Adiós al Emperador de los manriqueños

ALBERTO GARCÍA REYESSEVILLA. A las cinco y media de la tarde las puertas del Palacio se abrieron tal vez por última vez. Don Pedro de Orleáns y Braganza dejaba detrás sesenta años de amor a doña

Seis de sus trabajadores y sus nietos Pedro y Felipe portaron el féretro de S.A.R. e I. don Pedro de Orleáns y Braganza hasta la Iglesia de Villamanrique. J. M. SERRANO
Seis de sus trabajadores y sus nietos Pedro y Felipe portaron el féretro de S.A.R. e I. don Pedro de Orleáns y Braganza hasta la Iglesia de Villamanrique. J. M. SERRANO.

A las cinco y media de la tarde las puertas del Palacio se abrieron tal vez por última vez. Don Pedro de Orleáns y Braganza dejaba detrás sesenta años de amor a doña Esperanza de Borbón y a Villamanrique. Contaba José Flores, un gitano que de toda la vida ha puesto una caseta para cafés de achicoria en el Quema, que don Pedro «era una persona buenísima que trataba lo mismo a los ricos que a los pobres. Siempre se paraba en mi caseta con su caballo para tomarse algo».

El Emperador de Brasil, heredero de un trono imposible, consiguió reinar entre las gentes de su pueblo. Por eso tiene mucho significado su camino hacia La Magdalena para reunirse eternamente con su esposa. Don Pedro eligió a sus trabajadores como costaleros de su última procesión. Seis de sus mozos, además de sus nietos Pedro y Felipe, cargaron en sus hombros con el recuerdo de un hombre imperial. Tres de ellos eran los hijos de Antonio el Casero, el más veterano de su cuadrilla, manijero del afecto que Villamanrique siempre le tuvo al Emperador a caballo. «Era como nuestro abuelo, porque nos hemos criado con él», decía uno de los muchachos nomás conjurar otra bella paradoja: el ataúd quedó colocado junto al Nacimiento de la Iglesia.

Detrás, andando casi sobre los pies, sus descendientes construyeron un cortejo abrumado por el clamor de los manriqueños, que se hacinaban en la plaza desde mucho antes de la hora del café. Encabezaba el séquito Pedro Carlos, el mayor de los hijos de don Pedro y doña Esperanza. Detrás iban Francisco y Cristina. Y cerrando el cortejo caminaba María Gloria con su esposo, el duque de Segorbe, imbuida por el interior de sí misma. Faltaban Alfonso y Manuel, a quienes Brasil los encarceló en la distancia. Pero iban por allí zambucados muchos de sus nietos, que cruzaban el dintel de la iglesia absortos en «La muerte de Ase», de Peer Gynt, mientras el báculo del cardenal Amigo Vallejo acortaba el trecho entre el Palacio y el Sagrario. «La muerte nos hace abrir los ojos para darnos cuenta de lo que da la vida y hemos aprendido una lección admirable: el valor de la persona es su sencillez», declamó en su homilía el prelado. «Don Pedro fue un hombre noble, más noble que la gran nobleza de su misma familia. Mayor dignidad humana no podía tener. Por eso pasará a la posteridad, por saber estar junto a los sencillos, participando de su vida y devociones». Por estar con ellos entrando en la Raya con su caballo para llegar al Santuario, al que cada mayo se asomaba con el banderín de Villamanrique y el corazón dividido entre Triana y Coria. Pasiones que se lleva consigo. Y que deja entre sus paisanos. «Siempre venía y nos saludaba -narraba un grupo de mujeres mayores frente a la puerta de la Iglesia-, porque él era como una persona normal de Villamanrique. Era un hombre muy bueno para el pueblo. Ahora el problema es que el personal que trabajaba en Palacio se queda sin trabajo. Y él tenía mucha gente en la casa, en los campos y en las ganaderías que tiene por ahí por la parte de Gato».

Es probable que Villamanrique sufra el azote de su pérdida más allá del corazón. Ayer estuvieron por allí el presidente de la Junta, Manuel Chaves, Javier Arenas, Juan Ignacio Zoido, Alejandro Rojas-Marcos, Enrique Moreno de la Cova, Antonio Ojeda, Alfonso Guajardo-Fajardo, el duque de Huéscar, Javier Benjumea... Pero hoy la marisma se queda sola. Hoy apenas queda de Chaves su palabra: «Le gustaba mucho visitar el palacio de San Telmo por sus antecedentes familiares y recuerdo de él dos cosas: que era una persona muy simpática con gran sentido del humor y su bonhomía». Lo mismo que de Arenas: «Era una persona sencilla, con una educación exquisita, que sabía entender a los demás y que se ha ganado el afecto no por sus apellidos, sino por su comportamiento en la vida». Hoy ya no habrá aplausos, ni cortejos. Dentro de poco las flores de las coronas de Sus Majestades los Reyes y de los Príncipes de Asturias se marchitarán. No quedarán más que los jirones de la memoria. Su Alteza Real e Imperial don Pedro de Orleáns y Braganza, hijo de don Pedro de Alcántara de Orleáns y de la condesa checoslovaca Elisabeth Maria Adelaide Dobrzensky de Dobrzenicz, nieto de Isabel de Braganza y de Gastón de Orleáns, heredero de la corona brasileña, es ya una leyenda. Ayer enmudecieron los papagayos de su palacio de Petrópolis, al norte de Río de Janeiro. Anoche se apagaron, tal vez por última vez, las luces del Palacio de Villamanrique. A partir de ahora, los chiquillos a los que solía agasajar con caramelos tendrán que escuchar la historia de aquel lugar de boca de sus mayores. Una historia de amor que ya es eterna en la capilla del Sagrario. Don Pedro y doña Esperanza. La historia de un Emperador que fue llevado a su tumba por sus trabajadores. Los hijos de Antonio el Casero son quienes la heredan para Villamanrique de la Condesa, el gran Imperio en el que gobernó don Pedro de Orleáns y Braganza. Que en paz descanse.