«Viva la Macarena que es lo más grande del mundo entero», dijo Matilde Grajea al llegar en su silla de ruedas a la cancela de la Basílica de la Macarena. Matilde, de 77 años, está impedida y vive desde hace seis años en la Residencia de Ancianas del Pozo Santo. Su sueño era ver a la Macarena y gracias a la Hermandad y a los trabajadores del Hotel Alfonso XIII que desarrollan allí su labor social lo ha cumplido.
Las hermanas del Pozo Santo querían darle una sorpresa. Le dijeron que iban a ir a la televisión a hacerle una entrevista. «Pero ella se dio cuenta», y se puso a decir: «Mi Macarena de mi alma».
Del Pozo Santo salieron dos coches. Uno el eurotaxi de Paco Oliva donde iba Matilde con la hermana Raquel y André Sabouret, el chef del Alfonso XIII. En en el otro iban la hermana Sacramento, Elisabeth Ojeda, gerente del Pozo Santo; Dionisio Ramos, jefe de compras, y Manuel Periáñez, macareno y portero del Alfonso XIII donde trabaja desde hace 39 años.
En la puerta de la Basílica, junto al teniente de hermano mayor Manuel García, y al hermano Antonio Muñoz, muy ligadoa la obra social de la Hermandad, aguardaban otras dos trabajadoras del Alfonso XIII, la responsable de Formación, Tania Mira y la relaciones públicas, Inmaculada Barbadillo.
Matilde, que fue recibida con un ramo de flores que luego entregó a la Macarena, estaba muy emocionada. Suspiraba y decía «qué cosa más grande». Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo y pendientes con perla. Iba muy arreglada pero eso sí, en zapatillas. Cuando dijo que se podía morir «ahora mismo» la hermana Raquel le contestó: «¿Con lo que estás luchando ahora te quieres morir?». Dijo que todo el camino habían cantado sevillanas de la Macarena, pero que se había emocionado cuando se iban acercando y «se ha derrumbado».
«No tengo palabras»
Matilde nació en la casa de vecinos que había en el número 1 de la calle Juan de Oviedo. Daba a esa calle, a la Alameda y a Jesús del Gran Poder. Sus padres criaron allí a sus cinco hijas. Con sólo siete años Matilde se quedaba al cargo del puesto de prensa que regentó luego en la esquina de la Alameda con Peris Mencheta: «Yo le decía a mi madre que se fuera traquila a la plaza que yo sabía despachar y dar la vuelta. Y si tenía duda se lo preguntaba a Papá Juan el de los carrillos». Matilde vivió allí hasta hace seis años en que cayó enferma. La llevaron a San Lázaro y al saber que estaba impedida le dijo a su cuñado que le buscara un sitio bueno para vivir: «Y me buscó uno bien bueno, el Pozo Santo. Llevo allí más de seis años. Estoy muy contenta. Me quieren todas y yo a ellas». Recuerda que conoció a Chicuelo y a Paquirri, que fue delantero del Betis.
Había momentos en que se quedaba callada y decía: «No tengo palabras», incluso comentó que no le importaba «ni almorzar». Su devoción a la Virgen es muy antigua, fue hermana, aunque también quiere mucho «a mi Gran Poder y mi San Francisco Javier».
Al llegar a los pies de la Virgen, Matilde comenzó a gritar «Guapa, guapa, guapa . Madre mía cuantos añitos he estado sin verte». También decía «Madre de la Macarena y Madre Mía. Si Dios me da salud que las almas caritativas me traigan otra vez» y pidió salud para todos antes de rezar la Salve.
La Hermana Raquel alabó a los trabajadores del Alfonso XIII: «Lo que han hecho con ella y lo que están haciendo con nosotras». El Hotel desarrolla desde el día 12 una importante labor social en el Pozo Santo. Proporciona a sus trabajadores la posibilidad de realizar allí la jornada laboral, de forma voluntaria. Les han dado ocho ordenadores, así como ropas de cama nueva. sábanas, mantas, arreglan enchufes y hoy les van a pintar. Ya han ido muchos empleados, entre ellos el director, Carlo Suffredini.
Con una pena se quedó ayer Matilde: no poder ver su puesto por las obras de la Alameda.