Una riqueza cultural para disfrutar
Una riqueza cultural para disfrutar - BARCA

Una riqueza cultural para disfrutar

El campo español es algo más que un lugar por el que ir a montar en bicicleta o a comer tortilla

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Hoy ponemos en marcha un proyecto diferente. ABC da cabida aquí a una nueva sección que aspira a ir contando a los lectores que viven de espaldas al campo la enorme riqueza del medio ambiente español, de nuestro mundo rural, las tradiciones de nuestro campo, sus nombres vernáculos, su toponimia... Somos muchos los que creemos que detrás de nuestro «Patrimonio natural» hay un enorme patrimonio cultural, unas profesiones y usos tradicionales, una gastronomía y otros elementos que están mucho más en peligro de extinción que el lince ibérico.

Ésta va a ser una página coral, elaborada en sus escritos e ilustraciones por un grupo de personas del campo español que quieren defender sus tradiciones y su cultura, su creación de riqueza medioambiental, su contribución a la fijación de sus poblaciones en zonas generalmente marginadas y despobladas. Aspiramos a hacer reflexionar sobre hechos con frecuencia olvidados como el que la dehesa es un ecosistema creado por el hombre en la Península Ibérica. Por desgracia hemos llegado a un punto en que hay que recordar que de esa dehesa sale el jamón de bellota antes de llegar al supermercado. Pero, además, la dehesa es aprovechada por todo tipo de ganado, de especies de caza y especies no cazables que tienen el máximo interés. Baste como ejemplo mentar el águila imperial, el buitre negro o la cigüeña negra.

Cuando se habla de campo en España es imprescindible hablar del agua, bien fundamental que es escaso en algunas zonas y épocas y abundante y desbordante en otras. Pese a los intentos habidos, España no ha sido capaz de implementar un plan nacional de trasvases. O decisiones sí implementadas con consecuencias muchas veces no explicadas. Como la Red Natura 2000, que afecta a un 30 por ciento del suelo español, con limitaciones de uso y sin compensación alguna, pese a que España es el país de la UE con el mayor compromiso pactado en este importante Protocolo de Conservación.

Esta falta de compensación es algo que es muy importante dar a conocer, porque es poco sabida la sensación de soledad que afecta, por ejemplo, al propietario forestal que tiene que tomar decisiones a cuarenta o más años vista. Unas decisiones que están sometidas a la incertidumbre de las iniciativas políticas futuras que son imprevisibles en lugar de responder a la lógica, a los grupos de presión, a los cambios ministeriales, de las consejerías autonómicas y sus ayuntamientos... sin olvidar las plagas, las sequías, los incendios, las expropiaciones... y todo para dejar un patrimonio natural a los hijos o nietos si hay un poco o un mucho de suerte...

Y lo que hace referencia a la riqueza forestal y agrícola es extensible a la ganadería. En España hace 30 años no había lobos al sur del río Duero y por ello se prohibió su caza en toda la España que está en la margen izquierda de ese caudal. Pero tres décadas después el lobo hoy se extiende por toda Castilla y León y los ataques a las ganaderías de provincias tan meridionales como Ávila generan destrozos que son compensados tarde, mal o nunca. Pero el ecologismo selectivo defiende la vida del lobo antes que la de los corderos. Y esto no es una metáfora, es un hecho. La historia se repite...

España también tiene 164 especies autóctonas domésticas, un patrimonio de los principales del mundo, de las que casi un 80 por ciento están en peligro de extinción.

En fin, esta sección que aspira a citarse con los lectores los primeros viernes de cada mes tiene como meta hacer ver que el campo español es algo más que un lugar por el que ir a montar en bicicleta o donde ir a comer una tortilla (española, por favor) los domingos. El campo puede y tiene que ser también una colección de sensaciones, olores, colores, sonidos y vistas que se pueden disfrutar solos o en compañía. Un lugar en el que los urbanitas podemos aprender mucho de la vida. Yo todavía recuerdo cómo con cuatro o cinco años jugaba con mis hermanos y primos junto al arroyo del Alpuébrega cuando mi abuela Gabriela vio una serpiente acercándose a nosotros. La cogió con sus manos enguantadas y la azotó contra un árbol hasta matarla. Después la hizo un nudo en la rama del árbol y durante el verano vimos cómo se iba corrompiendo. Al año siguiente el esqueleto desnudo de la serpiente testificaba el paso del tiempo, de la vida, de la muerte.

Publicado en ABC el viernes 1 de septiembre de 2017