Rafael Díaz Palacios posa ante una estatuilla de torero en el Círculo Mercantil/ JAVIER COMAS

IN MEMORIAN

La última entrevista a Rafael Díaz Palacios en ABC de Sevilla

Con el título, «Rafael Díaz Palacios, caballero de los martillos», Pasión en Sevilla rescata esta entrevista publicada su revista en 2014

Por  19:00 h.

Rafael Díaz Palacios ha fallecido el pasado 8 de noviembre a los 80 años. Maestro de una saga de capataces, Pasión en Sevilla quiere recordarle con esta entrevista publicada en la revista Pasión en Sevilla, donde desgrana su vida desde todos los puntos de vista. Descanse en Paz.

Rafael Díaz Palacios, estuvo predestinado desde su tierna infancia, a ser un capataz de Sevilla de los que dejan huella. No le ha hecho falta tener una larga carrera de fondo en el martillo para tocar el cielo con las manos, como asegura tocarlo, cuando llega el Martes Santo a la casa de Dios y de Santa Ángela. Su manera de interpretar las órdenes de mando ante la gente de abajo y la elegancia que su figura derrama en la delantera de un paso, han hecho que pase a la historia como un caballero del martillo.

-Usted nació en la Casa de la Moneda, háblenos de su barrio y del entorno.

-Nací en la calle San Nicolás, en el número 4. ¡Fíjate en el número 2 vivía Antonico, era el segundo de Manolo Bejarano! En el número 6, Alfonso Borrero y en el número 8 los hermanos Rechi, la reunión era estupenda. En la azotea de mi casa, casi todos los jueves se reunían gente del muelle y los capataces, yo era un crio y me gustaba escucharles, ellos me decía: “Rafaelito llégate al bar y tráete dos botellitas de tinto…” Recuerdo que siendo un zagalón, Alfonso Borrero, cuando iba a los pueblos a sacar cofradías le decía a mi madre: “Lola, arréglame al niño esta tarde, que me lo llevo, que voy a sacar una Cofradía”. Siempre me ha gustado el ambiente cofrade, lo vivía a diario, ten en cuenta que entonces, casi todos los costaleros trabajaban en el muelle, como mi padre y cuando le llevaba el almuerzo, veía que se reunían y siempre estaban hablando de Cofradías. He vivido ese ambiente desde niño, fíjate que mi casa estaba próxima a la Bodega la Moneda y allí se reunía muchísimos costaleros todos los días de Semana Santa, con sus costales preparados por si en algún momento llegaba alguien necesitando algún costalero para echarle una mano a cualquier capataz. Es decir que sin pretenderlo, he estado inmerso en el propio núcleo y ambiente cofrade.

Rafael Díaz Palacios / JAVIER COMAS

-Háblenos de sus padres y de su familia Mi madre era del Baratillo, fue modista, se quedó casi ciega de tanto coser… Nació en la calle López de Arenas, su padre, fue capataz de cofradías, Francisco Palacios.

-Una particularidad de mi abuelo es que le gustaban solo las hermandades serias. Mi padre era de Sanlúcar de Barrameda. Según me contaba mi madre, era un niño riquito que montaba a caballo, etc., pero después su familia vino a menos y se trasladaron a Sevilla, entrando a trabajar mi padre en el muelle. Mis tíos Paco y Pepe Palacios (padre de mi primo Paco, “El Pali”), eran capataces del muelle. Cuando se casaron mis padres, se fueron a vivir a la Casa de la Moneda. Gracias a Dios y quizás por ser hijo único, en casa no nos faltaba para comer. Mi padre trabajada en el muelle y el hombre siempre que le era posible, traía arroz, garbanzos…esas cosas que eran precisas en la casa.

Rafael Díaz Palacios / JAVIER COMAS

-¿Eran cofrades sus padres?

