Accede sin límites

Suscríbete

Sabino, el hombre de «armas y letras»

LA Fundación Antares Foro es una entidad que nace de la sociedad civil, cree en ella y premia su defensa y fortalecimiento.

Son las fundaciones y las asociaciones las que articulan una España deficitaria en sociedad civil, escasa de entes intermedios -entre la persona y el Estado- y sobrada de sector público, culpa de la propia debilidad de aquella sociedad civil, que todo lo pide y todo lo imputa al Estado, desde el maná de las subvenciones y la responsabilidad por pérdidas de las empresas privadas hasta la seguridad personal de la «nómina» pública, el «cobro, luego existo» que «enunciaba José Mª Navarrete, la empleomanía» o el «covachuelismo» que como síntomas de «pobreza y atonía» del pueblo denunciaba entre nosotros el maestro García Oviedo.

La «España invertebrada» diagnosticada por Ortega corre el riesgo de agravarse, al añadírsele la fragmentación del Estado, en una España descoyuntada. Pero es en la base donde radica el mal y, a la vez, se encuentra la salvación: en el pueblo, en los ciudadanos, en las relaciones inter privatos. Nuestra Fundación, consciente de que esa tarea colectiva -social- es, en definitiva, obra de personas -las naturales antes que las jurídicas- exhorta, impulsa, fomenta y premia esa labor individual a favor del interés social, del individuo a favor de la sociedad de la que forma parte.

El símbolo del «Premio Encuentros 2000» es un candelero, que está en el origen de la cultura de Andalucía, en el arte de Tartesos. No un candelabro, que es soporte de una pluralidad de velas, sino un candelero, un velón que sustenta una sola. Es como la lámpara de Diogénesis. Salía éste de su tonel -la «solución habitacional» del filósofo griego- con una lámpara, para buscar en plena luz del día y en la oscuridad de la inmensa muchedumbre un hombre, un hombre bueno y justo.

Al Jurado que he tenido el honor de presidir (lo es presidir al Vicepresidente del Tribunal Constitucional, a los dos Rectores de Universidades sevillanas, a ex-presidentes de la Junta de Andalucía, a un ex-rector y ex-ministro, a una ex-secretaria general y a los representantes de nuestro patrocinador, La Caixa, y nuestro colaborador especial, el Instituto San Telmo) le ha sido fácil encontrar en esta edición del Premio a ese hombre bueno y justo.

La defensa de la sociedad civil es la promoción de los valores que deben presidirla y que se resumen en la convivencia. La sociedad civil es un proyecto de vivir juntos, que supone tolerancia, diálogo, cultivo de vínculos que unen sobre diferencias que separan.

Sabino Fernández Campo es adalid de esos valores cívicos, fiel servidor del Estado y de la sociedad. De muchacho, casi un niño, este asturiano de 18 años empuñó las armas en aquella guerra que, como escribió nuestro primer premio, Julián Marias, fue la radical expresión activa y demoledora de la «voluntad de no convivir». La guerra dividió al pueblo español en dos bandos que parecían excluyentes e irreconciliables; pero la juventud que protagonizó la contienda, idealista y generosa en ambos bandos, entendió que aquella tragedia histórica no se podía repetir y que los españoles estábamos condenados a convivir. Me refiero a la juventud, no a los políticos ni a los militares que dirigieron la guerra, sino a quienes la hicieron por ideales, la juventud sana y generosa. Acabamos de sufrir las últimas bajas de seis jóvenes idealistas -uno de ellos sevillano-, ejemplo de esa generosidad, que dieron su vida mientras los políticos discuten si la perdieron en acción de guerra o de paz. En el toque castrense de oración, vaya con la nuestra el recuerdo agradecido y emocionado de esta sociedad civil.

Sabino Fernández Campo termina de teniente la guerra cuando ha luchado los tres años en el bando victorioso y aprende la gran lección histórica del «nunca más». Pertenece a una generación que no necesita lecciones de «memoria histórica» porque se las sabe de memoria y conoce lo que en esa nueva pedagogía hay de impostura o de engaño para ignorantes o incautos. Sabino Fernández Campo aprendió la gran lección en plena juventud y a su servicio ha dedicado toda su vida, en su doble condición, civil y militar, porque en su rica personalidad se funden las dos caras de «armas y letras», con un currículum impresionante en ambas vías. Licenciado en Derecho, ingresó muy joven en el Cuerpo de Intervención Militar (1941). Jurista de prestigio, Académico de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, correspondiente de la de Jurisprudencia y Legislación, de honor de la de Doctores y de la de Medicina de Asturias y León, en la vida militar alcanzó el generalato en 1974, ascendió a Interventor General del Ejército en 1980, y en 1993 se le concedió el empleo de Teniente General Honorífico.

