Hermanas de Montesión se abrazan tras anunciarse que la cofradía no sale / JUAN FLORES

Jueves Santo. La crónica

​La madre de todas las tormentas encoge el Jueves Santo

​Una espectacular tromba de dos horas impide a los Negritos, Exaltación, Cigarreras y Montesión salir de sus templos. El tramo final de la jornada más clásica se salva del agua

Por  22:58 h.

La historia dibuja de alguna manera la Semana Santa y viceversa. Se retroalimentan, incluso. Y muchas veces la primera gira sobre sí misma convirtiéndose en una puerta giratoria que lleva a sus protagonistas a los mismos lugares de donde venían de forma reiterada, repetitiva, constante. El Jueves Santo de ayer caía de nuevo en 18 de abril, una de las fechas menos repetidas de este «día señalado» por aquello de la luna tardía y una Pascua de Resurrección casi estival. Hacía nada menos que 62 años de la última vez que la conmemoración de la Sagrada Cena coincidía con esa fecha. Casualidad, destino o poderes cíclicos de la historia, aquel jueves de 1957 se estropeó completamente a causa de la lluvia. Un aguacero sobre las cinco de la tarde trastocó la mayoría de los cortejos, consiguiendo únicamente la Coronación de Espinas —como se conocía entonces a la cofradía de El Valle— completar su estación de penitencia a la Catedral. Los pasos de los Negritos tuvieron que buscar refugio en la Anunciación, como lo hizo las Cigarreras en el propio templo metropolitano y Montesión en su iglesia dándose la vuelta hasta la plaza de los Carros, de donde ni había salido la Virgen del Rosario. La Quinta Angustia y Pasión suspendieron su salida por las inclemencias meteorológicas en ese Jueves Santo de 18 de abril de hace más de medio siglo. Se salvó la Exaltación, pues por entonces procesionaba el Viernes Santo. De hecho -de nuevo esos guiños históricos-, la noche del jueves concluyó con el frente nuboso alejándose de la ciudad, lo que indultó a la Madrugada y al día posterior.

La historia se puso de nuevo ante su espejo el día con mayor clasicismo de toda la semana, este jueves, y repitió casi con exactitud lo ocurrido en el 57. Otra borrasca, que también éstas son cíclicas, diluyó y partió en dos una tarde que se había cargado tanto de nubarrones e incertidumbres como de expectativas después de que en la víspera las hermandades sí sacaran sus pasos a la calle a pesar de la mala previsión. Eso llevó a mucha gente a las puertas de las iglesias, aunque la predicción era la peor de todas las de la semana. Como quedó fundamentado en el primer tramo de tarde, cuando cayeron chuzos y hasta granizo. Se hizo de noche a las cuatro. Tormenta sin paliativos. Rayos, truenos, viento, frío, oscuridad, ríos de agua en aceras y asfalto. Madrugada por adelantado. Almas encogidas. Jornada rota. Desolación. Inundaciones. Más agua en una tarde que en todo lo que iba de año.

Los Negritos fue la primera corporación que decidió no abrir su puerta a la cruz de guía. Los balcones engalanados con banderas azules de la inminente coronación de la Virgen de los Ángeles recordaban que en un mes, justo un mes, tendrán que ponerse en la calle y que el dolor de un día como ayer podía paliarse más que otros años. Hay algo más a lo que agarrarse y llega pronto. Se resistió y pidió cuarenta minutos más para reflexionar a pesar de los negativos partes, pero justo cuando terminó de ennegrecer el cielo, la Hermandad de los Negros comunicó que no realizaría la estación de penitencia a sus hermanos, que ya esperaban la decisión resignados. Minutos después, el diluvio dio todo el respaldo a la determinación.

El habitual efecto dominó trasladó la inquietud hasta Los Remedios, donde la Hermandad de Las Cigarreras también solicitó otra media hora de demora para adoptar una postura definitiva que se veía venir por el oeste, para lamentos de sus fieles. «Llueve en el Aljarafe», llegaba a los móviles. Tras treinta minutos con el alma en vilo, el hermano mayor, Claudio Espejo, anunció apesadumbrado a las tres y media que tras consultar las predicciones y confirmar el «altísimo riesgo de chubascos», no saldrían. Con la voz entrecortada y recalcando no sólo las malas condiciones atmosféricas sino las nulas opciones de refugio de la cofradía, pidió a todos un rezo y, emocionado, se despidió al borde de las lágrimas. La estación de penitencia debe reunir dignidad y respeto, no carreras e incertidumbres. Por eso no se sale. Pero la estación interna sí se hace». La capilla de la vieja fábrica tabaquera se abrió a los feligreses después de la Salve a María Santísima de la Victoria por parte de los hermanos nazarenos en la capilla, acompañados por la banda de las Cigarreras. Nadie podía desatar en ese momento los nudos de las gargantas a los pies de los dos pasos.

