Cardo máximo
Arzobispo en salida
A este monseñor no se le va a caer el techo encima, aunque sea tan hermoso como los lienzos que Girolamo Lucenti pintó para el salón principal del Palacio Arzobispal

En una semana hemos pasado de tener un arzobispo de salida a tener otro en salida. Que no es lo mismo. Las dolencias –largas e incapacitantes en variadas formas– le amargaron la última etapa de su pontificado a monseñor Asenjo, cuya actividad se vio por ... ello muy mermada. Pero su relevo, monseñor Saiz Meneses, no ha parado ni un minuto en la semana que lleva. Tan a pecho se ha tomado lo de Iglesia en salida que tanto predica el Papa que lo ha puesto en práctica con un zancajeo desacostumbrado, que lo ha llevado de las Tres Mil al palacio de San Telmo, del Patrocinio a la Candelaria y de los Pajaritos al Gran Poder. Ojú, qué marcha.
Desde luego, a este monseñor no se le va a caer el techo encima, aunque sea tan hermoso como los lienzos que Girolamo Lucenti pintó para el salón principal del Palacio Arzobispal. Si la Iglesia es el pueblo de Dios que camina, no cabe duda de que la Iglesia de Sevilla tiene en su ordinario al primer peregrino. Él mismo ha confesado que en Tarrasa, donde fogueó el oficio, le dio dos vueltas y media a la diócesis: esto es, que en sus 17 años de ministerio giró dos veces visita pastoral (una semana de media) a cada una de las 127 parroquias del territorio episcopal y se le quedó a la mitad una tercera inspección. En Sevilla lo tendrá más difícil, porque son 264 las parroquias, pero el movimiento se demuestra andando.
El arzobispo Saiz Meneses ha prodigado gestos de llamativo calado. En siete días, ha puesto en práctica todas las líneas de actuación que el documento de Orientaciones Pastorales de la Archidiócesis de Sevilla marcaba para el quinquenio 2016-2021. Todas sus visitas –incluyendo a los olvidados venerables sacerdotes ancianos y a los apartados seminaristas, también los del Camino Neocatecumenal– han buscado «fortalecer el tejido asociativo de la Iglesia», sobre todo, allí donde parece más deshilachado, en los barrios del extrarradio. Les ha recordado a las hermandades que tienen que «potenciar el servicio evangelizador de la piedad popular» y «ha cuidado –como nadie, entrando en pisitos de los Tres Barrios o visitando Cáritas– la dimensión social de la evangelización».
Todo cuanto ha hecho tiene un sentido y un porqué, nada se ha dejado al albur. Ha echado pie a tierra huyendo de esas audiencias en Palacio de las que los invitados pueden salir pavoneándose de que los reciba el arzobispo, con mucha cáscara pero poco fruto. Todavía le queda un último renglón por cumplir, del que seguro que vamos a ir viendo trazos en los próximos meses: «Avanzar en la conversión misionera de los evangelizados y en la reforma de las estructuras eclesiales». El compañero Javier Macías lo bautizó con acierto el otro día como «el arzobispo de las periferias». Es más que eso: nos ha llegado un arzobispo aristotélico, un pastor peripatético, un alférez de la Iglesia militante.
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