Prueba

Volkswagen T-Cross 2019: algo más que un Polo SUV

Probamos el nuevo todocamino urbano, fabricado en Pamplona, que demuestra agilidad y presume de espacio bien aprovechado

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Ha sido el último en llegar, pero tiene cualidades para llegar a lo más alto. Volkswagen presentó a finales de 2018 su nuevo T-Cross, fabricado, como el Polo, en la factoría navarra de Landaben. Sus dimensiones y su lugar de nacimiento hacían presagiar que se trataría de una opción alzada del histórico modelo de la marca, pero su prueba dinámica permite comprobar que ofrece también otras cualidades.

El T-Cross viene a cubrir el segmento que más crece, el de los SUV compactos, llegando a un público heterogéneo pero con un punto atrevido. Ello explica su estética, inspirada en los todocaminos grandes de la marca como el Tiguan pero más atrevida, una paleta de colores más colorida y una zaga protagonizada por una tira que unifica los grupos ópticos traseros.

Aunque su mayor altura libre ofrece más posibilidades de abandonar el asfalto que el Polo, su principal territorio es la ciudad. En ella lo importante es ofrecer una buena habitabilidad con unas dimensiones contenidas que faciliten maniobrar y estacionar. Una premisa que el T-Cross cumple con nota: es difícil encontrar 4,11 metros mejor aprovechados, puesto que la habitabilidad es buena tanto en las plazas delanteras como -no tanto, evidentemente, en las traseras- y el maletero, con hasta 455 litros, supera a los de competidores incluso de segmentos superiores. También juega a su favor la altura, que no se pierde en diseños extraños en las plazas traseras, y la banqueta trasera desplazable hasta 14 centímetros, que permite ganar maletero o habitabilidad en función de las necesidades del viaje. Con la banqueta desplazada al máximo la capacidad del maletero se sitúa en 385 litros.

Además de espacio, el interior está bien pensado, con todo a mano y mandos propios para la climatización en nuestra versión con acabado intermedio Advance, en lugar de tener que recurrir a la pantalla de infoentretenimiento, que por otro lado es de buen tamaño (8 pulgadas) y definición, con compatibilidad para Android e iOS. Los sensores de aparcamiento delanteros y traseros, incluidos en nuestro acabado, facilitan también mucho maniobrar, y también son de agradecer el asistente de mantenimiento de carril Lane Assist y el avisador de obstáculos Front Assist, de serie desde el acabado de acceos Edition junto al volante multifunción.

En el interior todo está bien rematado, pero no deja de ser plástico duro, aunque el volante de cuero de nuestro acabado mejora la percepción, así como algunos cromados en torno a la palanca de cambios y las inserciones estilo carbono del salpicadero; mientras que la presentación de los posavasos centrales, rematados con un plástico poco atractivo, deslucen un poco. El cuadro de instrumentación es analógico, reservándose el Digital Cockpit al acabado superior Sport, que también incorpora faros de LED.

Nuestra unidad estaba equipada con un motor gasolina 1.5 TSI de tres cilindros y 95CV, que pese a ser el propulsor de acceso mueve de maravilla al T-Cross: es agradable de usar y de escuchar, flexible y de buena respuesta incluso en situaciones de necesidad, siempre que se juegue un poco con el cambio.

En nuestro caso, manual de cinco velocidades: aunque una sexta mejoraría algo el consumo -en el entorno de los 6,5 litros en condiciones reales de conducción- no se echa demasiado en falta. Y es que, pese a su aspecto, el T-Cross es apenas 95 kilogramos más pesado que el Polo, superando por poco los 1.200 kilogramos. Su mayor altura tampoco supone un gran obstáculo a nivel dinámico, siempre teniendo en cuenta las especifidades de su diseño, puesto que ofrece bastante aplomo en carreteras viradas; mientras que la suspensión sujeta bien la carrocería y su tarado hace que la marcha sea confortable sin resultar demasiado blanda.