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Los corralones de la inspiración

Cuando la tarde empieza a caer, la humedad se agudiza en las paredes de este corralón. Suena a lo lejos la melodía de un transistor. El zaguán de entrada lo atraviesa un haz de luz que calienta la fría estancia. El aspecto decadente de este enclave de Castellar serviría a cualquier cursi de la palabra para definirlo como «el rincón bohemio de la ciudad hispalense». Pero allí, lo primero que salta a la vista son los innumerables esconchados y la verdina que se apodera de las paredes.

En uno de los talleres, de arquitectura asimétrica, Manolo Carmona talla uno de los ángelitos para un trono de Málaga. Este escultor es uno de los veinte artistas que integran el corralón de Castellar. Entre golpes de gubia enumera las obras que han salido de este lugar. Su memoria las va engarzando con bastante facilidad: el apostolado de La Cena y el Señor del Soberano Poder de San Gonzalo, el tallado de los pasos de San Benito, el de La Estrella, el de Santa Cruz... Este escultor hace cuentas y se aventura a dar una cifra: «de este corralón ha salido el 20 por ciento de las obras de nuestra Semana Santa», afirma.

Manolo lleva más de 25 años trabajando en este taller. Entró aquí con 16 años, y después de un cuarto de siglo fuera de Sevilla, volvió al corralón de su adolescencia. En estos 30 metros cuadrados ha desarrollado toda su trayectoria artística. No en vano, de aquí han salido las esculturas que integran el retablo de la Virgen del Rocío en la aldea almonteña.

Cuando se le pregunta por la posibilidad del traslado al polígono de Arte Sacro, Manolo frunce el ceño y dicta sentencia: «Al lado del cementerio sólo iré cuando me lleven porque no tenga nada más que hacer». Necesita de este enclave para su inspiración. En estos muros parece habitar su musa. «No me veo trabajando en un salón de mármol -abunda- A mí me gusta que me dé la sombra de la Giralda».

Atracción para turistas

Las virutas de su chaleco permanecen inmóviles mientras que el tallista-escultor expresa su malestar. «Con tanto dinero que viene de Europa deberían invertir una parte en reformar este corralón. Aquí vienen muchos turistas para ver cómo trabajamos los artistas».

A pocos minutos el comentario de Manolo queda confirmado. Una pareja de turistas entra y se detiene en el patio -al que sus nuevos dueños quieren transformar en aparcamiento- y realizan varias fotografías. Se acercan a uno de los talleres de doradores y husmean hasta ver aplicando el pan de oro. Se alegran del descubrimiento. Seguramente de haber seguido el circuito de la agencia no habrían visitado este rincón.

Mientras, los artesanos ni se inmutan, acostumbrados a como están a la visita de estos foráneos que buscan algo más que la postal de la «typical Hispalis».

Manolo entra ahora en el taller de otro imaginero, Pepe Leal, de 28 años, que está acabando los nuevos ángeles para el canasto del Cristo de las Almas, de Los Javieres. La nariz no alcanza a distinguir la mezcla de olores a cola, yeso y madera. Él también lo tiene claro. Allí, al respaldo de los abetos del Palacio de las Dueñas, es donde encuentra su inspiración. «No tras los cipreses del cementerio», asevera.

Y así, de una generación a otra, han pasado por allí artistas como Ortega Bru, Francisco Buiza, Antonio Martín... Corralón de Castellar, que al igual que el de Bustos Tavera, San Luis o la Plaza del Pelícano, no parece entrar en los planes de la Sevilla renovada. Y es que la inspiración no parece que vaya a surgir en un parque empresarial.

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