Sí, ya se sabe que la Feria es un «estado de excepción» porque en la regla general de la vida tienen que caber las salvedades. Y también son conocidas las oportunidades de «representación» que el real procura, e incluso los protocolos y las liturgias que dan sentido al «ser» y al «estar» en la Feria. Todavía más, hay quien piensa que la diversión por decreto es casi un imperativo. Pero esto hay que explicarlo, porque la filosofía bien es verdad que emparenta con la Feria. El bueno de Kant acuñó ese concepto del «imperativo categórico» para denotar todos aquellos mandatos o deberes que son universales y necesarios porque prescriben una acción buena, normalmente relacionada con el ámbito de la moral: «No debes engañar». Pues bien, en la Feria no sólo se prescribe la diversión -«Hay que divertirse»- con la misma fuerza que el imperativo kantiano, sino que, en plena celebración de la alegría, se adopta la fórmula de la ley universal por la que el filósofo alemán aconseja obrar según una máxima que pueda convertirse, al mismo tiempo, en ley universal: «Que todo el mundo esté alegre y se divierta». Así las cosas, cuántas formas hay de «vivir» la Feria. Están quienes la interiorizan con un genuino estado del ánimo y hasta en el ordinario ejercicio de sus faenas lo anuncian con un clavel en la solapa o unos lunares discretos en la indumentaria. A su manera, sí que son filósofos de la Feria porque su sabiduría está adquirida en las populares y sencillas maneras de apreciar cada día, y en la Feria algo más, el gozo de vivir. Están, a su vez, los que acuden a la Feria no por una natural disposición del ánimo, sino por las componendas del interés o el compromiso. Kant también reservó el carácter de «hipotético» para esos otros imperativos en los que prima el temor, o la conveniencia, al deber: «No engaño por miedo a que me descubran», «Voy a la Feria porque me conviene aparecer por algunas casetas». Y están, por último, los que llevan otra feria por dentro, más propia de la aflicción y el desgarro que de las castañuelas y la alegría. Para éstos, Kant pensó en la ley universal, pero él era, no se olvide, un filósofo idealista.