La Virgen del Rosario de San Gil en un grabado del siglo XIX

HISTORIA

1785: Cuando la Virgen del Rosario de San Gil estuvo en los Capuchinos

La actual titular de la Macarena proagonizó un macro altar con motivo de la beatificación de San Lorenzo de Brindis

Por  0:10 h.

Últimos años del gobierno de Carlos III en el gobierno de España. El cardenal Francisco Javier Delgado Venegas en el sillón arzobispal de Sevilla y José de Ábalos en el cargo de Asistente de la ciudad, tras haber desempeñado el cargo de Intendente de la Capitanía General de Venezuela. Una Sevilla ilustrada que pronto vería frenar aquellos ideales de triunfo de la Razón con los ecos de la Revolución Francesa. Razón neoclásica, pero espíritu barroco en sus celebraciones y festividades, especialmente las de tipo religioso. Así se constata en un reciente estudio del profesor Álvaro Cabezas García, autor de un estudio sobre los fastos celebrados en el convento de capuchinos de Sevilla con motivo de la beatificación de San Lorenzo de Brindis en el otoño del citado año 1785.

El convento de capuchinos en un dibujo de Richard Ford donde también aparece la iglesia de san Hermenegildo

El artículo publicado por el profesor Álvaro Cabezas se basa en un texto extraído del “Libro primero de historia o fastos del convento de capuchinos de nuestro señor padre San Francisco, extramuros de la ciudad de Sevilla, por sucesión de años para gobierno de esta santa comunidad y casos ejemplares que den luz para los que acaecieren en el futuro” un escrito que redactó el capuchino Fray Ángel de León (1741-1814).

San Lorenzo de Brindis

La gran celebración de los capuchinos en 1785, con procesión de santos trinitarios y de la Virgen del Rosario de san Gil hasta el convento capuchino, lugar donde se instaló una espectacular escenografía efímera, llegaba con cierto retraso, ya que venía a magnificar una beatificación que se produjo dos años antes, en junio de 1783. Aquel año, el papa Pío VI beatificaba, mediante un Breve publicado el día 29 de junio, a Lorenzo de Brindis, que había ingresado en los capuchinos de Verona en 1575, ordenándose posteriormente sacerdote y convirtiéndose, en tiempos de contrarreforma trentina, en uno de los grandes predicadores y fundadores de la orden capuchina en la zona central de Europa.

Según el texto del citado fraile Ángel de León, no suficientemente valorado posteriormente según Álvaro Cabezas, las fiestas de celebración por el nuevo beato capuchino comenzaron en el convento situado frente a la muralla y la iglesia de san Hermenegildo el día 16 de septiembre, terminando el día 4 de octubre, festividad de san Francisco de Asís. Para el olvidado cronista, una de las grandes atracciones de estas funciones fue la presencia del predicador Fray Diego José de Cádiz y el final con “una lucidísima procesión para conducir a su iglesia parroquial de san Gil la imagen de Nuestra Señora del Rosario” en la que participaron otras órdenes llevando en andas a sus respectivos santos.

Fachada actual del convento de Capuchinos

El convento de capuchinos, extramuros la ciudad, al igual que el convento de trinitarios (actual basílica de María Auxiliadora), mantenía en aquellos años un notable patrimonio artístico que incluía todo el programa iconográfico que Murillo desarrolló para sus muros, ciclo de pinturas que acabó sufriendo traslados y pérdidas por la invasión francesa y una mudanza definitiva, ya en el siglo siguiente, como consecuencia del proceso desamortizador. En aquel año 1785 se arreglaban todavía en el conjunto las consecuencias de una riada que se produjo en el otoño anterior, por lo que se deben entender como permanentes algunas de las decoraciones que se realizaron por la beatificación de Lorenzo de Brindis.

