La ciudad sabe que es afectiva hasta los tuétanos y esta peculiaridad le facilita poder reconciliarse consigo misma.
En el fondo, es como niña que añora el regazo de su madre y eso le hace verse como buena gente. Conoce de ella que posee todos los defectos del mundo, pero también se sabe cariñosa.
Y el calor del cariño es gloria bendita para un mundo cada vez más frío.
Si Sevilla no existiera habría que inventarla. En la tierra hay demasiado distanciamiento entre personas, excesiva independencia y aquí se intenta aprender desde chico la cultura de la bulla, del apretujón, del achuchón y del abrazo. Cierto que a veces, en demasiadas ocasiones, se estereotipa el hecho quedándose vacío de contenidos, pero no menos verdad es que su interior constituye una desesperada búsqueda de amor y de cariño.
Barroquismo puro de un alma que se mueve a ras de suelo pero con necesidades de subir al cielo.
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