tribuna abierta
Me niego
Niego todo eso y niego el realismo de los hechos como forma única de racionalidad, y la imposición de lo real en contra de la lógica humanista

Negar la realidad. Probablemente hay pocas expresiones más demoledoras y cargadas de connotación peyorativa que esta. Atribuida a cualquier persona, tiene el efecto de reducirla a la nada, a la sinrazón, casi a la locura. Alguien que niega la realidad es un inconsciente, un estúpido ... o un demente. Y si esa realidad que refuta es una tendencia firme, el mañana que viene, entonces el individuo quedará adornado además con el adjetivo de reaccionario. No sólo será un insensato, sino que además será un retrógrado. Negar las cosas como son, nos hace pasar por irresponsables. Negar las cosas como serán, nos convierte en dinosaurios.
Y, sin embargo, yo hoy vengo aquí a decir que me niego. Me niego al presente que se nos da como invariable y al futuro que se nos presenta como inevitable. No, no acepto el «es lo que hay y punto». Yo me niego. Me niego a Halloween, y a disfrazarme, y a las despedidas de soltero, y a las sesiones de 'team building', y a infantilizarme, y a los directores de felicidad, y a hacer el tonto en tiktok, y a los móviles como regalo de primera comunión, y a los adolescentes sin respeto por los padres, y a la tiranía de los perros, admitidos ya incluso en los supermercados, y a los dueños que los ponen a mear en la puerta de mi casa.
Niego toda esa realidad, que por supuesto es real, y por eso la niego, y niego la educación sin memoria, y las clases sin apuntes y sin libros, y la autonomía del alumno de doce años, y la indagación sin guía por Internet, y el raquitismo del 'power point', y la autoridad del 'influencer', y los porros antes de entrar en clase, y la televisión mientras se come, y 'La isla de las tentaciones', y el periodismo del 'clickbait', y el lenguaje hortera y pretencioso de los políticos, y el problema de la visibilidad y el reto de la puesta en valor. Sé que todo eso está ahí, entiendo que parece una corriente irrefrenable, y cuanto más lo conozco, menos acepto que esa sea la única realidad posible y más me resisto a que sea la mayoritariamente real.
Me niego al maltrato de obligar a los mayores a las pantallas, y a la indefensión frente a las compañías eléctricas, y a las bonificaciones indecentes para los consejeros de las empresas del Ibex, y a las llamadas 'spam' de las tres de la tarde, y a la publicidad predictiva, y a beber café en vaso de plástico, y a la convivencia peatonal con los patinetes, y a los gofres con forma de pene, y a la cita previa obligatoria en los servicios públicos, y a que te atienda una puñetera máquina o un operador al que le han enseñado a comportarse como un robot.
Por supuesto que niego la realidad. Quiero negarla. Niego el fundamentalismo religioso, el nacionalismo expansionista, las relaciones internacionales sin ley, la guerra, la invasión de Ucrania, a Putin, a Kim Jong-un y a Xi Jinping, la tiranía y el populismo, a los políticos sin experiencia y al presidente octogenario de los Estados Unidos, la diplomacia sin valores, la amenaza nuclear, y la sustitución de las alianzas estables por relaciones bilaterales basadas en el interés. Niego todo eso y niego el realismo de los hechos como forma única de racionalidad, y la imposición de lo real en contra de la lógica humanista.
Me niego a la conformidad con un mundo de mierda, y a la aceptación estoica de todo aquello que me repugna para mí, para mi familia, para la gente que me importa y para la humanidad. Me niego al 'coaching', y al entrenamiento en la automotivación y el optimismo pueril. Me niego a dejar de informarme para estar de buen humor, y me niego a la positividad por imperativo y al entusiasmo colectivo de vivir entretenidos. Sí, me niego. Y pienso que negarnos el derecho a negar la realidad es tanto como negarnos el derecho a la esperanza y es renunciar a cualquier posibilidad de intervención, aunque sea ínfima, sobre nuestro destino común. No, nunca aceptaré el truco o trato del pensamiento positivo. Rechazo la aceptación incondicional de la globalización y la transformación digital, y digo no al futuro imparable.
La negación de la realidad no sólo es la esencia del razonamiento crítico, sino que de ella depende nuestra oportunidad de progreso y de mejora. Gracias a la negación de la realidad, llegó la paz dentro de los Estados, y la democracia liberal, y la movilidad social, y la soberanía popular, y la carta internacional de los derechos humanos, y la sanidad y la educación universal, y el subsidio del desempleo y las pensiones, y la igualdad de género, y el orgullo gay. Negar la realidad siempre ha sido necesario, pero hoy lo es más que nunca, porque la mera opción de discutir está discutida, anatemizada incluso, sobre todo cuando la objeción se refiere al futuro que viene. Y sin embargo tenemos todo el derecho a pensar que hay una alternativa al presente y también que es posible otro futuro distinto al que se nos asegura inexorable e intocable (ni siquiera en una coma). Nos merecemos la esperanza y, si no la esperanza, al menos el consuelo de luchar como quijotes contra la realidad cuando la realidad nos parece monstruosa.
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