Pese a los relámpagos, en La Exaltación tardaron algo más en tomar la decisión y esperaron hasta las cuatro y media para decantarse. Formaba parte de la normalidad al tratarse de un momento histórico para la corporación. Entre las plazas de Los Terceros y de Ponce de León también se reencontraba la historia consigo misma después de un ciclo de baja intensidad. La hermandad volvía a salir de la iglesia de Santa Catalina después de catorce años cerrada por obras y con las imágenes titulares exiliadas. Todos esperaban que se repitiera la misma fotografía que se produjo por última vez en 2004 con los Caballos pasando por la puerta rectangular que mira a Gerona, pero los obstáculos parecen asociados a la señera cofradía, que tiene por casa ese templo recién rehabilitado desde nada menos que 1621. Y el hogar, esta vez, empezaba a anegarse con el agua que entraba bajo las puertas procedente de la tromba brutal que caía. Se achicó lo que se pudo y a las cuatro y media, una nueva e impresionante granizada terminó por convencer a la junta de gobierno de que lo más adecuado era no buscar la Catedral. El hermano mayor, José García Rulfo, expuso a los hermanos que la decisión había sido «desgraciadamente fácil viendo cómo se estaba poniendo la tarde». Fuera caían bolas de hielo y las alcantarillas no daban abasto. Dentro, las Lágrimas no iban solamente bajo palio. «Hay que dejar este testigo a los que vienen tal y como nos lo hemos encontrado nosotros», explicaba el máximo responsable de la hermanad antes de anunciar que la iglesia se abriría de siete a nueve. Más claro, agua. Nunca mejor dicho.

Algo más complicado lo tuvo Montesión, que gozaba de mayor margen de maniobra horaria al no haber salido ninguna de las cofradías que le precedían y que esperó hasta las seis y cuarto, cuando progresivamente comenzó a marcharse el frente y a reducirse las opciones de precipitación. Manejaron incluso planes para acortar el camino de ida a la Campana por Conde de Barajas hasta la Alameda y agotaron las posibilidades de tiempo que tenían, pero finalmente también la hermandad de la calle Feria optó por no salir a la calle ante la tristeza de buena parte de sus hermanos, entre los que sí había cierta esperanza al remitir lentamente la tormenta y difundirse unos pronósticos meteorológicos algo más favorables. Esto causó incluso muchos enfados internos y hasta críticas hacia quienes habían trasladado previsiones de lluvia entre las ocho y las diez, cuando no cayó una gota.

Con el cielo abierto

La paulatina apertura de cielos generó, como ya ocurrió hace dieciséis años, una segunda parte de la jornada en la que ésta pudo recomponerse ajustando horarios y retrasando algo las salidas para ocupar el espacio de tiempo con menos riesgo de mojada. En un simple rato, la llegada de mejores noticias movilizó al público y empezó a llenar las puertas de los tres templos de donde quedaban por salir hermandades y hasta las sillas de los abonados en la carrera oficial. Al día se le puso una sonrisa en el rostro. Las colas ante los templos para ver los pasos crecieron metros y más metros, aunque en alguna iglesia fuera imposible, como en San Pedro, donde el párroco encomendaba a todo el que entraba a que se centrase en el Santísimo y se olvidara de las imágenes. Con todo, se anunciaba ya que las tres cofradías «de noche» sí saldrían, de modo que la ilusión se reconstruyó.

La Quinta Angustia puso a las ocho y cuarto su cruz de guía velada en San Pablo, donde la gente se agolpó como pocas veces para contemplar minutos después al portentoso misterio del Descendimiento, esa joya barroca envuelta en oro viejo que volvió a emocionar y sobrecoger por su esplendor, la música de capilla y ese cimbreo del Señor de Pedro Roldán rompiendo el silencio de respeto que acompañó al paso hasta la Campana —muy desangelada— bajo un cielo ya sorprendentemente azul a la hora de los vencejos. Con la que había caído. La estampa de esta cofradía en ese momento previo a la noche, con el fresco cayendo a plomo, resultaba intensamente romántica por la carrera oficial y en las naves catedralicias. El regreso por la calle Castelar y Molviedro dibujó una de las estampas más bellas y de estremecedor realismo de la jornada por ese movimiento de caída del titular de la hermandad. Sevilla pudo disfrutar del misterio barroco por excelencia.

El Valle también se puso en la calle y a las ocho y media ya tenía en Laraña dos de sus tres pasos. Salió con el retraso anunciado y debía encajar sus tiempos sin alardes, de ahí que las andas de la Coronación de Espinas y de Jesús con la Cruz al Hombro avanzaran buscando el Duque con cierta premura, aunque sin perder esa aura clásica tan propia de la cofradía. Muchas miradas quedaban fijadas antes de que entrase por completo la noche en el paño de la Verónica, en este caso pintado por Reyes de la Lastra. Con las últimas luces del día, los sones de Tejera envolvían en la puerta de la Anunciación al palio más antiguo de la Semana Santa sevillana, síntoma del cambio brusco de climatología, ya que está a la espera de restauración y era inasumible riesgo alguno. La entrada en la carrera oficial del paso «de los espejitos» con su cuarteto musical pintó un cuadro antiguo, añejo, magnífico. Como el de la Virgen del Valle, que entró en la Campana con Amarguras para honrar los cien años de la marcha antes de que sonaran las maravillosas Virgen del Valle y Valle de Sevilla.

Para mejorar del todo el jueves, en plena penumbra, a las nueve y cuarto bajó la rampa del Salvador el Señor de Pasión, impresionando como de costumbre a todos los que contemplaban, apretados, la zancada de esa imagen perfecta de Martínez Montañés, este año de nuevo con potencias y caminando sobre lirios morados. Dentro del magnifico templo colegial una soprano, rezó cantando a la Virgen de la Merced, que lució su nuevo y bellísimo manto de Grande de León. Cuando Pasión terminó de poner su cofradía al completo en la calle se pudo incluso ver sin nubes interpuestas la primera luna llena de la primavera, variando por completo el escenario con el que arrancó el tormentoso (otra vez) 18 de abril. Y eso que se celebra San Perfecto…

Eduardo Barba

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