y su lucha antinacionalista, se ha desubicado a sí misma al aparecer ante la opinión pública con una permanente expresión de cabreo con el mundo. Ha disipado su meritorio esfuerzo en un ceño crispado que puede tener éxito en un Pablo Iglesias aupado por el sentimiento de revancha rupturista pero provoca cierto rechazo entre el moderantismo natural de las clases medias. Ahí es donde pesca este Riverita telegénico, de sonrisa prudente y despejada, con sus modales de yerno formal y un lenguaje todavía algo superficial pero cargado de tonos de confianza; un discurso responsable, forjado en la difícil Cataluña del pensamiento único, capaz de tranquilizar a los grandes empresarios y encandilar a las pequeñas burguesías urbanas. Pero sobre todo hay un intangible sociológico primordial y es que está de moda: es cool, mola y sube audiencias en esta reciente política de tertulianos.
Si Podemos le ha arrebatado al PSOE el voto radical que González y Zapatero sumaban al de centro-izquierda para componer mayorías hegemónicas, Ciudadanos amenaza al PP con aprovechar el descontento que ha provocado la corrupción y la desatención a sus sectores de apoyo, para quienes ofrece una salida digna entre la abstención e ir a votar con la nariz tapada. Por primera vez desde el aznarismo, los electores del centro derecha sienten que cuentan con una opción significativa distinta al Partido Popular, ese proyecto en que UPyD se quedó a medias. El crecimiento de C’s cuenta con afluentes brotados en el desengaño socialdemócrata, pero su primer caudal proviene de la decepción con un Gobierno al que sus votantes desean pasar cierta factura. Por eso la primera prueba de contraste para Rivera será la gestión de sus resultados en las municipales y autonómicas: si deja caer al PP y abre paso a frentes de izquierda decepcionará a gran parte de su clientela; si lo apuntala sin matices perderá relevancia para las generales. Es el problema eterno del reformismo español: la dificultad de circular, entre pobladas aceras banderizas, por el medio de la calle.
FRESCURA y sonrisa. Ésas son las dos razones principales por las que Albert Rivera está logrando asentar la expectativa de regeneracionismo templado que no ha podido consolidar Rosa Díez. Les separan leves matices ideológicos –UPyD tiende a socialdemócrata y Ciudadanos, a demócrata liberal– y un concepto de partido más flexible en el segundo que en el primero, pero la diferencia esencial reside en una cuestión de empatía política. El joven líder catalán encarna la aspiración de relevo generacional que se ha hecho patente desde la abdicación del Rey, mientras R10 no logra sacudirse de encima su propia biografía de dirigente convencional, aferrada a una clásica nomenclatura de aparato que ha clonado en su pequeña organización tercerista. Díez, que emergió con la rotunda firmeza moral de las víctimas del terrorismo y su lucha antinacionalista, se ha desubicado a sí misma al aparecer ante la opinión pública con una permanente expresión de cabreo con el mundo. Ha disipado su meritorio esfuerzo en un ceño crispado que puede tener éxito en un Pablo Iglesias aupado por el sentimiento de revancha rupturista pero provoca cierto rechazo entre el moderantismo natural de las clases medias. Ahí es donde pesca este Riverita telegénico, de sonrisa prudente y despejada, con sus modales de yerno formal y un lenguaje todavía algo superficial pero cargado de tonos de confianza; un discurso responsable, forjado en la difícil Cataluña del pensamiento único, capaz de tranquilizar a los grandes empresarios y encandilar a las pequeñas burguesías urbanas. Pero sobre todo hay un intangible sociológico primordial y es que está de moda: es cool, mola y sube audiencias en esta reciente política de tertulianos.
Si Podemos le ha arrebatado al PSOE el voto radical que González y Zapatero sumaban al de centro-izquierda para componer mayorías hegemónicas, Ciudadanos amenaza al PP con aprovechar el descontento que ha provocado la corrupción y la desatención a sus sectores de apoyo, para quienes ofrece una salida digna entre la abstención e ir a votar con la nariz tapada. Por primera vez desde el aznarismo, los electores del centro derecha sienten que cuentan con una opción significativa distinta al Partido Popular, ese proyecto en que UPyD se quedó a medias. El crecimiento de C’s cuenta con afluentes brotados en el desengaño socialdemócrata, pero su primer caudal proviene de la decepción con un Gobierno al que sus votantes desean pasar cierta factura. Por eso la primera prueba de contraste para Rivera será la gestión de sus resultados en las municipales y autonómicas: si deja caer al PP y abre paso a frentes de izquierda decepcionará a gran parte de su clientela; si lo apuntala sin matices perderá relevancia para las generales. Es el problema eterno del reformismo español: la dificultad de circular, entre pobladas aceras banderizas, por el medio de la calle.