NO DO
Un siglo y medio
El Mercantil cerrará su sesquicentenario convertidoen un trozo vivo y palpitante de la historia de esta ciudad
Hace un siglo y medio la ciudad era un hervidero de cuchicheos y conspiraciones, de gritos que anunciaban la llegada de esa revolución a la que llamarían Gloriosa, aunque el pueblo la denominó de otra forma más tangible: la Gorda. ¡Se va a liar la ... Gorda!, gritaban las voces refugiadas en el anonimato por la calle de las Sierpes. Topete se levantó en Cádiz, y Prim se escabulló de su promesa. La infanta María Luisa, la del parque que al cabo del tiempo llevaría su nombre, no sería la reina de España. La enemistad con Montpensier acabaría pagándola con su propia vida dos años más tarde.
En ese ambiente febril y revolucionario cayó, víctima del progreso y la piqueta, la parroquia de San Miguel, que cerraba la plaza del Duque por donde luego se alzaría el edificio de los sindicatos. En ese contexto de inestabilidad absoluta se fundó el Mercantil, hoy círculo y antes centro. Fue en la Casa Lonja, donde los cargadores de Indias hacían sus contratos y donde Murillo había establecido su academia. Empezaron a laborar en la calle Cuna, donde todo empieza en la vida, y con el tiempo llegarían a Sierpes gracias a una historia de orgullo y prejuicios digna de una novela.
El Mercantil, que mañana cerrará su sesquicentenario en Sevilla antes de prolongarlo en Roma, es un trozo vivo y palpitante de la historia de esta ciudad tan proclive, y tan remisa al mismo tiempo, al asociacionismo. El sevillano es tan individual, tan suyo en sus cosas, que necesita asociarse para no caer en la soledad que alguno de sus poetas llegó a confundir con el exilio interior. Sierpes fue un brazo del río en la época que vio a los vikingos asaltar la ciudad. Como un brazo armado de agua es la dársena donde el Mercantil se asentó en los años del deporte al aire libre.
El río de la vida, que nos trae y que nos lleva, ha ido sedimentándose en las orillas que han acogido al círculo que en los últimos años se ha abierto de una forma que contradice todos los tópicos habidos y por haber. Ya no estamos ante uno de esos escaparates que asombraron al poeta Oliverio Girondo cuando escribió sus Calcomanías sobre la Sevilla provinciana y cerrada de 1923. El Mercantil forma parte de la ciudad que quiere salir del marasmo, que pretende ahondar en su cultura y en su patrimonio, que ansía unir la tradición y la originalidad para seguir siendo Sevilla. Y eso se debe, en buena medida, a la labor de su presidente, que en esta ciudad del conceptismo barroco tiene un nombre sin apellidos: Práxedes.
Sonriente, jovial y gentil, este sevillano de la serie amable ha conseguido revolucionar la vida de las cofradías y de los artistas, de los conferenciantes y los poetas, de su propia institución y de la Sevilla que vive la cultura como algo propio. Lo ha hecho de forma gloriosa y callada, pero sin los aspavientos que sacudieron la calle Sierpes hace un siglo y medio, cuando en Madrid se perdieron las Rimas de Bécquer. Y con esa fina y sobria elegancia de quien te invita, después de un acto cultural, a algo tan sevillano como es un refresquito…
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