La Virgen de la Salud de San Gonzalo cruzando el puente de Triana
La Virgen de la Salud de San Gonzalo cruzando el puente de Triana

Sevilla y Amén

A vista de vencejo

Mientras ardía Notre Dame, la gran catedral cristiana del mundo, en Sevilla salía la Vera Cruz para un Lunes Santo de tristeza

Por  2:02 h.

En la negrura del Amor, con la luna arañando el cielo, la saeta se agarró a los hierros del Salvador y vio venir a Cristo tras la galaxia de sus candelabros. Principio del Lunes Santo. Primeras llamas leves. Los pies de la cuadrilla sonaban en la rampa como un martillo sobre un yunque para acompañar la voz en ascuas de Manuel Lombo, que no pudo desdoblarse porque ante esa muerte tan concisa sólo cabe la queja pura. Sin adorno. Acababa de pasar la Amargura por la Costanilla, renegrida de oscuridad, y ya goteaba la sangre de los pelícanos de Ruiz Gijón en la plaza. Ese silencio nocherniego tenía un compás de tristeza y de insomnio. Y en el Museo, donde todo estaba listo ya para la agonía zigzagueante del Cristo de la Expiración, un giróvago con techo de cartones se cepillaba los dientes con el agua de la fuente pública. Como cualquier recién nacido, el Lunes lloraba en el silencio su aurora. Barruntaba algo raro. La túnica del Cautivo del Tiro se bamboleaba entre las casas bajas del barrio con el sol ojiplático. «Otro año más en el mismo sitio», le murmuró una anciana a su marido, cada uno con su bastón, mientras ambos lo divisaban perdiéndose en el horizonte. A esa hora estaba sonando el himno del centenario de la Virgen del Rocío, reconvertido en marcha procesional, en la calle Santiago, donde este año sobraba una vara de la Presidencia que se ha quedado sin dueño. Y antes de que la Virgen de las Aguas volviera a salirse del cuadro para darse una vuelta por Sevilla, una mijita antes de que Guadalupe pisara el Arenal y de que el Lignum Crucis astillara la memoria de la ciudad, antes incluso de la caída de Jesús de las Penas a la altura de San Vicente, el día se rompió por la mitad a la hora del puente, flotando como un velero. Un palio arriba y otro abajo. Desde el barrio León, el Soberano Poder cruza el río con otro río. Lo atraviesa. Hace una cruz con su corriente sobre el mástil del Guadalquivir. El palo vertical, verde mar. El horizontal, blanco como una bata de los que guardan nuestra Salud. Sólo los vencejos, que fisgonean el trajín desde las alturas, pueden ver esas Alturas. Que están ahí abajo. Mientras los nazarenos de las Aguas formaban en las Atarazanas, a expensas de apagar el incendio que crujía la tarde, un barco venía a los astilleros de la Catedral entre olas, en el vaivén de unos andares que le han puesto nombre propio al barroco de Triana: San Gonzalo. La cuadrilla del Caifás andando sobre la marea. Viviendo en ese espacio del mundo que no está en ninguna orilla. Viviendo. «Está ardiendo la Catedral de Notre Dame de París», comentó un señor a su grupo de amigos mientras Santa Marta callaba la Campana. Estaba ardiendo el mundo. Y los pájaros lo estaban contemplando desde los cables como espectadores de una representación fatal. El palio trianero emergía del agua como una llama, como una fumata blanca que anunciaba un dolor entre la algarabía. «¡El fuego es horroroso!», exclamó una mujer que esperaba el paso viendo en su teléfono la hecatombe parisina. La gran catedral católica ardiendo en Semana Santa mientras Jesús habla ante el sumo sacerdote saduceo. Fuego en Notre Dame mientras cristo relampaguea de dolor en la cruz del Museo y yace con serenidad en San Andrés. Sobre la misma columna en que la llegada torrencial de San Gonzalo a Sevilla inundaba el mundo a su paso, el mundo gemía bajo las llamas. El Lunes había trasnochado con un quejido gigante agarrado a las rejas del Salvador, un grito de rabia que nos amarró las manos y nos dejó a la intemperie. Y después de la amargura flamígera de París, volvió a trasnochar con la Vera Cruz a cuestas. Con todo el peso de la tragedia cayendo sobre el hombro de la cristiandad.
Eso es lo que vieron ayer en su vuelo, palio arriba y techumbre abajo, todos los vencejos de Europa.

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

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