Jesús Martín Cartaya, el tiempo cofrade congelado

POR ÁNGEL PÉREZ GUERRAA Martín Cartaya la vocación de fotógrafo se le pierde en la memoria: «A mí siempre me ha gustado la fotografía, desde niño. Me he llevado 37 años en Cortefiel y cuando salía me

Jesús Martín Cartaya, el tiempo cofrade congelado

A Martín Cartaya la vocación de fotógrafo se le pierde en la memoria: «A mí siempre me ha gustado la fotografía, desde niño. Me he llevado 37 años en Cortefiel y cuando salía me iba a las conferencias, a las convivencias. No soy sólo el fotógrafo de la Cuaresma. Yo empiezo el 1 de enero y termino en diciembre. Después de Semana Santa hago el Corpus, las procesiones de impedidos... Todo eso lo he mamado desde chico. He tenido muy buenos maestros, Serrano el viejo, Juan, y el padre del Nene. Esos son los que me han enseñado lo que es Sevilla, la Semana Santa, los rincones. Me pegué un poco a Luis Arenas también. Me quería muchísimo. Aprendí mucho de él. Con él hice varios caminos del Rocío. Cuando me veía me decía «ya está aquí mi niño»».

Haber crecido entre conversaciones sobre cofradías marca: «Yo me he criado en un ambiente cofrade, indica Jesús Martín Cartaya. Como los Bienvenida en su casa se criaban hablando de toros. Mi padre, mi hermano Ramón, mi hermano Carmelo hacíamos la crítica de cómo iban los pasos, el cuerpo de nazarenos. Hay que ver cuando salió Santa Marta el primer año, que nos equivocamos todos, creíamos que iba a ser una cruz de mayo y qué pedazo de cofradía... Y además, criado en la hermandad de la O. Es el sitio donde yo aprendí a rezar, lo que era un candelabro de cola, todas esas cosas».

Enamorado del blanco y negro e incondicional del carrete, este autodidacta hace de la fotografía el centro de su vida de jubilado: «La fotografía me da la vida. Estoy poniendo bien el archivo, porque soy un desastre. Yo tenía las fotos de cofradías por cajas de zapatos, por bolsas. Pensaba «la Buena Muerte», y me iba a la bolsa de Segarra. El Viernes Santo, en la bolsa de Cortefiel. Ahora, parece que he enderezado un poco. Yo no estoy nunca aburrido. Un día digo «hoy me voy a dedicar a buscar en el Porvenir». Otro día me voy a ver la Madrugá. Esa es mi vida. Las fotos me traen muchos recuerdos. Yo antes hacía tres salidas al día, corriendo muchísimo. Ahora, con la masificación, no se puede hacer. Y sin coche. Yo coche no tengo.Yo el único coche que tengo para ir a mi casa es el de línea. Ni llevo tampoco reloj. Nunca he usado reloj, ni móvil. El que quiera buscarme, que me llame a casa. Cuando iba al trabajo, veía a las personas y sabía si iba temprano o iba tarde. Los programas de Semana Santa, por guardarlos. Nunca miro un programa. Digo «son las cuatro y cuarto, la Hiniesta va por las murallas de la Macarena», «las cinco y media de la tarde, la Carretería ya está entrando por la parte de Plaza Nueva». Cojo los momentos; yo nunca he visto una cofradía de cruz a palio, siempre he ido andando, sin meterme por en medio de los nazarenos, por el lado. Eso es una de las cosas que yo más he respetado en la Semana Santa de Sevilla, porque me enseñó mi padre. Eso del respeto a los penitentes...».

Echa de menos la Semana Santa del ayer. «En los tiempos que estamos -dice- la Semana Santa es una añoranza. Está descafeinada. Antes se veían las cofradías con reposo. Ahora todo el mundo va acelerado. A mis 69 años, el Viernes de Dolores ya hago mi croquis de cada día. Eso de coger por punta la primera hasta la última, se ha acabado. Me voy a la Campana, estoy con mis compañeros y doy mis recalaíllas».

Como hombre del ramo del textil, se fija, y mucho, en el atuendo: «Se va perdiendo todo, hasta el vestir. Yo tengo fotos de gente bien vestida. No el traje oscuro, que está para las funciones. Yo nunca me he puesto un Domingo de Ramos un traje oscuro; me he puesto un ojito de perdiz o un príncipe de gales. El Domingo de Ramos no es día de americana azul y pantalón gris, que se ven mucho. Yo en mis tiempos en Cortefiel hice una campaña; hablé con mi jefe y le pareció bien. Eran los años sesenta y tantos-setenta».