-Sí, mucho. Mira qué curioso, en la primera Hermandad en la que mis padres me inscribieron fue Las Cigarreras, resulta que mi madre había acogido a dos viejecitas que habían sido maestras de la Fábrica de Tabacos. Todavía conservo la varita con la que salía de nazareno. Cuando tenía alrededor de seis años, más o menos, yo lo que quería era salir con mi familia, con mis primos, todos éramos del Arenal y yo lo que quería era salir en el Baratillo y mis padres me hicieron hermano. Otra cosa curiosa en mi familia, es que mi tío Paco, que vivía en la Puerta de la Carne, fue uno de los hermanos que revitalizaron la Hermandad de los Panaderos. También un primo hermano de mi madre Pepe Percio, fue vestidor de la Esperanza de Triana durante años.

Rafael Díaz Palacios y su hijo, Rafael Díaz Talaverón ante la Caridad del Baratillo / JAVIER COMAS

-A que colegió a acudió de pequeño y como recuerda aquellos tiempos.

-De pequeñito fui a una miga que había en el Arenal y después pasé, al colegio de D. Carlos, que estaba en la calle Ximénez de Enciso. Posteriormente mis padres me inscribieron en los Salesianos de Triana. Conservo buenos amigos de mi época de colegio y me da una tremenda alegría cuando los veo.

-Háblenos de su juventud

-Cuando terminé los estudios, entré como aprendiz en la Hispano Aviación, allí fue donde conocí a tu padre, Alberto Gallardo. ¡Nos escapábamos del taller muchas veces! (sonrisas). En el propio taller teníamos unas barras de hierro grande y nos poníamos a hacer gimnasia… Fui árbitro de lucha libre, ¡me hartaba de reír con los luchadores, nos lo pasábamos muy bien!

Rafael Díaz Palacios comandando el paso de la Caridad del Baratillo / JAVIER COMAS

-Usted es un amante de las motos ¿Cómo fue esa experiencia?

-Corría en la cilindrada de 125 cc. En el Campeonato de España. ¡Todavía conservo, la licencia de piloto! Lo deje cuando nació mi hijo Rafa, comprendí que ya no podría estar tanto tiempo fuera
de casa. El mundo de la moto era muy bonito, pero en aquellos tiempos era muy sacrificado, los circuitos eran muy complicados… corríamos en el Parque de María Luisa, la meta estaba en el Instituto Murillo. Otro circuito estaba en la Universidad Laboral y una vez que corrimos en la Palmera. También corríamos en la playa de Valdelagrana, en Jerez… ¡Me ha encantado la moto toda la vida! La última moto que tuve fue una Guzzi 1000. ¡El viaje de boda lo hicimos en moto! Nos fuimos en avión a Madrid, nos llevamos la moto. ¡Desde Madrid nos fuimos en moto a Asturias y dimos una vuelta a España, con mi 200!

-¿Le viene a la memoria alguna anécdota cofrade?

-Recuerdo cuando salí de cabo gastador, de escolta en San Bernardo. He sido militar, en artillería y todos los mandos eran hermanos de San Bernardo, ¡me decían que me tenía
que quedar allí en la Hermandad!

Rafael Díaz Palacios comandando la salida del paso de la Caridad del Baratillo / JAVIER COMAS

-¿Qué echa usted de menos de la Semana Santa de su juventud?

-El fervor que había en la calle, el recogimiento… ahora es muy distinto. Había mucha menos gente en la calle, desde luego, nada comparable con nuestros días.

-¿Cómo llega usted al mundo del martillo?

