Córdoba


domingo 19 de abril de 2015
Valoración:
JON JUARISTI

TRAS la famosa bronca con Millán Astray en la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre de 1936, Unamuno fue rápidamente evacuado hacia su domicilio por la señora de Franco, que, en teoría, lo habría librado así de ser linchado por los enfurecidos falangistas que asistieron al acto académico de exaltación de la Hispanidad. Siempre desconfié de esta leyenda. Desde esa fecha hasta su muerte, mes y medio después, y a despecho de la vigilancia policial que los militares le habían impuesto, el escritor vasco no dejó de ser acompañado y protegido por admiradores falangistas. Su entierro, el día de año nuevo de 1937, se convirtió en un homenaje de Falange a su memoria. Porque Falange Española adoptó amorosamente a Unamuno. En mi biografía de don Miguel (Taurus/Fundación Juan March, 2012), aduje que, en la fotografía tomada a la salida del paraninfo, el anciano rector aparece rodeado de jóvenes falangistas que cantan o gritan consignas brazo en alto, pero no lo acosan ni intimidan. Más bien parecen darle escolta. ¿De quién o quiénes lo protegen? Obviamente, del general Millán Astray y de sus legionarios.
En su recientísimo libro –Historias de falangistas del sur de España. Una teoría sobre vasos comunicantes (Renacimiento, 2015)–, Alfonso Lazo Díaz observa exactamente lo mismo en la fotografía de marras. Diputado socialista desde 1977 a 1996, Lazo volvió a sus tareas en la Universidad de Sevilla como profesor e investigador. En 2008 desaconsejó públicamente el voto al PSOE, después de haber denunciado a lo largo de la primera legislatura de Rodríguez Zapatero la demencial deriva de la Memoria Histórica. Lazo ha sido un maestro de historiadores y un gran especialista en la España Contemporánea, pero cuando fui su alumno en la vieja Fábrica de Tabaco, hace casi medio siglo, enseñaba Historia Universal (Edad Antigua). Y era un magnífico profesor. El primero al que me atreví a abordar (junto a un condiscípulo asimismo bisoño: el hoy periodista Victorino Ruiz de Azúa), pidiéndole consejo bibliográfico. No es la primera vez que me refiero a la fascinación que ejerció en nosotros ni a lo que creo deberle de mi inclinación a la Historia.
Pues bien, Lazo vuelve sobre algo que ya había sostenido en trabajos anteriores: el carácter revolucionario del fascismo, lo que explica, a su juicio, el trasvase de numerosos militantes falangistas andaluces, cuyas trayectorias personales describe en este su último libro, a la oposición comunista al franquismo. Ahora bien, el comunismo tuvo detrás una escolástica pesadísima. El fascismo (y el falangismo) sólo una retórica confusa y romántica. Pero esa retórica falangista, como Lazo indica, alimentó la del joven Fidel Castro, las de un buen número de cuadros peronistas de primera hora y la del sandinista Pablo Antonio Cuadra (otro revolucionario nicaragüense, el jesuita Ernesto Cardenal, fue también durante su juventud un devoto de José Antonio Primo de Rivera, cosa archisabida desde que Carlos Barral lo contara en sus memorias). De modo que los nacionalismos revolucionarios latinoamericanos de mediados del pasado siglo fueron deudores de las «doctrinas» de Falange antes de que desde la Habana se promoviese el marxismo leninismo. El hundimiento de la Unión Soviética forzó al castrismo a regresar a su punto de partida, y toda la izquierda de obediencia cubana en América Latina volvió a descubrir la murga demagógica y cursi de los fascismos y de sus revoluciones pendientes. Si los chicos de Podemos estudiaran Historia (de la buena, de la de Alfonso Lazo) sabrían de la genealogía azul mahón de su ideología, pero les pone más drogarse con Juego de Tronos. Allá ellos.