Paisaje de paraguas desplegados, hinchas del Tottenham recluidos en ese «hospitality» levantado por el Ayuntamiento para evitar encontronazos entre culturas o en grupos dispersos por los bares «irlandeses» del centro y sagrarios abiertos a las tradicionales visitas de los fieles. Esos fueron los hilos conductores de un Jueves Santo que fue cuarteándose, como una fotografía vieja, a causa de una fortísima lluvia que hizo su aparición sobre las tres de la tarde.
El ambiente desapacible y frío que recorrió Sevilla de punta a punta no impidió, sin embargo, que la gente se echara a la calle con sus mejores galas de luto justo hasta ese momento, en el que, bajo el aguacero, en muchos bares se recogían los improvisados veladores y la gente se dispersaba buscando refugio bajo los toldos de los establecimientos y los voladizos.
La espantada general deslució ese mediodía clásico de Jueves Santo en el que, después de visitar los templos, las mujeres de mantilla -este año bastantes menos, quizá por el mal tiempo o tal vez porque vuelve a decaer la tradición- se dejan ver en los bares con sus trajeados acompañantes reponiendo fuerzas para afrontar la tarde y después la Madrugada.
No paraba de llover. La media hora de prórroga pedida por las Cigarreras fue un tiempo baldío. No saldría. Le siguieron Los Negritos, la Exaltación, Montesión, que también esperó en medio de una plaza de los Carros abarrotada de público heredado de las anteriores cofradías frustradas, también se decantó por quedarse en su templo y no arriesgar imágenes y enseres al castigo de algún chaparrón súbito.
Fueron decisiones llenas de cordura y de responsabilidad alabable por parte de las juntas de gobierno. Además de la realidad palpable de la lluvia que caía, jugaban con predicciones meteorológicas que iban desde el ochenta a incluso el cien por ciento de posibilidades de que cayeran tremendos aguaceros.
No obstante, la tarde deparó sorpresas como la resolución de la Quinta Angustia de hacer estación de penitencia, seguida por el Valle, con un cuarto de hora de demora en una jornada complicada por solaparse casi con la Madrugada. Pasión, la última del día atendió a la sensatez y a los recuerdos pasados, y optó por dejar al Señor en la Misericordia cuando falta un año para que vuelva a su templo de El Salvador.
La mañana, a pesar del frescor, no parecía guardar en su panza esa manta de agua y por unas horas, a falta del tópico sol refulgente que se le presupone, fue la de un Jueves Santo de Dios en los Sagrarios y de solapas orgullosas cuajadas con los colores incasables de esa flor imposible que forman los lazos de las visitas a los templos.
A vista de diablo cojuelo, Sevilla era una telaraña enmarañada de colas oscuras desde las puertas todas de las iglesias, no sólo de las de las cofradías del día y de la Madrugada. Miles de personas en San Lorenzo, en la Macarena, Triana... Filas de fieles en Los Terceros -con Santa Catalina, de nuevo, abierta reclamando atención desgraciadamente con poca fortuna-, en la Capilla de Los Ángeles, en María Auxiliadora, que llegaba desde Los Gitanos; en la Magdalena -aliviada con las patatas fritas de la esquina- ; en Montserrat, hasta la calle Bailén; en la Misericordia, donde la gente que quería ver al Señor de Pasión llegaba hasta los mismísimos champiñones de Jürgen Meyer y veían la cola en dirección contraria que nacía por Laraña en la Anunciación por para visitar a la bellísima Virgen del Valle.
Este ir y venir intenso denotaba tanto la atracción que ejerce sobre el turismo nacional y extranjero el reclamo de la Semana Santa como las ganas de disftutar de los sevillanos después de los atípicos días precedentes. Porque ayer, la ciudad, notó ya la llegada de turistas, se apreciaba incluso en el interior de la Catedral, donde a las cinco en punto, lloviendo en la calle, el cardenal, Carlos Amigo entonaba el «Gloria in excelsis Deo» en el inicio de los Santos Oficios, y la seo se veía inundada no sólo de los fieles que acuden a la conmemoración litúrgica de la Santa Cena, sino de gente que se resguardaba del agua y de extranjeros que pululaban con sus impermeables de plástico plegables y sus eternas cámaras de foto o vídeo un poco desorientados topándose con las vallas que dividen los espacios catedralicios.
El saldo del Jueves Santo, además de la división que, a buen seguro, se produjo en el alma de los sevillistas cofrades, incluye a los 4.000 hooligans que se quedaron pacíficamente en su gueto de cerveza, montaditos y fútbol, y al grupo disperso de éstos que desde un pub de la calle Alemanes coreaban lemas y eran respondidos por otro grupo de cocheros de caballos, vestidos con sus capotes de lluvia. Fue un incidente aislado y sin importancia.
La jornada se encuadró entre las puertas cerradas a las salidas, las salves y oraciones ante las imágenes titulares, la vuelta a montar, con pena y delicadeza los altares de insignias, las trabajaderas descarnadas, los nazarenos morado, blanco y negro guardando sus lágrimas bajo el antifaz al volver a sus casas, el triste racheo en el centro del silencio de los costaleros de la Virgen de las Lágrimas en la iglesia de Los Terceros. Sevilla se perdió esta espléndida Virgen, que ofrece una nueva visión tras la restauración de Pedro Manzano; no pudo ver tampoco los rostros de la Virgen de la Victoria y de la Virgen de los Ángeles, ni admirar al Cristo de la Fundación rodeado por esos macizos de espléndidas y perfectas esferas de rosas rojas, ni alcanzar el olor de los jacintos rosas y violetas, ni oir los rosarios, ni sentir la terneza doliente del Hijo de Dios.
Con un arreglo en el cielo y mucho frío, era la antesala de la madrugada más intensa. La Madrugada de la luna llena rezando porque se vaya la lluvia, que el cielo se vuelva transparente, que bajo el arco y la Resolana y sobre el puente de Triana ansioso por cimbrearse esté la Esperanza. Y que el Señor de Sevilla, más dulce que nunca, salga a guardarnos.
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