-Podría decir que lo mío fue casual. Aparte de la afición que yo tenía por este mundo desde pequeño, por todo lo que había vivido, nunca antes se me había presentado una oportunidad para ser capataz. Ocurrió que hubo un momento en el Baratillo en el que estando yo en la Junta de Gobierno, se prescindió del capataz y había que recurrir a otro, estando ya la cuadrilla de hermanos costaleros. Le dije a la Junta que yo me hacía cargo de la cuadrilla. Estaba seguro de lo que decía y si dije que yo me hacía cargo de la cuadrilla era porque sabía de lo que hablaba, conocía a los costaleros de tratar con ellos constantemente y estaba convencido de hacerlo bien. La Hermandad para curarse en salud, propuso hablar con los hermanos Rechi para que yo fuese con ellos, yo consentí sin ningún problema, lo que quería era estar allí. Cuando prescindieron de los Rechi, se hizo cargo de la cofradía mi primo Paco, yo iba con él. Desde entonces hasta mi retirada, he estado al frente del paso de palio de la Virgen de la Caridad. No podré olvidar nunca mi paso por la Hermandad de los Javieres, el trato exquisito y cariñoso que la Cofradía le brinda a los costaleros, lo querido que me he sentido por la Hermandad durante todos estos años que he estado al frente del martillo y el honor de nombrarme capataz honorario y perpetuo… ¡es una Hermandad muy especial, muy humilde y muy grande!

Rafael Díaz Palacios junto a su equipo en la salida de Madre de Dios del Rosario en 2008 / JAVIER COMAS

-Otra de sus pasiones es el mundo de los toros.

-Desde niño me ha gustado el ambiente de los toros. ¡Fíjate que hacíamos los chavales, de las cajas de zapatos las viseritas para el sol para venderlas en la plaza!… Soy jefe de seguridad de la plaza de toros, mi padre fue inspector de puerta y a raíz de ello me vinculé a la seguridad. Desde entonces hasta ahora, llevo alrededor de treinta y cuatro años en la Maestranza. Recuerdo al Padre Estudillo, siempre de buen humor y gastando bromas, ¡hasta nos quitaba la cartera cuando le daba la gana! (risas), ¡que arte tenía! Se sentaba en el tendido 6, junto a la enfermería… ¡no he conocido a nadie como él! He visto en todos estos años de todo, pero recuerdo como si fuese ayer una de las mejores faenas que fue Puerta Grande, la de Emilio Muñoz, que lo llevamos a hombros hasta Triana. Veo los toros con objetividad, eso me permite ver lo que se hace bien, o lo que se hace mal, lo que merece una oreja o lo que no la merece. Se echa de menos en la plaza al verdadero aficionado, quedan aun buena gente y entendida, pero para la mayoría se está convirtiendo ir a los toros en un acto social.

-¿Qué siente al ver la dinastía de los Palacios en el martillo?

Un orgullo muy grande. A mi hijo Fali, ya le cogí mayor pero a mi nieto Falito, la primera llamada que hizo y que levantó el paso, solo tenía tres años y fue en la calle Pastor y Landero. Me dirigí al patero y le puse en antecedentes que iba a llamar mi nieto para que respondieran abajo. ¡Imagínate lo que fue ese momento para mí! Ahora mi hijo va con sus dos hijos, Fali y Pablo.

Rafael Díaz Palacios y su hijo, Rafael Díaz Talaverón ante la Caridad del Baratillo / JAVIER COMAS

-¿En el rostro de que dolorosa vería el reflejado la cara de su madre?

Pues la vería reflejada entre el rostro de la Virgen de la Victoria y el de la Virgen de Gracia y Amparo. Mi madre era muy guapa, muy guapa.

Este hombre elegantes maneras y de porte artillero, es un amante convencido de las Cofradías y de ese ambiente especial que se vive en torno a las trabajaderas. Del Baratillo hasta la médula por nacencia y devoción, Rafael Díaz Palacio, comparte su vida con el bastión que siempre se ha erguido frente a las dificultades haciéndole saber a diario que el amor no solo son cuatro letras, sino dos vidas en una, ensambladas por las seis letras del nombre de una mujer, Isabel.

Rafael Díaz Palacios, su hijo, Rafael Díaz Talaverón y sus nietos; Pablo Díaz Algaba y Rafael Díaz Algaba, ante las andas de la Caridad del Baratillo / JAVIER COMAS