Córdoba


martes 16 de junio de 2015
Valoración:
IGNACIO CAMACHO
Algo se ha roto en este vértigo rupturista que aflora un odio vindicativo, cainita, recalentado en un microondas ideológico
SE trata de odio. Un odio revanchista, vindicativo, resentido, recalentado en un microondas ideológico. Un odio inflamado que ha encontrado cauce, por fortuna incruento, en la desmesurada violencia verbal que azuza la jauría del ciberactivismo en las redes sociales. Un odio que ha encendido en una parte de la izquierda la chispa de la ruptura civil que la Transición dejó apagada por miedo o por cordura. Y son las nuevas generaciones, las más alejadas del conflicto que hirió nuestra convivencia en el siglo XX, las que han resucitado con pasmosa inconsciencia el discurso cainita, el rencor retroactivo de la catástrofe.
Las infamias y barbaridades del concejal Zapata podrían constituir sólo una anécdota, un incidente político medio zanjado por la alcaldesa Carmena al medio obligarle a presentar media dimisión. La categoría la representa el enconado cerrilismo con que sus partidarios han apretado filas ante una evidencia que debería sonrojarles. La ofuscación exaltada y el entusiasmo espeso con que absuelven una flagrante indignidad desde el más obnubilado y aberrante sectarismo. El lenguaje vomitivo y feroz –banqueros ahorcados, adversarios en la guillotina, víctimas humilladas– con que llevan meses trivializando el fanatismo y la barbarie. Ese sombrío furor extremista demuestra que bajo su retórica de dignidad y sus banderas de justicia no traen un proyecto de regeneración sino de una abstracta, obtusa venganza.
Durante mucho tiempo, en ese ahora denostado «régimen» constitucional, la pulsión rupturista encontró el freno sensato de la socialdemocracia. Antes de sumergirse en el vértigo del poder por el poder, el felipismo embridó las tentaciones de vendetta social al sumergirlas en el programa de refundación democrática. Pero el PSOE actual se ha descompuesto, ha perdido durante los años de crisis su hegemonía en la disputa del voto pragmático, ha extraviado su papel de partido-guía de la izquierda y se ha abrazado a los radicales para tratar de auparse sobre su propio fracaso. Los pernos que desatornilló el zapaterismo con su empeño revisionista de la Transición han acabado de soltarse. El siniestro eslogan del miedo que cambia de bando representa la verdadera naturaleza de este método antagonista que se jacta de recuperar la amenaza, el dicterio y el acoso como herramientas normalizadas de acción política.
Esta escalada de crispación antisistema tiene lugar en medio de un panorama político desestructurado e inconsistente, en el que frente a una derecha torpe y autista y a una socialdemocracia átona y sin ideas se crece una ultraizquierda sugestionada de vocación revolucionaria. Síntoma de que algo se ha roto en la médula de la sociedad española durante esta larga crisis cuyas secuelas de empobrecimiento material han deshecho la cohesión institucional y escombrado los intangibles morales. Mal diagnóstico. Complicado remedio.