El adiós de un hombre magnánimo y libre
El cardenal Bueno Monreal estaba de vacaciones en un convento de las Hermanas de la Compasión la localidad navarra de Ciordia cuando el día 11 de agosto fue ingresado en la Clínica Universitaria de
El cardenal Bueno Monreal estaba de vacaciones en un convento de las Hermanas de la Compasión la localidad navarra de Ciordia cuando el día 11 de agosto fue ingresado en la Clínica Universitaria de Navarra porque se le descompensó la diabetes mellitus que padecía y sufrió una insuficiencia cardíaca. Evolucionó favorablemente hasta que el martes día 18 sufrió una crisis cardíaca con parada cardiocirculatoria como consecuencia de un infarto de miocardio.
Tras ser reanimado recibió la extremaunción consciente y tranquilo, aunque con respiración asistida, y fue ingresado en la UCI. El miércoles día 19 y el jueves día 20 su estado parecía haber mejorado. Tanto que el arzobispo de Sevilla, monseñor Carlos Amigo Vallejo, que se había desplazado a Pamplona el miércoles, convencido de su restablecimiento, emprendió el jueves el regreso a Sevilla. A las once de la mañana de ese día monseñor Amigo impartió la absolución y la bendición al cardenal, y éste a su vez bendijo a su sucesor.
Sobre las dos de la tarde Bueno Monreal sufrió un nuevo fallo cardíaco con hipotensión y braquicardias extremas. No respondió a las medidas de reanimación y falleció a las tres menos cuarto de la tarde.
Junto al cardenal dimisionario de Sevilla se encontraban sus dos sobrinas, que estuvieron junto a él en todo momento, así como el vicario general de la diócesis, don Antonio Domínguez Valverde, el administrador general, Miguel Artillo, el vicario general de Jerez, Luis Núñez, el sacerdote Manuel Lora y su médico de cabecera, Nicolás Ollero. Tras su fallecimiento, llorando, Domínguez Valverde afirmó: «El camino de los bienaventurados, los pobres, los mansos y humildes de corazón, los que sufren, fue el que el eligió para vivir y es su mayor epitafio. Bendito sea Dios que nos los dio, bendito sea Dios que le habrá dado el premio».
El viernes 21 el cadáver del cardenal, que fue embalsamado en la Clínica Universitaria de Pamplona, llegó a Sevilla, y el sábado día 22 a las 10 de la mañana se abrió la capilla ardiente en el salón Santo Tomás del Palacio Arzobispal, donde durante el sábado y el domingo miles de sevillanos, pese al insoportable calor, fueron a despedirse de su pastor. El lunes día 24 tuvo lugar el entierro, que fue muy emotivo. A las diez y media de la mañana trescientas personas entre cardenales, arzobispos, obispos, vicarios y sacerdotes formaron la comitiva fúnebre que fue contemplada por los sevillanos en medio de un silencio roto tan sólo por el tañido de duelo de las campañas de la Giralda y los cantos gregorianos. El féretro entró en la Catedral por la puerta de los Reyes y tras un breve responso en el trascoro fue llevado al altar mayor y colocado sobre un túmulo entre cuatro blandones y el cirio pascual.
Tras la misa de corpore insepulto que oficiaron todos los integrantes del cortejo, el cardenal Bueno Monreal fue enterrado en la capilla de San José de la Catedral. Presidió la ceremonia el entonces arzobispo de Barcelona, monseñor Jubany y los Príncipes de Orleans-Braganza representaron a la Familia Real.
«Hombre magnánimo y libre»
Don José María Bueno Monreal, que desde su nombramiento como arzobispo en 1954 hasta su muerte permaneció en Sevilla como pastor durante 33 años -sólo superado en el tiempo por San Isidoro que estuvo 37 años- vivió los últimos cinco años de su vida enfermo, convaleciente de una trombosis que sufrió en Roma en febrero de 1982 cuando realizaba la visita Ad Limina. El cardenal Bueno Monreal se entrevistó con Juan Pablo II, quién le pidió que continuase en su puesto. El prelado pidió al Papa que considerase la posibilidad de beatificar a Sor Ángela en su visita a Sevilla.
José María Bueno Monreal sufrió en Roma una trombosis el 4 de febrero de 1982 que le afectó al hemisferio cerebral izquierdo y le provocó la pérdida del habla y una parálisis del lado derecho del cuerpo. El Papa Juan Pablo II le visitó en el hospital romano donde fue ingresado, y el día 20 de febrero fue trasladado a Sevilla, donde ingresó en la Cruz Roja de Capuchinos. Una semana más tarde volvió a su residencia del Palacio Arzobispal e inició los lentos ejercicios de recuperación.
Hasta su muerte Bueno Monreal recibió el cariño de los sevillanos y de sus sacerdotes. Desempeñó algunas funciones propias de su cargo y junto a monseñor Amigo supervisó muy de cerca todos los detalles de la visita del Papa a Sevilla, en especial todo lo relativo a la Beatificación de Sor Ángela en el campo de la Feria, cuando Sevilla fue Roma. El cardenal veneraba a Sor Ángela y adoraba a sus hijas. José María Javierre, biógrafo de Sor Ángela y de Madre María de la Purísima de la Cruz, cuenta en su libro «Una chica del barrio Salamanca» que al cardenal Bueno Monreal, comentando la vida penitencial de las Hermanas de la Cruz, le maravillaba que duermen una noche sí y una no y sobre todo, su alegría. Decía el cardenal que «son las personas más sonrientes, las mujeres más felices de Sevilla». Y eso cumpliendo a rajatabla las normas de sacrificio, renuncias y servicio que Sor Ángela les señaló.
Bueno Monreal, vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española, que adaptó la Iglesia de Sevilla al espíritu del Concilio Vaticano II, cumplió en 1977 sus bodas de oro sacerdotales -cuando murió llevaba 60 años de sacerdocio-, y en 1986 se cumplieron 40 años de su consagración episcopal.
En sus últimos años, recibió muchos homenajes: del Seminario, de las cofradías, y su persona fue objeto de un libro titulado «Hombre magnánimo y libre», recopilación de trabajos realizados por intelectuales y teólogos que estuvieron vinculados con su labor. A su muerte José Luis Martín Descalzo dijo que esas tres palabras hombre, magnánimo y libre «retrataban perfectamente su espíritu».