POR FERNANDO IWASAKI
Uno de los autores más leídos a comienzos del siglo XX fue el cubano Eduardo Zamacois (1876-1971), autor de una extensa obra que todavía envejece en las librerías de lance y creador de un proyecto editorial que aseguró las habichuelas de numerosos escritores: «El Cuento Semanal», primera colección de novela corta de la literatura española, donde colaboraron todas las grandes figuras de la literatura en castellano, tanto españoles como latinoamericanos. El invento fue tan exitoso, que muy pronto aparecieron docenas de colecciones semejantes como «La Novela de Noche», «La Novela del Sábado», «La Novela Galante», «La Novela de Hoy», «La Novela Semanal» y otras que cada día se cotizan más en las librerías de viejo. Novelista, editor y empresario teatral, Zamacois fue sobre todo un «bon vivant» que murió en Buenos Aires lúcido, trígamo y nonagenario.
En la historia de la literatura española Eduardo Zamacois es recordado como novelista erótico y sensual -pienso en «El seductor» (1902) y «Memorias de una cortesana» (1903)- y sobre todo como editor, pero sería de justicia recordar que escribió sabrosos libros de viajes como «Dos años en América» (1912), «La alegría de andar» (1943) y «De Córdoba a Alcazarquivir» (1921); que fue dramaturgo y empresario teatral; que escribió más de cuarenta radionovelas que triunfaron por toda España y América Latina y que fue un precursor del Power Point, pues para ilustrar sus conferencias literarias grabó una película titulada Charlas de sobremesa (1916), donde filmó entrevistas a los mejores escritores de la España de comienzos del siglo XX, tal como lo cuenta en sus memorias «Un hombre que se va...» (1969): «Por aquellos días tuve esta idea que había de trastornar profundamente mi vida, la de preparar unas «charlas familiares» ilustradas con proyecciones cinematográficas. Me veía paseándome por un escenario en tanto explicaba, durante doce o quince minutos, cómo vivían y trabajaban las grandes figuras españolas de mi época. Luego me acercaría a una mesa para apoyar un timbre que repicaría dentro de la caseta del «operador». Automáticamente el teatro quedaría a oscuras, y en la pantalla aparecería la ratificación gráfica de cuanto yo acababa de exponer. Seguidamente, a una nueva señal, la sala volvería a iluminarse, para que yo continuase hablando, y así hasta concluir. El espectáculo podría durar hora y media, dos horas». Por aquel documental desfilaron Galdós, Benavente, Valle-Inclán, Azorín, Baroja, Blasco Ibáñez, Romero de Torres, Carrere, Villaespesa, Wenceslao Fernández-Flórez, María Lejárraga y muchísimos más, por no hablar de los que se mosquearon porque tenían menos minutos que otros o porque la cámara no los había inmortalizado en algún momento de genialidad. Hace varios años adquirí en la librería «Renacimiento» un ejemplar dedicado de «Confesiones de un niño decente» (1922), una temprana autobiografía donde el fundador de «El Cuento Semanal» repasaba sus primeros quince años de vida. Allí descubrí que Zamacois era otro «apófrifo sevillano», ya que había vivido en Sevilla de 1885 a 1891 después de peregrinar por La Habana, Bruselas y París. De aquella lectura me gustaría rescatar un honorable capítulo de su borrascosa vida. Los Zamacois llegaron de París y los primeros meses vivieron en hospederías de familia, antes de instalarse en una cómoda casita de la calle Gerona. La Sevilla de Zamacois no es una ciudad de fiestas barrocas o vigilias perpetuas (de hecho no se habla ni de la Feria de Abril ni de la Semana Santa), sino más bien una colección de viñetas íntimas y entrañables: los estrenos en el teatro Cervantes, la tertulia de «La Guipuzcuana», los maestros del Instituto Provincial de Sevilla, las excursiones familiares de los sábados, los paseos por la calle Sierpes («la calle más linda del mundo») o las evocaciones de sus compañeros de estudios, como aquel José Angel Cabrejo -alumno brillante, amigo entrañable y diplomático de carrera-, quien «hallándose en La Haya tuvo un amor exaltado y libre, contrario al protocolo, y por no desecharlo le castigaron enviándole a América». Después de veinte años sin saber nada de su amigo, Zamacois embarcó en Buenos Aires a bordo del «Infanta Isabel de Borbón» y -al llegar a Cádiz- un joven lo saludó identificándose como sobrino de José Angel Cabrejo. Invadido de un extraño presentimiento, Zamacois quiso saber qué había sido de su antiguo amigo:
-«¿Qué ha sido de él? -pregunté. Me dijeron que estaba en Bolivia.
-De Bolivia le trasladaron a Asunción del Paraguay, donde falleció. Mi tío murió loco. Yo llegué aquí anoche para recibir su cadáver y trasladarlo a Sevilla, a nuestro panteón.
«Tuve frío, ¿sería posible?...
-Entonces -exclamé-, ¿su cuerpo ha venido conmigo en el «Infanta Isabel?...
-Sí -replicó -; lo embarcaron en Buenos Aires. El viaje lo han hecho ustedes juntos...»
Uno de aquellos remotos veranos, los Zamacois se trasladaron a la flamenca y panadera Alcalá de Guadaíra: «Allí conocí a Lolita Muñoz. Más o menos tenía mi estatura y mi edad: doce años. Era rubia, esbelta y orgullosa. Nunca la besé, ni puse en ella mis manos. No me atreví. Su frialdad me cerraba la boca. Yo la quería, pero no acertaba a decírselo y cuando, a fines de agosto, mi familia regresó a Sevilla, creí morir de dolor». Con qué frustración habría estampado esos recuerdos Zamacois, pues hacia 1922 ya era público y notorio que disfrutaba de los regalos de actrices, modistas, cómicas, bailarinas y cocottas varias.
Por lo tanto, muchos años después de vivir en Sevilla Zamacois se convirtió en un escritor galante y más bien calavera, como puede comprobarlo cualquiera que lea «Un hombre que se va...» y descubra que Zamacois fue el primer donjuán cubano suelto por España y América Latina, ya que durante una misma gira teatral y literaria se casó primero en Nicaragua y después en Colombia, a pesar de tener una esposa en Madrid. Sin embargo, de las páginas de Un hombre que se va... espigo el siguiente episodio. Caminaba Zamacois por las calles del Madrid republicano sitiado por las tropas nacionales, cuando una mujer se le prendió desesperada del brazo: «¿No te acuerdas de mí? Soy Lolita Muñoz, Lolita. Mi marido está detenido en Prisiones Militares. Le acusan de fascista y te juro que no lo es. Si lo fusilan me muero. ¡Sálvale! -gemía- Acuérdate de cuando éramos niños. Sálvale y haré lo que me pidas». Eduardo Zamacois, novelista erótico, republicano convencido y canalla confeso, contempló melancólico a Lolita (seguía siendo rubia y esbelta, aunque tal vez menos orgullosa) y le prometió la libertad de su marido. Nunca la besó, nunca puso en ella sus manos. En homenaje a sus años sevillanos, quizás volvió a ser un niño decente.
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