«Cante la fe, dance la esperanza, salte de gozo la caridad»... son palabras de la bula «Transiturum de hoc mundo», en la que el Papa Urbano IV, hace unos siete siglos y medio, instituyó la festividad del Corpus Christi. Y es el espíritu que mantiene Sevilla frente al Cuerpo de Jesús Sacramentado, que ayer, día de fiesta grande en la ciudad, volvió a manifestarse en la presencia de los miles de sevillanos que, más tarde que temprano, acudieron a presenciar la procesión en la que Dios, ése que todos los días está en los Sagrarios de las iglesias, sale a reencontrarse con su ciudad.
Corpus de mayo marceado, pero cumpliendo el adagio de cielo de límpido azul, y con temperaturas fresquitas en la sombra y picantes al sol. Nada de eso importa en la mañana del Corpus. El escenario y el atrezzo se mantienen en un precario equilibrio, a duras penas controlado por la masificación del propio cortejo, frente al paso del tiempo y las modas.
La recién estrenada mañana mostraba a primerísimas horas un recorrido desierto que hizo pensar en un bajón de público achacable a la atracción de la víspera, con el reclamo de conciertos, copla, visita a los altares que van montándose, la procesión de la Hiniesta Gloriosa... Pero, aunque es cierto que en el inicio de la procesión -a las ocho y media de la mañana- la Puerta de San Miguel y la Avenida estaban bastante despejadas y se veían grandes huecos en las sillas (este año unas 5.200), sobre las diez de la mañana empezó a verse un incremento en progresión geométrica de sevillanos fieles a la llamada del Corpus.
Antiguo recorrido
Este año, con la recuperación del antiguo recorrido, por Villegas y Francos, y con un advertible cuarto de hora de diferencia en la salida de la Custodia de Arfe, se pretendía romper ese círculo perfecto que forma el cortejo, ese retruécano de cerrarse sobre sí mismo. Pero las mentes pensantes no consiguieron su propósito, no sabemos basado en qué razones, y no sólo se mordió la pescadilla la cola, sino que la gran Custodia regresó una media hora antes a la Catedral, donde antes de que saliera ya se encontraba el paso de Santas Justa y Rufina. Vamos, como siempre.
El día dio para que los más madrugadores pudieran admirar, casi en solitario, en todo su esplendor, el altar de la Hiniesta Gloriosa en la Plaza de San Francisco o el de las Siete Palabras, presidido por la Virgen de la Cabeza con el Niño, en la iglesia de San Juan de Dios, frente al recuperado Divino Salvador, entre otros muchos, y deleitarse tranquilamente en los escaparates exornados con motivos eucarísticos, en las portadas que homenajean a la capilla de la Carretería, o en las simples colgaduras de los balcones, en algunos de los cuales lucía nuestra Bandera.
El camino de romero esperaba, perfectamente delimitado, cuando el Señor de la Sagrada Cena, sobre el paso de Humildad y Paciencia, comenzó su recorrido desde los Terceros hacia el Palacio Arzobispal, donde cada año se esfuerza en mostrar, con el cáliz en la mano, el momento de la institución de la Eucaristía. Poca gente pudo disfrutar de las voces de la Escolanía Infantil María Auxiliadora de los Salesianos de la Trinidad y el Coro Maese Rodrigo de la Facultad de Ciencias de la Educación, que al llegar a su ubicación cantaron «Cantemos al amor de los amores» para un público tan escueto como selecto. Eran las ocho de la mañana y en ese momento en la Catedral, permanentemente en obras, porque si no olvidaríamos su esencia de admiración de locos, todo eran idas y venidas de canónigos, de sacerdotes que iban a Laudes, de gentes que buscaban sitio para la misa oficiada por el cardenal, monseñor Amigo, ante el espectacular Monumento, que dio comienzo en el mismo instante en el que los niños carráncanos se enfrentaban a la Avenida.
Poco antes, la parte política afín a los actos de tradición sevillana, y no toda ella, de la Corporación Municipal bajo mazas, encabezada por el alcalde, Alfredo Sánchez Monteseirín, hizo su entrada al templo metropolitano por la Puerta del Perdón, con la parafernalia de los maceros, una representación de la Policía Municipal de Gala (con plumero al viento) y la Banda Sinfónica Municipal, excelentemente, como siempre, dirigida por Francisco Javier Gutiérrez Juan y que formaría tras el paso de San Fernando.
Un tedioso cortejo
Ocho y media de la mañana para el comienzo de un cortejo que, ya duele repetirlo, se hace tedioso y aburrido en esa sucesión de señores, señoras y niños -vestidos con mayor o menor fortuna, a pesar de que se indica en las normas la exigencia de traje oscuro-, que, a pesar de ir en filas de tres, alargan innecesariamente una procesión que parece haberse rendido a la necesidad no escrita de que media Sevilla vea pasar y salude o sea cumplimentada por la otra media. Un cortejo en el que es difícil comprender, a no ser que se deba en exclusiva a esa masa detrás de los pasitos, que deja pasar casi una hora entre la salida de Santas Justa y Rufina, San Isidoro y San Leandro -con largo tiempo entre ellos- hasta que sale San Fernando, que anima la procesión con la Banda Municipal y levanta a la Avenida con «Triunfal» y «Corpus Christi», y a partir de él, ya, de unos cinco minutos en cinco minutos, se apresuran la Inmaculada, el Niño Jesús, la Custodia Chica de la Santa Espina y la Custodia de Arfe, por fin.
Lo decía un señor en la Puerta de San Miguel, cuando aún no había terminado de salir la procesión: ¡Casi dos horas saliendo gente!, mira que hay capillitas... ¿aquí no hay numerus clausus?
Replanteo
Tal vez es el replanteo que debe hacerse sobre esta procesión, tan importante para la ciudad y sus vecinos, que, a pesar de todo, no dejan de lado la cita con la representación de Dios en la ciudad.
Las estampas del Corpus, fuera de su contenido religioso, arrojaron por otra parte los mismos relativamente viejos dibujos de todos los años: estandartes, insignias y guiones brillantes y bien conservados, preparados para la ocasión, y otros que da pena verlos; grupos de extranjeros extraviados que intentan pasar, algunos con maletas y mochilas, en medio de la procesión, y otros alucinados por la presencia y toques de música militar del Ejército; paraguas multicolores en los mismos balcones de siempre de la Avenida; turistas en bañador asomados a la terraza de un hotel de la calle Alemanes; fotógrafos o directores de cine aficionados con magníficos equipos de teleobjetivos kilométricos, con camaritas digitales compactas o con el simple móvil, que hacen pensar en hemerotecas particularmente crípticas; sabihondos de la cosa que detallan hasta la hechura y los detalles más recónditos del tintinábulo de la Macarena; inconscientes del móvil que describen a su oyente y a todo su alrededor sus sensaciones, las flores que llevan Santa Justa y Rufina y qué habían preparado para comer después... Es el ambiente del Corpus, con un abigarramiento difícil de encasillar.
Del día, del madrugón, queda esa fe que cada cual se busca dentro para arrodillarse y persignarse ante el Cuerpo de Dios en la Ciudad.