Este soldado jurista completó con la llegada de la Monarquía su brillante hoja de servicios. Añado, de excepcionales servicios. Coincidí con él -permítanme la referencia personal- en una ocasión histórica de nuevas ilusiones: de Subsecretarios en el primer gobierno de S.M. El Rey; él, de Presidencia, yo, de Educación. En un momento en el que no había Secretarios de Estado ni Consejo de Subsecretarios, Sabino Fernández Campo hizo uso de su auctoritas, «mayor en edad, saber y gobierno», y nos dirigió a los más jóvenes y menos sabios, en aquellas convocatorias del Palacio de la Presidencia, en Castellana. Excluido quien les habla, un brillante plantel de Subsecretarios -Marcelino Oreja, Marcelino Cabanas, José Ramón Ávarez Rendueles, Basanta, José Manuel Romay, Gabriel Cañadas, Luis Ortíz, Ignacio Bayón..., entre los «civiles»- recibió de nuestro maestro otra gran lección: que no estábamos allí sólo para despachar expedientes administrativos, sino para preparar una transición política y una reconciliación nacional en un momento clave en la historia de España. Él contribuyó decididamente a ese empeño, que se consiguió y que no debe perderse nunca.

En el primer gobierno del Presidente Suarez, desempeña la Subsecretaría de Información y Turismo. El paso decisivo para su servicio a la Corona lo da en octubre de 1977, cuando ocupa la Secretaría General de la Casa de S.M. El Rey. Más de doce años en un puesto clave; tres más (de enero de 1990 a enero de 1993), en el de Jefe de la Casa. Quince años al lado, junto a Don Juan Carlos, como la sombra sigue al cuerpo, pero no una sombra negra y silenciosa; al contrario, un haz de luz que ilumina, como nuestra lámpara, que alumbra, que acompaña. Su Majestad lo expresó hace poco, cuando se ofreció a Sabino Fernández Campo una cena homenaje tan numerosa como fervorosa, en la carta que le dirigió y que el destinatario tuvo el buen tino de leer en público: «juntos hemos atravesado muchos caminos». Juntos, en la unión de la lealtad, la que obliga a servir con el buen consejo, que la adulación ni es leal ni es buena. Sabino ha sabido servir con la palabra y con el silencio, con la sinceridad y con la cautela, con la subordinación y con el cumplimiento de buena fe de las obligaciones de su cargo. Los españoles conocemos suobra e intuimos lo que encierran sus silencios; por eso lo respetamos, lo admiramos y hasta lo premiamos.

En los silencios de Sabino Fernández Campo hay «episodios nacionales» condicionantes de nuestra historia: la transición, el reconocimiento del PC, la dimisión de Suarez, y, sobre todo, su papel de sombra luminosa en el 23-F encierran zonas de misterio que Sabino conoce y no ha desvelado, «cabos sueltos» que él puede atar y ha callado, aunque haya escrito. Alguna vez he hablado jurídicamente de la «hermenéutica del silencio», la interpretación de quien calla o guarda lo que escribe. En el silencio radica otra de las virtudes de esta personalidad.

La semblanza no puede, sin embargo, silenciar otra dimensión vital del premiado, otra virtud: el árbol robusto crece poderosamente hacia el cielo porque hunde raíces en su tierra, y la virtud de Sabino es su asturianidad, el amor a su patria chica, su identidad en los valores que adornan a ese admirable pueblo, tan lejano geográficamente, tan cercano en afectos a Andalucía: Asturias, de la que es Hijo Predilecto, Medalla de Oro de su gobierno autónomo y de su capital, Oviedo, consejero permanente de la ejemplar Fundación Prícipe De Asturias -su dedicación preferida en la actualidad- y miembro del Cuerpo de la Nobleza de Asturias.

Nobleza, porque Sabino Fernández Campo es Conde de Latores con Grandeza de España. Y aquí puedo resumir sus méritos: es un grande de España; pero es algo más, es un gran español.

La lámpara de Diógenes ha encontrado al hombre.

Este contenido es exclusivo para suscriptores

Accede sin límite a todo el contenido