Altar actual mayor del convento de Capuchinos / PEPE BECERRA

En la descripción del ornato dispuesto en la iglesia de los capuchinos para esta fiesta destacaron las pinturas realizadas por el pintor Vicente Alanís, uno de los fundadores de la Academia de las Tres Nobles Artes de Sevilla y uno de los artistas más afamados de la segunda mitad del siglo XVIII en Sevilla, según se constata en un estudio que le dedicó el mismo investigador Álvaro Cabezas. Sobre una arquitectura clasicista fingida se dispusieron unos nichos para colocar “los dos patriarcas San Juan de Mata y San Félix de Valois, como patrón y padrino de las fiestas, correspondientes a las dos comunidades trinitarias calzada y descalza”.

El beato Fray Diego de Cádiz

Al fondo de la gran escenografía se dispuso una pintura que mostraba a san Francisco dando la bienvenida a la gloria al nuevo beato, que aparecía representando con una escultura de nueva factura, con lo que se mantenía el juego ilusionista de combinar escultura y pintura, en una pervivencia de la escenografía tardobarroca. A ambos lados se colocaron “dos medallones con pasajes de la vida del beatificado” y diversas imágenes alegóricas de la Religión, la Fe, Esperanza, Caridad, Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Esta decoración se completó con unas pinturas en la bóveda de “la gloria sobre lienzos de los colores más finos y perfección del arte pintoresco. Los ángeles y las nubes de diversos tamaños formando grupos en su círculo de mayor a menor, hasta rematar en serafines que formaban corona a la cifra en que estaba pintado unos pequeños triángulos de cuyo escudo salían innumerables rayos de oro que remataban en los extremos de la media naranja”. Se completaba esta decoración con cuatro lunetos donde se dispusieron lienzos con escena de la vida del nuevo beato.

Fray Diego de Cádiz

El sorprendente altar del templo capuchino se convirtió en dos grandes riscos con decoración natural que simbolizaban el Monte Horeb y el paisaje de Sierra Morena. El primero estaba destinado a la Virgen del Rosario de san Gil, cuya hermandad había recuperado vida en aquellos años frente a las dificultades que atravesaba la hermandad de la penitencia de la Sentencia, con la que acabaría fusionada en un complejo proceso que tuvo mucho de imposición. En el segundo risco levantado en la capilla mayor de los capuchinos se situaron las Santa Justa y Rufina, posiblemente las tallas dieciochescas que sigue manteniendo el templo en la actualidad. Otras pinturas que completaron la decoración fueron escenas que mostraban la recepción de la bula de Pío VI por la comunidad capuchina, obra realizada por Francisco Miguel Ximénez que se completaba con diversos escudos y armas de las casas reales en las que ejerció su acción el nuevo beato.

Vicente Alanís también pintó la cornisa exterior del templo con plantas y flores, así como la “fachada de la iglesia del mismo modo en que estaba con las mismas imágenes de la Concepción, patriarcas, vírgenes y san Antonio”. La fastuosa decoración se completó con el revestimiento de las paredes y hasta la colocación de jardines con macetas, hierbas, flores, arcos, aves, peñas y multitud de lámparas de araña, cirios y velas.

Santa Justa y Rufina, Bartolomé Esteban Murillo, hoy en el Museo de Bellas Artes

El 15 de septiembre se trasladó a la iglesia de los capuchinos la imagen de la Virgen del Rosario en solemne procesión, colocándose en el referido altar mayor, llegando el día 4 de octubre, también en procesión, las imágenes de san Félix de Valois por parte de los Trinitarios Descalzos y de san Juan de Mata por parte de los trinitarios calzados, tallas que fueron revestidas “con joyas y diamantes” para ser colocadas en los altares efímeros. Finalizados los fastuosos cultos, las imágenes regresaron a sus templos de origen, siendo acompañadas incluso por una escultura que aportaba el cenobio capuchino, una imagen de san Francisco de Asís.

Fueron los sorprendentes cultos de celebración que se realizaron en la Sevilla de 1785 por la beatificación de san Lorenzo Brindis, una gran maquinaria barroca, con cultos internos y externos en una ciudad que vivía entre la mentalidad ilustrada de las reformas de Carlos III y el secular peso de las manifestaciones de religiosidad popular, hábilmente fomentadas por órdenes como la comunidad capuchina.

La Virgen del Rosario de San Gil

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

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