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Los Molares: El viejo comerciante de la seda

Vista del Mercado Medieval desde el castillo

ACERCARSE a la villa de Los Molares, en pleno corazón de la Campiña sevillana,(junto a la carretera A-376, Sevilla- Ronda) supone descubrir un pequeño caserío con un enorme castillo de origen medieval, donde además de vivir ilustres personajes como el poeta renacentista Baltasar de Alcázar, que ejerció como alcaide de la fortaleza durante más de una década, (a finales del XVI), se celebró una importante feria paños y sedas, durante varios siglos, que atrajo a mercaderes de toda Europa.

Resulta interesante contemplar la enorme Torre del Homenaje, desde la plaza de la Mancomunidad, donde los lugareños relatan viejas historias sobre el origen de la población. En el enclave que ocupa la fortaleza, según cuentan, se encontraba El Molar, una dehesa que Fernando IV regaló a Lope Chico, en agradecimiento por la conquista de Gibraltar. Más tarde, la finca pasó a manos de don Lope Gutiérrez de Toledo, primer señor de Los Molares, que mandó construir el castillo en 1.336. El fortín fue vendido cien años después a la familia Ribera, convirtiéndose en cuartel de los ejércitos andaluces que lucharon contra el rey moro de Granada.

Llama la atención en el escudo de Los Molares, la cabeza de jabalí debajo del castillo. La explicación de esta figura se debe, según la tradición, a que los jabatos, abundantes en la zona, iban a amolar sus colmillos antaño con las piedras del citado monumento. De ahí, surgió el nombre del pueblo y la presencia en su heráldica de este mamífero, mientras que otras leyendas aluden, a galerías secretas que comunican la fortaleza molareña con el castillo de las Aguzaderas, en la vecina localidad de El Coronil.

En la parte sureste de la muralla, el visitante encontrará la iglesia parroquial de Santa Marta, bello edificio de estilo mudéjar, en el que se ha recuperado el artesonado de madera de su nave central y algunas capillas laterales. Posee además una torre situada a la derecha del pie de la cruz que forma el trazado de la iglesia, con adornos renacentistas alrededor de las aberturas del cuerpo de campanas En su interior se venera a la Patrona, titular de la parroquia, cuya devoción, con más de siete siglos de antigüedad, se renueva cada año los últimos días de julio.

Pero sin duda, uno de los acontecimientos que los molareños llevan a gala y les gusta rememorar ante el viajero, es la antigua feria de la seda, desaparecida hace siglos, en la que se podían imaginar caravanas de camellos, monjes misioneros vestidos de azafrán, y decenas de mercaderes transportando fardos de sedas, paños y brocados. «La afluencia de tratantes y compradores a la cita anual, convertía a Los Molares-durante varios meses- en un centro de trueque y transaciones comerciales de gran envergadura, especialmente para el comercio con las Indias», según afirma el historiador Antonio Moreno Curado.

Para conmemorar la tradición, este fin de semana la localidad sevillana celebra el tercer Mercado Medieval en el entorno del castillo, donde, ataviados de época se instalarán comerciantes, artesanos, arrieros, cetreros, músicos, titiriteros y juglares, entre otros personajes, que recuperarán aquellos versos del Romancero General, recitando «...¿Qué brocados me vendió/ en la Feria de Los Molares/ ¡Y qué ganados en Ronda!/ ¡Y en Sevilla qué solares!...».

A la hora de comer, aguardan al caminante manjares elaborados con recetas antiguas como «la paella de garbanzos» de chícharos, arroz, magro, morcilla, chorizo y tocino, o los asados de carne que gozan del mismo prestigio que los que se elaboran en los hornos castellanos, como el «cordero lechal» de Casa Manolo, restaurante ubicado en el interior del castillo, o los platos de «caldereta» y «carrillada» del establecimiento Los Monos, situado a la entrada de la localidad. Todo ello, acompañado del exquisito pan de pueblo, picos y bizcochos con ralladuras de limón, productos que por su elaboración artesanal gozan de fama en la comarca.

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