Martín Cartaya ha buscado siempre la «salsa» de las cofradías: «Mi fotografía es la de reportero gráfico, que es lo que no se lleva ahora. Los barrios tienen su ambiente. La Hiniesta, San Bernardo, el Cerro del Águila, el Tiro de Línea. Y personajes. Yo tengo muchísimos personajes de la Semana Santa, de Antoñito Procesiones a los Ariza, el Penitente, Rafael Franco, Bejarano, los Santizo, el maestro Tejera... La juventud ahora mucho leer. Saben de quién es el angelito y el dedo chico. Pero después les enseñas una foto antigua y no conocen a la gente».

Detallista, señala con el dedo las sombras: «Se están perdiendo muchas cosas. Tú antes veías la trasera del paso y allí iba el preste, por lo menos hasta la Catedral. Eso deberían llevarlo las hermandades en todos los pasos. Eso le da categoría y sello. O esa escalera metálica de magefesa,.. cuando siempre se han visto las escaleras forradas de terciopelo. Como se ha perdido en la cuaresma tapar los altares. En los nazarenos se ha perdido la hebilla, con la colección de hebillas que yo he visto puesta en la Madrugá. Son detalles que se han perdido. A mí me da pena».

«A pesar de todo, nunca la veré por televisión. La Semana Santa es para mí lo más grande, aunque algunas veces me entran ganas de irme a mi casa».

Los recuerdos se agolpan en este veterano de la fotografía cofradiera: «Yo he nacido en la calle Reyes Católicos número 8, donde la espartería de frente a Los Tres Reyes, no la de Alfonso del Río. Estoy bautizado en la Magdalena. Con 14 años cogí yo la máquina por primera vez. Era una Kodac de fuelle que me regaló mi padre. Todavía tengo clichés. A mí me viene la afición porque mi padre tenía una reunión cuando los Serrano tenían la fotografía aquí en la Avenida. Se juntaban el marqués de las Natillas, Martínez de León... y se iban a Casa Morales».

Pero no todo son hermandades en el quehacer de Martín Cartaya. «Yo me acuerdo -evoca- que mi bautizo de sangre fue el accidente del camión del Rocío que se cayó por las Doblas. Venían de la calle Parras. Me cogió que yo estaba con los Serrano, y me dijeron «niño, ¿te vienes con nosotros?» Yo les dije que sí, pero no me esperaba aquel bombardeo. Me llevé por lo menos una semana sin comer. Aquello fue una de las cosas que «me san quedao a mí grabás» para el resto de mi vida. Unas personas que iban a disfrutar y verlas muertas con la medalla de la Virgen del Rocío, y los trajes de flamenca, para mí fue un impacto bárbaro».

Imágenes comprometedoras

«También lo del día de la cabeza de la Buena Muerte. Me lo pidió nuestro diario ABC. Yo le dije que no lo daba. Yo tengo algunas cosas que no he dado ni las daré. Ésas las quemo yo, porque le voy a hacer mucho daño a las cofradías de Sevilla, y yo a las cofradías de Sevilla las quiero como mi casa. Yo sé que algunas fotos mías le harían mucho daño a la Semana Santa de Sevilla. Una imagen vale más que mil palabras, eso es una gran verdad. Te estoy hablando de los años sesenta y setenta. Insignias de... no quiero nombrar hermandades, porque las quiero todas, que cada uno imagine lo que sea, echadas en la pared con las varas y la gente tomando café con churros, con sus puros. Eso hace mucho daño. De desbandás de nazarenos tengo de escándalo. Pero de serias también, eh, no hablemos sólo de capa. Las tengo. Y de personas que tú dices, «¿pero este hombre aquí?». Hubo una revista que hace ya muchos años me ofreció mucho dinero por fotos de ese tipo. Le dije que no. Eso se lo comenté yo a Sánchez Dubé y el cardenal Bueno Monreal me lo agradeció muchísimo en Palacio, casi con las lágrimas saltadas».

El arsenal de anécdotas de Martín Cartaya es inagotable. Valga ésta como botón de muestra: «Salí en el Gran Poder seis años de cirial, de promesa, en los años setenta. Yo le decía a mi hermano: «Ramón, ¡qué pena de no saber escribir!» ¡Lo que yo viví en ese cirial!. Yo le decía a Santizo que quería ir en el último cirial, porque es la forma que la gente no te vean. Cuando yo llegué al Gran Poder, me puse delante del paso y ví a personas de la política, socialistas, comunistas... Me quedé helado. Ahí estaban, vestidos de nazareno y con dos lágrimas que se les caían por las mejillas. Y yo decía «¿esto cómo es?»».