Córdoba


lunes 26 de octubre de 2015
Valoración:
JUAN MANUEL DE PRADA
La Iglesia no ha variado ni un ápice sus principios en todas las cuestiones que el mundo le reclamaba que fuese «tolerante»
EL famoso sínodo sobre la familia, con toda su trompetería y sus sesiones guadianescas, ha concluido con un documento que a quienes esperaban novedades formidables les habrá recordado aquel parto de los montes de Samaniego: «Después que con bramidos espantosos / infundieron pavor a los mortales, / estos montes, que al mundo estremecieron, / un ratoncillo fue lo que parieron». Pues, en efecto, la Iglesia no ha variado ni un ápice sus principios en todas las cuestiones que el mundo le reclamaba que fuese «tolerante»; en lo que ha vuelto a ponerse de manifiesto aquello que observara Garrigou-Legrange: «La Iglesia es intolerante en los principios porque cree; y es tolerante en la práctica porque ama. Los enemigos de la Iglesia son tolerantes en los principios porque no creen; y son intolerantes en la práctica porque no aman».
Pero durante la celebración del sínodo han ocurrido cosas, en verdad, chocantes, que vuelven a demostrarnos que no hay dogma que desafíe más la razón (y ponga más a prueba la fe) que el de la sucesión apostólica; pues se ha comprobado que muchos obispos no son custodios de la doctrina católica, sino vendedores de crecepelos que se mueren por hacer postureos ante el mundo, tal vez porque han perdido la fe, tal vez porque nunca la tuvieron y sólo se consuelan de su tara transmitiendo el virus del descreimiento a los fieles. Por supuesto, estos bellacos no manifiestan paladinamente su falta de fe proclamando que Cristo no nació de una Virgen, o que no resucitó al tercer día; sino que prefieren hacerlo de forma mucho más taimada, bendiciendo los derechos de bragueta y envileciendo los sacramentos hasta convertirlos en pantomimas grotescas, que es lo que pretendían hacer en este sínodo con la confesión, la eucaristía y el matrimonio, de una sola tacada. Y, naturalmente, a la vez que pierden la fe en el Evangelio, asimilan la fe en el evangelio negro de la democracia; así le ocurre, por ejemplo, a Kasper, teólogo de rodillas y con el culo en pompa, que durante la celebración de este sínodo guadianesco no ha hecho sino repetir, con obstinación de maniático, que esperaba que una «mayoría de obispos» estuviese de acuerdo con sus postureos, como si la doctrina católica se decidiese por mayoría. Antaño estos delirios dieron lugar a episodios chuscos de comicidad irresistible, como aquella votación que se realizó en el Ateneo de Madrid, en la que se decidió por mayoría que Dios no existía; lo trágico es que esta mentalidad se ha trasladado del ateneo al colegio episcopal.
Este sínodo nos ha probado que algunos obispos han perdido la fe; y que otros muchos están bizcochables y con la conciencia suficientemente enmarañada como para aceptar que la verdad y el bien moral pueden depender de mayorías coyunturales. Tal vez todavía no sean mayoría, como quiere Kasper; pero son una minoría suficiente para provocar la demolición desde dentro de la Iglesia, con el aplauso de un mundo que los halaga. Chesterton se soliviantaba ante quienes pretendían que el Evangelio debía adaptarse a los requerimientos de cada época; y se preguntaba si los hombres que, al acercarse a escuchar el Sermón de la Montaña, oyeron que quien mira con deseo a la mujer del prójimo ya ha cometido adulterio eran acaso unos eunucos a quienes las mujeres no les hacían ni fu ni fa, en contraposición a los hombres de hoy, que no pueden resistir la tentación de mirar con deseo a la mujer del prójimo porque son muy machotes. Ciertos padrastros sinodales habrían respondido a Chesterton que, en efecto, aquellos hombres eran eunucos; pues, de haber sido machotes, Cristo habría admitido el pasteleo. Cree el ladrón que todos son de su doble condición, pastelera y eunuquil.