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Piratas del Caribe

Las arcas del Rey Felipe IV no ingresaron ni un doblón a causa de la derrota del general Bazán./ABC

La bahía de Matanzas es amplia, despejada y con un turquesa intenso en sus aguas que parece dibujada por un pintor naif. Se la encuentra el viajero que decidió acceder por tierra al paraíso tropical de Varadero, donde la piña colada y el mojito son los achispados acompañantes de un turismo relajado que los disfruta bajo los cocotales de la playa. Justamente en esa bahía de Matanzas que hay que cruzar obligadamente para llegar a Varadero, es donde el pirata holandés Piet Heyn entró en la historia de la marina universal a bordo de un bajel de oro y plata español.

La vida de este holandés para nada errante es propia de la época. De una época que dividía a sus hombres en dos partes diferenciadas: los que se embarcaban y los que permanecían en tierra. Heyn fue, entre los primeros, de los más grandes, hábiles y osados hombres de mar de su tiempo. Podría decirse sin exagerar mucho que el pirata holandés pertenecía a esa estirpe de hombres que se marean en tierra, que no pueden con el movimiento terrestre. Necesitaba de la «estabilidad» de su barco, de la estomagante familiaridad de la marejadilla. Antes de dar el golpe del siglo fue corsario, contrabandista y pirata.

Heyn conocía muy bien a los españoles. Años antes de entrar en la historia por la puerta grande de la bahía de Matanzas, fue capturado y cumplió condena en el Castillo del Morro (La Habana) y cuatro años los echó amarrado al duro banco de una galera que nunca debió verla turquesa. La suerte le sonrió cuando gracias a un intercambio de prisioneros quedó libre y regresó a Holanda. Es posible que con conocimientos y claves decisivas para establecer en un futuro próximo una estrategia tan exitosa y rotunda como la que desplegó aquel septiembre de 1628 tan cerca de Varadero. De la habilidad marinera y su osadía para el corso habla su cargo de almirante de la federación de Países Bajos que, con el botín expoliado a los españoles en la bahía de Matanzas, sufragó la ocupación de la plaza de Salvador de Bahía, en Brasil.

En realidad Heyn no tuvo que medir la altura de su pericia marinera y habilidad pirática frente al general Juan Benavides Bazán. El marinero español no le dio oportunidad. Heyn le cerró la entrada a la bahía de La Habana, último puerto americano en el tornaviaje de la flota española, obligando a los barcos imperiales a buscar el amparo del puerto de Matanzas. Pero allí, bien por la impericia de Benavides, bien por desconocimiento de la rada matancera, la flota española varó. Y los barcos, junto con el tesoro que transportaba para las arcas de Felipe IV, fueron saqueados sin la más mínima defensa. Benavides huyó hasta la Habana, donde fue hecho prisionero y trasladado a Sevilla. Y los marineros de tan incapacitada flota corrieron tierra adentro, donde, sin dudas, entendieron que era más ventajoso salvar el oro de sus vidas vida que la plata del rey. El historiador cubano Manuel Moreno Fraginals comenta en su libro «España-Cuba, Cuba-España. Historia común» que aquella que mandaba Benavides Bazán «fue la única flota española atacada con éxito y robado íntegro su tesoro».

Benavides Bazán no fue un mando adornado con grandes méritos como navegante. El mismo Moreno Fraginals indica que «nunca había tenido encuentros importantes en el mar». Y añadimos que, para una vez que lo tuvo, más le hubiese valido no tenerlo con semejante pirata del Caribe. No obstante, Benavides, no era un chupa charcos y pertenecía a uno de los núcleos familiares españoles vinculados con el mar y con la fabricación de barcos más poderosos de la época. Entre sus ascendentes figura, nada más y nada menos, que Álvaro de Bazán, su tío abuelo, hombre que lo mismo desempeñaba la capitanía general de la Mar Oceana, que socorría Malta, ganaba para la corona la isla Terceira, derrotaba a los franceses en aguas gallegas o intervenía en Lepanto de manera decisiva. Nada que ver entre el abuelo y el nieto. El día y la noche.

Benavides fue ahorcado, como un vil ladrón, un 18 de mayo de 1634 ante una muchedumbre compuesta, en su mayoría, por gente de la mar que abarrotó la Plaza de San Francisco sevillana. Fue tal el impacto emocional y económico de la vergüenza de Matanzas que, en el juicio a que fue sometido, la acusación pidió la horca para tan poderoso personaje «no por la pérdida del tesoro, sino por haberlo perdido sin pelear...» Al rey Felipe IV no debió temblarle la mano cuando firmó tan infamante final para un español perteneciente a una familia que había servido (y muy bien) a la Corona desde la época de los Reyes Católicos. Al fin y al cabo había manchado el honor de la misma y a la caja fuerte del Rey no llegó un mísero doblón de aquella flota. Los niños holandeses aún hoy recuerdan la gesta de Heyn cantando: «su proeza es grande; porque apresó la flota de la plata» En honor de tan rentable acto pirático, los holandeses acuñaron varias medallas conmemorativas que son las primeras en las que aparecen los nombres de Cuba y Matanzas. No figura el de Sevilla, que fue la tumba final de un marinero con más nombradía que hombría.

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