Antonio Rivera Palacios en el bar Santa Ana / RAÚL DOBLADO

Anónimos y protagonistas: Antonio Rivera Palacios, el compás de Triana

Es el hombre que marca el ritmo musical del misterio porque lleva en sus venas el arte de su tío: Francisco Palacios «El Pali»

Por  0:41 h.

Izquierdo, picaíto, cintura, pasito adelantado (y para atrás), nunca de costero… El compás de Triana lo marca el orobroy del Arenal, que es la frontera del arte del arrabal. Nació en Pastor y Landero, viendo pasar por debajo ese misterio del pellizco. Y se juró a sí mismo: «Yo tengo que salir de costalero ahí». Antonio Rivera Palacios (Sevilla, 1971) lo lleva en la sangre. Sobrino de El Pali y de Rafael Díaz Palacios, manda el tres por cuatro bajo las trabajaderas. Es el metrónomo de las Tres Caídas. Debajo del paso, cada Madrugada, canta los cambios y 47 hombres de abajo bailan. Siempre a compás.

Rivera, ¿cuál es el embrujo de Triana? «La esencia… no lo sé. El aire que viene del río; la noche, que es flamenca de por sí; la gente, que lleva el cante en las venas… Y se contagia todo». Porque, aunque parezca que no, el andar de Triana se improvisa. Por eso sorprende. «Puede haber cuadrillas como Enrique Ponce, muy técnicas, pero no llegan tanto. Pero ésta es como Morante, y la técnica deja paso al pellizco». Defiende lo diferente, ni mejores ni peores. Pero la suya es la del compás. Y punto, porque es puente y aparte y porque lo hace sin complejos. ¿Que no se puede andar para atrás? Pues allá que lanzo el paso para la Campana otra vez. Rebelión trianera.

Antonio es hermano «de toda la vida» del Baratillo aunque vinculado desde siempre a la Esperanza por su familia. El hermano de su abuelo, Pepe Percio, fue el que tuvo en su casa a la Virgen en la guerra. Él la ha paseado tres veces por Sevilla: en el Dogma, en las bodas de plata de la coronación y en noviembre, cuando cumplió 600 años la devoción. Pero se enamoró del Cristo. En 1999, después de un lustro yendo a pedir sitio, entró en la cuadrilla. Cuatro años después, Paco Ceballos, el capataz, le llamó aparte: «Rivera, apréndete las marchas, que este año vas a mandar tú los cambios». ¿Pero eso cómo va a ser? «Tienes compás, y es una orden».

Aprendió con Valenzuela, Pascual y Fran Otero y, en 2003, le puso el ritmo al Cristo del compás. «Hay que saberse las marchas, anticiparte. Esto es como un reloj, tú marcas un poco antes, y 47 tíos cogen el paso». Este año van seis: Nacho, Dani, Manuel, Pove, Javi (que se estrena) y Rivera, que es el más veterano de los que quedan. «Nacho canta para morirse, Pove lleva toda su vida en la banda, Javi también… Y yo, pues canto por El Pali». Todos tienen oído. Antonio Rivera, de hecho, le puso voz a un disco de sevillanas homenaje a su tío por los 15 años de su muerte, que grabó Pasarela. Trabaja como técnico comercial en Ascensores Otis, pero antes se ganaba la vida con el cante. Este año pasado le cantó saetas al Beso de Judas, al palio de San Roque y al de la Trinidad.

Antonio Rivera Palacios en la calle Cristo de las Tres Caídas / RAÚL DOBLADO

«Todo el mundo habla de la Campana, pero hay un momento que tiene más pureza: la calle Sierpes». Allí, la novena trabajadera, que es la banda, toca por bulerías. «El que rufa, aflamenca el tambor, aligera el rodoble y nosotros, sin marcha, le cogemos el ritmo y le vamos metiendo compás. La gente se vuelve loca, levanta los faldones, nos gritan diciéndonos las cosas más bonitas del mundo». Rivera, ¿qué escucháis debajo del paso además de los oles? «Nos dicen…». Se le corta la voz. Sentados en el bar Santa Ana, se hace el silencio. Dos redondas por los menos. Aparece una lágrima y responde: «Una mujer nos dice que somos los corazones de Triana, otro se acuerda de los trianeros antiguos…».

Y debajo del paso, ¿qué os decís? «Todo no se puede contar -se ríe ahora-, nos animamos mucho, nos metemos los de un costero con los del otro, los de adelante con los de atrás. A veces más de la cuenta. Pero es que la corría es muy dura. No conozco una cuadrilla que venga de vuelta mejor que de ida como ocurre aquí. Soy un privilegiado. Fíjate que ese paso entra de noche en la Catedral y sale de día. Se cortan los cuerpos. Pero cuando llega al Baratillo, siempre hay alguien que dice: ‘Ya huele a barbo’. Y nos venimos arriba, a veces hasta nos ponemos de puntillas».

El sello de Triana es el que es, pero cada uno le pone su acento. Rivera es de andar, otros retienen más. «Un día quise recuperar el ‘alipendi’, un cambio que es un picaíto pero más largo y sin lanzarlo para atrás, sino recogiendo el derecho. Y no caló». Mejor «lo suyo».

Javier Macías

Javier Macías

Coordinador en Pasión en Sevilla
Redactor de ABC. Coordinador de Pasión en Sevilla