QUEMAR LOS DÍAS
Anda, levántate
La vida es un regalo cabrón, pero es lo único que tenemos
No sé a quién le leí que introducir sueños en las novelas era un recurso de escritores perezosos. En la vida real es distinto: de repente, un sueño te golpea con tanta contundencia que despiertas y vas recorriendo el día con la sensación de que ... ese sueño resulta más real que cualquiera de tus experiencias de la jornada.
Esta mañana amanecí con un mal sueño: me habían colocado un marcapasos. De repente, me sentía completamente limitado. La angustia me llevó a despertarme y a palparme el pecho. Mi mujer terminaba de prepararse en el cuarto de baño. «He soñado que me ponían un marcapasos», le dije. «Estás muy bien —contestó ella, sin contemplaciones—. Anda, levántate».
Mi hija ha insistido en comprar adornos navideños. Tuve un amago inicial de resistencia, pero finalmente transigí. Al verla, en el chino, abarrotando el cesto de espumillones y luces, tuve una sensación contradictoria: me fatigaba contemplar el trasiego de clientes entusiasmados llenando sus carros de cachivaches para engalanar su felicidad navideña, pero al mismo tiempo sentía ternura por la ilusión con que mi hija iba seleccionando los distintos adornos.
Ahora cumple dieciséis. Tiene toda la vida por delante. Y aunque ha sentido el fallecimiento del abuelo, está aún en esa edad en que la muerte es una conjetura difusa. Hago el ejercicio de pensar en cómo yo era con su edad. Tenía más o menos eso cuando mi abuelo nos dejó. Sentí una pena idéntica a la de ella.
Anda, levántate, dijo mi mujer. Me palpé el pecho, pero allí no había nada más que un corazón que sigue adelante. Descorrí la persiana y el cielo amaneció limpio, como recién fregado. Me encantó respirar el aire frío de la mañana, y de camino al trabajo, un sol desperezante convertía el amanecer en puro zumo de naranja.
Fue extraño sentirse bien. Pero eso es lo que el viejo hubiera querido. Lo que quiere toda la gente que nos amó y ya no está con nosotros. La vida es un regalo cabrón. Pero es lo único que tenemos, y cada día que pasa es un día perdido.
Mamá no se encuentra todavía. Pero hay que darle tiempo, todo irá recomponiéndose poco a poco. Siempre fue una mujer muy moderna vistiendo. Ahora se plantea lo del luto. No, por favor, le decimos sus hijos, menuda antigüedad. El negro, solo para salir de fiesta.
Esta pérdida podría haber sucedido en cualquier otro momento del año. Pero ha tocado ahora, cuando viene la Navidad, el tiempo de la familia. Las bolsas de los adornos navideños llevan allí, en el salón, desde que los compramos, a mitad de semana. Espumillones horripilantes y luces de colores como para iluminar cinco prostíbulos. Pero cómo iba a negarme. Cómo iba a decirle que no.
Decoraremos juntos la casa, mi hija y yo. E incluso sonreiré cuando contemple el adefesio. Hay que levantarse.
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