Recuadro de Romero
Antonio Burgos y Curro Romero ya son hermanos. Andalucía los ha parido juntos para siempre
En esta madrugada de siglos de concordia, el agua del bautismo del hijo predilecto desborda mi escritura. Farol de cruz de guía. Aquí en el Sur los niños que aprendimos a leer en un recuadro chico, aquellos penitentes del tramo de las letras que estábamos ... prendidos del ritmo del maestro, cogimos esa luz, farol de cruz de guía, con ansias de escribir la luz de Andalucía. Quisimos ser Antonio, el hijo de aquel sastre, de aquella zapatera, el hombre de Sevilla, de Bécquer, de Machado, de Chaves, de Cernuda... El hombre que escribió la tierra que nos cubre. Entonces, en la infancia, queríamos seguir la llama de su faro, estábamos absortos de aquella valentía, de aquella libertad, de aquella sangre vieja, romana y andaluza, que nunca se escondía, que siempre se arrojaba al mar de la verdad en Cádiz, plata quieta, edén de los fenicios, la cuna de la sal que escuece en las heridas.
Antonio Burgos es el trazo de Velázquez, el rojo de Murillo, el negro de Valdés, el verde de Picasso, el blanco de la espuma del lienzo del Atlántico... Y al mismo tiempo es Manuel Chaves Nogales y Sierra y Montesinos y Halcón y los Murciano. Es todo lo que huele a Sur y a tinta fresca. Por eso ayer los niños que fuimos a su escuela manchando nuestras yemas e hicimos un pupitre de grapas y papel -el ABC, Sevilla..., no sé decir el orden- estamos hoy de fiesta. El padre ya es el hijo, el hijo predilecto, el niño de la tierra natal de la agonía, eternamente joven, farol del periodismo.
Ayer Andalucía, mi tierra, se escribió en una rotativa de noche, bajo un flexo, sin sueño y sin reloj, con prisa pero lenta. Y al lado de la luz pequeña del farol que alumbra la cadencia serena de la prosa de Antonio en sus desvelos había una matita que venden las gitanas: Romero de Sevilla. El mundo en un recuadro. El Sur en una losa. Ya son, para los restos, hermanos, misma sangre. Compás sobre compás. Ya tiene el Faraón un ángel que le escriba por dentro sus faenas: los pies en un lebrillo, la vida en un cordel, el toro en el canasto, el cuerpo transparente, el alma siempre puesta y el pecho en un tictac del tiempo que no existe. El vértigo parado. La sombra del farol buscando la safena. La muerte, «In ictu oculi», dejando su sombrero en los pies del artista.
En esta madrugada de siglos de concordia, farol de cruz de guía del héroe de Camas que un día ya lejano estuvo con Gerión hablando en Gambogaz del toro de Tartessos, Fernando Villalón, poeta y garrochista, le ha legado a Burgos la sangre en un tintero. Y ahora los recuadros vendrán escritos siempre con tinta de los toros que fueron al capote templado de su hermano. Ahora cada día, al abrir el periódico por la parte de Antonio, el papel olerá a esencia de Romero. Olerá a Andalucía, a Arenal y a Caleta, al aljibe del moro que sembró de arrayanes el palacio abadí donde hoy se refleja -¿es espejo o memoria?- la silueta gigante de las viejas columnas que Hércules separó. Antonio con Romero. La llama del farol y el vestido de luces. La luz de penitencia y la luz de la gloria.
El toreo de Curro y la prosa de Antonio son el Sur de Cernuda -«El Sur es un desierto que llora mientras canta»-, Juan Ramón y Aleixandre, el espacio que va desde el verso que embiste hasta el toro que escribe, desde el hilo del sastre que cosió las palabras en los huesos de Burgos a la aguja de Andrea que le echó el dobladillo al dolor de Romero. Y hoy los niños aquellos que aprendimos a ser andaluces de ley con la tinta y la sangre del catón de la grapa levantamos la voz con orgullo nativo: Andalucía cabe, desde Ayamonte a Níjar, entera en un recuadro y en un lance de Curro. Un Domingo de Ramos y un Domingo de Pascua. Palabras contra huellas. Cruz de guía en la plaza.
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