ALFREDO VALENZUELA
-¿Cuántos libros ha escrito?
-Diez.
-¿Por qué dejó de escribirlos?
-Decía Borges que imaginar un libro es divertido. Pero que escribirlo es una exageración. Yo no he dejado de escribir, aunque escriba menos. Lo que sí es seguro es que he dejado de publicar, voluntariamente, desde 1984. No me gustaba nuestro panorama editorial ni el de la crítica literaria. Coincido con Caballero Bonald cuando dice que también somos los libros que no escribimos. La lectura es otra forma de escritura y creo que en ese punto son pocos los que me ganan.
-De haberlo sabido Vila-Matas, le hubiera incluido entre sus «Bartleby».
-Yo no soy Bartleby. Me siento más Pierre Menard a punto de escribir El Quijote.
-¿Por qué nunca habla de sus libros, hasta el punto de que gente que le trata desde hace años o trabaja con usted desconoce esa faceta?
-Eso es una leyenda. Y como todas las leyendas es verdad y no lo es.
-Biografió a Fraga ¿Cómo le fue?
-A Fraga no me une nada y me separa todo. Me pareció un personaje lampedusiano, es preciso que todo cambie para que todo siga igual. Lo que, en parte, ha sido cierto. Fue exquisito en su trato conmigo, aún a sabiendas de que mi libro estaba escrito a la contra.
-También escribió sobre Ruiz-Mateos ¿qué es lo más fascinante del personaje?
-Yo pensé encontrarme con un magnate de Fitzgerald. Y descubrí a un castizo de Arniches. Es un producto típico del tardofranquismo, esa etapa tan oscura.
-¿Cree que hay algún concurso literario, de los conocidos, que sea limpio?
-Naturalmente que los hay. Yo mismo soy jurado de algunos.
-¿Le gustó el artículo de Anson sobre el premio Fernando Lara, el mismo día que se fallaba el premio?
-Me pareció una rabieta a destiempo.
-Usted fue vecino de Cesar González-Ruano ¿le invitó a alguna de sus tertulias?
-Ruano no invitaba ni a tabaco, imagínate. Pero los jóvenes aspirantes a escritores y periodistas íbamos a verlo. Yo, fascinado por el mal que representaba. Ruano iba, por entonces, a dos tertulias. Una en el Teide, y otra en el Pon Café. Al Gijón ya no iba, cuando yo lo conocí. Nunca quedó claro si lo echaron o se fue en solidaridad con un secretario suyo al que llamábamos, por su belleza, Marinín Monroe. De González Ruano se contaban historias terribles. Casi todas las han contado Cansinos, Haro y Pardo. Y digo casi todas porque algunas son impublicables. A mí siempre me pareció un ser abyecto y un pésimo escritor.
-¿Y como articulista?
-En el sentido moderno de la palabra, Ruano nunca fue periodista. Lo fueron Corpus Bargas, Gaziel, Chaves Nogales o Plá. O José María Massip, que estuvo con Azaña y con Franco. O Manuel Aznar, que sirvió a la Republica y a la Dictadura. Ruano era un escritor «en» los periódicos y no «de» los periódicos. Y su estilo, al menos desde el final de la guerra civil hasta su fallecimiento, fue tramposo, ocultando la realidad española y agradando a una burguesía vencedora y despreocupada. Le pongo un ejemplo: todos los años escribía un artículo sobre la llegada de las castañeras al invierno madrileño. Le interesaba el hecho estético y costumbrista, pero nunca supimos nada sobre la vida de esas vendedoras. Le importaba un carajo. Fue el tuerto en un país de ciegos.
-No obstante, fue un hombre generoso con los escritores que empezaban, leía a los noveles, abría puertas...
-Hasta donde yo sé, Ruano y la generosidad fueron incompatibles.
-¿Coincidió allí con Cela?
-A Cela lo conocí en El Gijón. Pero lo traté más asiduamente después en su casa de Ríos Rosas o en otra posterior que tuvo en Torres Blancas, donde también estableció la sede de la Editorial Alfaguara, propiedad suya en aquella época. Unos pisos espléndidos. Yo traté a dos Camilos: el payaso mayor del reino, una especie de gran bufón del General capaz de las mayores barbaridades, inimaginables, en público. Y otro, el hombre callado y educado en su casa y a solas, que se interesaba por mis cosas y me recomendaba esto o aquello. Nunca entendí esa dualidad, que, a mi juicio, lo anuló como persona y como intelectual.
-¿Cuál de ellos, Cela o Ruano, era mejor persona?
-Un poquito mejor Cela. Lo que tampoco era muy difícil conociendo al otro.
-¿Qué tal se ha llevado con Umbral?
-Con Umbral es difícil decir si eres amigo o no. Basta que lo digas para que te lleve la contraria.
-¿Cuál de esos tres le parece el mejor escritor?
-Ninguno de los tres es el mejor escritor. Digamos que el menos malo fue Cela. «La Colmena» sigue siendo una buena novela. No tanto como el se creyó y le hicieron creer los palmeros que le acompañaron toda su vida y que lo apuñalaron en cuanto que se murió. Estamos hablando de una época tristísima de nuestra literatura.
-¿Qué es lo más patético que ha visto en un gran hombre?
-La sumisión ciega al poder. A cualquier poder. Sea del color que sea.
-¿Ha constatado si para vender un millón de ejemplares hay que ser un buen escritor?
-Le doy dos nombres y usted elige: Dan Brown y Gabriel García Márquez.
-¿La mejor literatura se hizo alguna vez en los periódicos?
-Nunca.
-¿El nuevo periodismo es un invento americano?
-Ya quisieran.
DÍAZ JAPÓN
José María Benítez en un momento de la entrevista
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